jueves, 28 de agosto de 2008

29 de Septiembre San Miguel


Queridos Hatunes, el proximo 29 de Septiembre se celebra la festividad de San Miguel, patrono de hatunia, todos los hatunes están convocados a una bacanal en honor del santo en la cual se aprovechará bien el tiempo comiendo, bebiendo y fumigando ultracuerpos. Son bienvenidas todas las ideas para el programa de fiestas.
La elección de San Miguel, dueño de una gran cervezera, como patrón, no estuvo exenta de polémica, puesto que algunos hatunes se inclinaban(razonablemente) por San Canuto, que también es fiesta de guardar en hatunia, pero en aquellos momentos y bajo las instrucciones de nuestro bien amado sub comandante bloguerrillero la tarea de escoger patrón me fue encomendada a mí y me decidí por San Miguel no solo por su afición contrastada a la cerveza sino también por ser un guerrero de su Dios, tal y como nosotros lo éramos del Dios Hatun en los gloriosos asaltos a la academia.
Falta un mes para la gran fiesta. Prepararos, Hatunes.

lunes, 25 de agosto de 2008

Jacinta en Oporto


Un poco del concierto de Jacinta en los jardines del palacio de Cristal de Oporto (23/8/08)

La calidad de la imagen es pésima, pero la música se escucha bien (sólo tenía encima el movil)


Y algunas fotos más del Oporto desconocido




jueves, 21 de agosto de 2008

Feliz Cumpleaños


Ayer, hoy o mañana ha sido, es o será el cumpleaños de uno de nuestros más queridos hatunes. Felecidades Aratz. Espero que este año te depare lo mejor, los mas bonito y lo más intenso, que ningún día te sea indiferente, que ningún mal te toque y que si lo hace cuentes con nosotros. Ha sido un autentico placer. Zorianak


martes, 19 de agosto de 2008

Embrujo



Voy a escribir cuatro tonterías sobre Granada, aunque otros ya lo han hecho mucho antes y mucho mejor que yo. No obstante, yo también he caído en el embrujo y voy a cometer la osadía. Señoras, señores: ¡allá voy!



Ciudad dormida apaciblemente, mecida por sus tres ríos a los pies de Sierra Nevada. Crisol de culturas y pueblos, que han conformado una forma de ser alegre y apacible. Ciudad con historia de cuento, y con cuentos de ensueño. Música de guitarras recorre tus calles, soleadas o bajo la sombra de los toldos que resguardan a los caminantes de un sol de justicia. Tus gentes, generosas, dan de comer incluso a quién solo buscaba aliviar su sed.


Olores de especias traídas de los rincones más recónditos del Asia pugnan por llegar los primeros al paseante que disfruta de su catedral, esa maravilla plantada en medio de una ciudad de espíritu mestizo. Mestizo, porque la judería y el barrio árabe, están como debieran: hermanados.


En honor a la verdad es el Albayzín, blanco y cielo, el que goza de las mejores vistas de la ciudad. Porque si bien el monasterio de San Jerónimo, ese milagro renacentista; el Hospital Real, reconvertido en universidad; la villa del Gran Capitán, o la fe barroca de la Cartuja, asombran al visitante, es la Fortaleza Roja la que acaba por enamorarle.



La Fortaleza Roja. Qal'at al-hamra, que dicen los árabes. Su silueta se funde en perfecta armonía con los cipreses y encinas de la sierra. Es luz, es agua, es olor a rosas y jazmín. Es simetría y es asombro. Los estucos, las bóvedas, las cúpulas, las columnas... enmudecen a los visitantes. Y eso que uno de los patios ha quedado huérfano. Supongo que precisamente por las mareas de turistas, los leones han huído del patio por unos meses. Para descansar. Y no debemos tomárselo a mal, aunque de primeras nos duela ver un cubo de cristal allí donde deberían estar los cuatro felinos de piedra. Los Abencerrajes, alcoba real de leyenda; el Partal, estanque de quietud; la Puerta del Vino, que enamoró al genio Debussy; los jardines del Generalife...


