viernes, 19 de septiembre de 2008

Ricote y su valle

El pueblo donde vivía mi abuela es un pueblecito muy pequeño acomodado sobre una montaña. Al pueblecito de mi abuela no se le conocía porque se pasara por el, como cuando vas de un lugar a otro y pasas por pueblos que sólo conoces por el nombre, al pueblo de mi abuela tenías que ir, ya que estaba en lo alto de la montaña y tras él sólo encontrabas más montañas. Por tanto, quien lo conocía, era porque había ido.


A mi memoria vienen ahora recuerdos de mi infancia, cuando todos los primos esperábamos con ansiedad las vacaciones de Navidad para encontrarnos en Ricote, el pueblo de mi abuela. Cuando mi padre cogía sus ansiadas vacaciones, llenábamos el viejo 127 de maletas y partíamos para el pueblo. Mis hermanos y yo estábamos emocionados, y llenábamos el viaje de canciones, gritos y peleas que ponían de los nervios a mis padres, hasta que llegábamos a la carretera que subía al pueblo. Eran dos kilómetros de una carretera estrecha, mal asfaltada, con un gran barranco a un lado y un macizo de piedra al otro, que subía serpenteando durante dos infinitos kilómetros y que lograba que se hiciera el silencio dentro del coche. Después de las curvas, un tramo muy recto en el que encontrabas dos cementerios: el de Ojós, el pueblo de abajo, y el propio de Ricote. Entre estos dos cementerios, sobre todo cuando viajábamos de noche, mi padre nos contaba una anécdota, siempre la misma, que no por escuchada resultaba menos interesante:

- Cuando era novio de vuestra madre, y subía a Ricote todos los días con la Vespa, a la vuelta siempre paraba a mear en la puerta del cementerio de Ojós. Una noche, recuerdo que el viento soplaba con mucha fuerza, paré, como siempre, y después de mear al lado de la moto, traté de adelantarme para subirme y algo me sujetaba por detrás. Por poco se me para el corazón, y no me da vergüenza reconocer que estuve un buen rato sin mirar atrás, porque me daba miedo lo que pudiera encontrarme.

Entonces, mi padre hacía una pausa esperando la consabida interrupción.

- ¿Y qué era, papá? – preguntaba mi hermano. El temor se reflejaba en nuestras pequeñas caras dentro de la oscuridad del vehículo.

- Ay, hijos, resulta que yo llevaba siempre una gabardina larga, y esa noche, con el viento, se me enganchó en la rueda de la moto, y claro, al tratar de andar, no podía, porque me tiraba. Pero hasta que me di cuenta, o mejor, hasta que me atreví a mirar atrás y vi lo que pasaba, estuve unos minutos con el corazón que se me salía del pecho.

Ahí todos reíamos, cuando al fondo de la carretera ya se veía el pueblo, por lo que recuerdo que siempre entrábamos en Ricote contentos, incluso después de haber pasado al lado de dos cementerios.


Unos metros antes de comenzar las casas había una piedra muy grande al lado de la carretera donde el pueblo saludaba: “Ricote saluda al viajero”. Ya sabéis que el que se acercaba a Ricote lo hacía a conciencia, por tanto el pueblo sabía que era un viajero, alguien que había ido expresamente a verlo. Y como tal lo saludaba.

En el pueblo lo primero que te llamaba la atención era el olor a lumbre, a hogar, a chimenea. Es un olor difícil de olvidar: algunas veces lo huelo en otros pueblos, en otras calles, y trae a mi cabeza las calles de Ricote. Era como si todo el pueblo asara castañas en el fuego a la vez, más que olor, era un aroma que invitaba a sentarse al lado de esa chimenea, con la luz apagada, mirando el crepitar de la lumbre, a escuchar las historias de la abuela.


Y por fin bajábamos del coche, y entrábamos los niños en tromba en casa de mi abuela, que nos esperaba con una bandeja de cordiales caseros, y la besábamos y la achuchábamos, y aspirábamos el olor de la chimenea y el aroma de mi abuela, que siempre era a rosas. Es curioso cómo los olores traen recuerdos: a veces, cuando huelo a rosas, siento como si mi abuela se materializase delante de mis ojos, y evoco sus gestos, su peinado (un moño, siempre un moño), sus arrugas, sus manos lisas y suaves, su voz.