Washington Irving, otra víctima del embrujo, escribió que el rey moro que la fundó se había vendido al diablo y había levantado la colosal fortaleza por arte mágica. Por tal motivo, pensaba, se sostiene desde hace tantos siglos, desafiando tormentas y terremotos, mientras que otros edificios moriscos ya han desaparecido. Este privilegio, según cuenta la tradición, durará hasta que la mano del arco exterior baje y tome la llave, y entonces la fortaleza saltará en pedazos. Pues bien, esperemos que ese día no llegue nunca, porque la Alhambra es magia. Y la magia no debe morir.
P.S.: He decidido que la próxima vez que viaje a esta ciudad principesca lo haré sobre una alfombra mágica, que es la única manera de viajar a Granada, visto cómo está el Prat (4 horas de retraso)...

lunes, 18 de agosto de 2008

Apéndice

A modo de apéndice, unas fotos del periplo neoyorquino:








NYC: An expedient exaggeration

Me he puesto pedante con el titulito, ¿verdad?. Una vez más. En fin. Pido disculpas. Pero no he podido resistirme a emplear parte de una gran línea de guión de Ernest Lehman. La línea decía algo así como "en el mundo de la publicidad no existe la mentira, solamente la exageración expeditiva (traduzcámosla mejor como eficaz)". El guión corresponde a la película North by Northwest, traducida en estas latitudes como "Con la muerte en los talones", que fue rodada en más de una localización de la ciudad en cuestión.
Nueva York es precisamente eso: una exageración a todos los niveles. Enorme (9 millones de habitantes: tres veces Madrid y ¡¡¡50 veces San Sebastián!!!), ruidosa (menos que más de una ciudad española), sofocante (por el calor estival), tremendamente cómoda, sofisticada y vulgar a la vez, luminosa, llena de apestosas bolsas de basura que brotan de la nada a partir de las 9 de la noche, rascacielos infinitos conviviendo con capillas de la época colonial británica, con un atasco permanente en sus calles, un parque que ocupa 3,5 kilómetros cuadrados y divide la isla de Manhattan, con un chiringuito de comida rápida en cada esquina. Con raudales de talento manando allá dónde se mire, como si las bocas de agua contra incendios reventaran a modo de géiseres de forma armónica. De ese mismo modo, una miríada de artistas callejeros, a cada cuál más profesional y que harían sonrojarse a más de uno de los establecidos que pululan por nuestro más que gris panorama patrio, despliega su saber hacer por la Gran Manzana.




Decir que recorrí Manhattan de arriba a abajo, por todas esas avenidas que parecen "highways", incluída esa rebelde diagonal que llaman Broadway, y de este a oeste, por las calles que parecen "avenues".


Algunos datos a modo de bosquejo: la misma noche que llegamos nos dedicamos a explorar el Theatre District. Hora local: las 11 de la noche. Un calor impresionante sumado a la humedad que asola las zonas costeras y que tan bien conozco. Las calles impregnadas de un olor indescriptible. Una mezcla entre un penetrante aftershave masculino, fast-food y un queso roquefort con más de cinco horas al sol. Y por supuesto todo abierto. TODO. El topicazo de la ciudad que no duerme se cumple a rajatabla. Un apunte: 1 de la madrugada y la tienda oficial de M&M's, con sus puertas abiertas de par en par, repleta de clientes de absolutamente todas las edades, ofreciendo al respetable las ocurrencias más disparatadas. Las chocolatinas, lógicamente eran lo de menos. Allí había calzoncillos de M&M's, guantes de béisbol de M&M's, camisetas de M&M's... Todo esto a lo largo y ancho de un edificio de cuatro plantas. Como decía, una exageración. Pero una exageración sumamente eficaz, ya que los dólares, esos billetitos verdes y arrugados, cambian de manos a la velocidad del rayo. En cada rincón hay negocio. Y ojo, que he escrito "rincón" y no "esquina"...