Hoy en día, Ricote sigue presentándose al viajero con sus dos cementerios y con su piedra que lo saluda. Situado sobre una montaña, preside un valle al que da nombre, y que es de la poca huerta que queda en mi región y en España. Un pueblo que sigue teniendo pocos habitantes, con calles estrechas y olor a chimenea. La antigua carretera que serpenteaba hasta Ricote ha dejado paso a una más moderna, aunque todavía se ven los tramos de curvas que cortaron al hacer la nueva. En mi región se ha convertido en un lugar muy conocido por su montaña, su valle y un restaurante en el que se sirve carne de ciervo, jabalí e incluso canguro. Las fiestas patronales, el 20 de enero, en honor a San Sebastián, llevan a multitud de viajeros hasta sus calles, y a muchos hijos del pueblo que, como mi madre, marcharon de allí buscando un futuro mejor.

Desde que murió mi abuela, hace ya bastantes años, la gran familia que éramos ya no ha vuelto a encontrarse toda, al completo, en Ricote.


Vista del valle de Ricote

12 comentarios:

elcamaleón dijo...

Seve que historia tan bonita.Nunca conocí a mis abuelos,y estas vivencias de familia unida que espera impaciente la Navidad,para celebrarlo juntos,me emociona mucho.
Es muy bonito el valle,y el pueblecito perdido en la montaña es muy tentador...Ahora,no mencionas el frío que en esas Navidades tenia que hacer,frío que con vuestro calor familiar,la chimenea las castañas(que me encantan tan calentitas) debia pasar desapercibido.
Me has transmitido,y dice mucho de ti,ese amor y cariño que sentias (y sientes)por tu abuela. Te admiro Seve.

Planetas dijo...

Leche!!! Los hatunes tenéis un don especial para escribir y transmitir emociones y sentimientos... durante la lectura de tu relato te aseguro q me he trasladado hacia el coche de viaje a Ricote, el cementerio, tu padre contando la historia, tus primos, el olor de tu abuela, de las chimeneas del pueblo... ufff! eres una crack Seve!!!

Gracias por compartir tan bonitos recuerdos en Hatunia

alma dijo...

Ay Seve, en mi caso era un renault 4 amarillo con 4 niños(a veces 5) sentados detrás y uno delante, el más chico, en brazos del adulto que hubiera acompañado a mi padre a buscarnos al colegio...Nosotros no íbamos al pueblo, sino que volvíamos como los turrones "el almendro"( los niños del pueblo estabamos repartidos por distintos internados que al final siempre eran el mismo, monjas terribles con bigote que nos enseñaban a coser y a gritar con flores a maría y curas nostálgicos del no tan antiguo regimen que torturaban a los niños con rosarios y fútbol. Fuimos el epígono de una generación que milagrosamente sobrevivió con cierto equilibrio mental, si bien no acaba de ser del todo mi caso:-))
Los padres organizaban los viajes para traernos y llevarnos y generalmente se apañaban con dos coches donde nos metían a todos... cuando nos encontrábamos con la guardia civil los "excedentes" teníamos que agacharnos para no ser vistos a través de las ventanillas, y las 2 horas largas de viaje las pasábamos temiendo y deseando el encuentro con la benémerita que siempre era fugaz y frustrante porque nunca nos detuvieron aunque tuvieron que vernos montones de veces...De todos los viajes que hacíamos así, que eran todos...el mejor, el inolvidable siempre era el de las vacaciones de navidad, se hacía de noche rápido en el coche y fuera(soy de los picos de europa) hacía mucho frío y nevaba como en los inviernos de antes, a veces nos quedabamos atascados y toda la ristra de niños con guantes y botas salíamos a empujar a la pobre tartana que siempre se portó con lealtad de perro...el viaje era maravilloso porque además era el punto de partida de un tiempo mágico de verdad, los milagros eran sencillos y ocurrían cada día, despertarte en tú propia cama caliente con los besos de tú madre y los desayunos de Pantagruel y tanto tiempo por delante para hacer exactamente lo que te diera la gana...asar castañas y manzanas o chorizo fresquísimo de la matanza reciente, oir cuentos de viejos al amor de la lumbre,probar licores artesanos, porque mi tío abuelo , San Hatun lo bendiga, estaba absolutamente convencida de que al ser natural no emborrachaba y era digestivo y sanísimo para los niños, lo decía rato después de haber perdido la vertical, él medio borracho y nosotros borrachos del todo... mirar por los cristales el creciente grosor de la nieve, calcular los mejores emplazamientos para la guerra de bolas del día siguiente, cambiarle el sitio al niño jesús por una de las ovejas del belén,o directamente por uno de los cerditos... que era la única manera de desesperar a mi abuela y tantas cosas... que para mí siempre serán la auténtica navidad.
Se que no tiene nada que ver, Seve... pero me lo has recordado todo, que San Hatun te bendiga también a tí. Muvhísimas gracias.

Raúl García Gimeno dijo...

Una buena historia severinne...Alma tu comentario merece ser un articulo en el blog, no seas vaga busca unas fotos y publícalo...

Lorielana dijo...

¿que puedo decir después de esto? Que eres grande y eres tierna Seve.Y que ya sabemos de donde te viene ese ingenio con el que tantas veces nos deleitaste. De casta le viene al galgo decimos aquí, y esta divertida historia entre dos cementerios los demuestra. Gracias, Gracias, Gracias.

Lorielana dijo...

Alma, me uno a Neoraul. Esa historia es casi un cuento de navidad, por Dios. Merece ser contada. Besos almagemela

severinne dijo...

Gracias a todos! Me alegro que os gustara. Ayer es que, simplemente, olí a rosas (algo bastante difícil en estos días que está todo devaluado), y me animé a escribirlo.
Almalaire, estoy de acuerdo con Neoraul y pienso que deberías buscar unas fotos y hacer una entrada en el blog, porque tu comentario es maravilloso. Hay momentos en los que recordar cosas de la infancia te alegran el día. Si conseguí que también os despertara una sonrisa a vosotros, puedo darme por pagada. Mil gracias! :D

Anónimo dijo...

Eres una escritora cojonuda Severine. Te sigo desde el foro de OT y este blog es lo mejor que ha salido de allí. Os estaís haciendo muy populares en el universo internet. Si no os importa seguiré entrando para ver que poneis de nuevo.

DarkStar dijo...

Bienvenida Ela, el universo hatun te recibe con los brazos abiertos ;)

Irati dijo...

Seve qué bonito lo que nos has contado, me encanta. Me has hecho rememorar casi indenticos momentos de mi infancia, mi abuela, el viaje en el seat 124 con mis padres y hermanos, amigos, etc etec, en resumen, me has emocionado, en serio.


Lo mismo te digo a tí almalaire, lo tuyo lo tienes que publicar "ahí afuera" ^_^

Kipling dijo...

Mmmmm...

Vale. Ahora yo podría poner encima de la mesa un poco de pesada ciencia y decir aquello de que si los olores nos traen a la mente recuerdos es porque la zona cerebral que procesa los estímulos olfativos y el hipotálamo (la zona donde se almacenan los recuerdos son contiguas)...

Pero eso sería tratar de estropear la magia. Y eso es imposible cuando la magia está escrita con la precisión del mecanismo de un reloj suizo. Como siempre hace la GENIAL Severinne.

Mis respetos, señora. Me ha emocionado usted.

severinne dijo...

Ela, bienvenido a Hatunia! Se que ya te han dado la bienvenida, pero me gusta ser amable (emoticón sacando la lengua).

Kipling, tú si que eres genial. Mi padre siempre ha dicho ésto: "¿De que me sirve ser un pozo de ciencia si no tengo cubo con qué sacarla?". Y lo traigo al caso porque tu no tienes un cubo, ni dos, ni tres, tu tienes una infinidad de cubos para lograr sacar toda la ciencia que hay en ti. Y no es peloteo, que eso no me gusta. Besos!