Me llamó la atención la sensación de seguridad que me invadió al poner mis pies sobre aquella isla. Una sensación exagerada. En ningún momento parecía que pudiera pasar nada por lo que asustarse. La gente paseaba tranquilamente por parques como Union Square, en el Greenwich Village, a la una y a las dos de la madrugada, o rindiendo pleitesía al talento de los músicos de turno, con una comparsa de hippies bohemios y borrachos alrededor.

Una última impresión sobre aquello que, considero, mejor saben hacer los estadounidenses, esos habitantes de mil y un procedencias que llenaron con un sinfín de males aquel Nuevo Mundo, en origen inmaculado y bello; pero que supieron dotarlo de otras tantas virtudes. Una de ellas, decía, es sin duda su sentido del espectáculo. Eso que ellos llaman el show-biz. Algo que ellos dominan y en lo que nadie les puede hacer sombra. Para comprobarlo, no hace falta más que darse una vuelta por Broadway y acudir a la representación de algun musical. En absoluto soy fan de este tipo de espectáculos, pero estar en uno de esos teatros bendecidos por el talento de Rodgers, Hammerstein y demás, y presenciar el engranaje perfecto de una obra bien escrita y bien interpretada es algo que no alcanzo a describir con palabras. Sólo con aplausos. Y debo decir que salí de una representación de algo a priori tan cursi como Mary Poppins con las manos enrojecidas. Una vez más, talento exagerado. Y 100% eficaz.
Y llega el momento del corolario, pues en algun momento hay que poner el punto final. Mmmm... Veamos. Sí. Se me ocurren 4 palabras:

I love New York.

Sin exageración.

sábado, 16 de agosto de 2008

Wear sunscreen

miércoles, 13 de agosto de 2008

Kelna: yo no canto en la ducha... :?

Y tampoco puedo comentar en tu blog :( . Pero ya que estoy, y para ampliar horizontes, pregunto en Hatunia: ¿QUÉ CANTAN LOS DEMÁS HATUNES EN LA DUCHA?

viernes, 8 de agosto de 2008

Jerome Lester Horwitz

Ese era su verdadero nombre. Y hacía cosas como esta:

martes, 5 de agosto de 2008

EL PRINCIPE FELIZ

Es un poco largo, pero es un cuento que me encanta y me apetecía dejarlo aquí. Lo he encontrado en una página de la Biblioteca Miguel de Cervantes.


El príncipe feliz

Del Grandisimo Oscar Wilde

En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.
Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.
Por todo lo cual era muy admirada.
-Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte-. Ahora, que no es tan útil -añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico.
Y realmente no lo era.
-¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.
-Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa.
-Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.
-¿En qué lo conocéis -replicaba el profesor de matemáticas- si no habéis visto uno nunca?
-¡Oh! Los hemos visto en sueños -respondieron los niños.
Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar.
Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad.
Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás.
Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle.
-¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.
Y el Junco le hizo un profundo saludo.
Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata.
Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano.
-Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente demasiada familia.
Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos.
Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo.
Una vez que se fueron sus amigas, sintióse muy sola y empezó a cansarse de su amante.
-No sabe hablar -decía ella-. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.
Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias.
-Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo.
-¿Quieres seguirme? -preguntó por último la Golondrina al Junco.
Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar.
-¡Te has burlado de mí! -le gritó la Golondrina-. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós!
Y la Golondrina se fue.
Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad.
-¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-. Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme.
Entonces divisó la estatua sobre la columnita.
-Voy a cobijarme allí -gritó- El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco.
Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.
-Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo.
Y se dispuso a dormir.
Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.
-¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo.
Entonces cayó una nueva gota.
-¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-. Voy a buscar un buen copete de chimenea.
Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota.
La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio!
Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.
Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintióse llena de piedad.
-¿Quién sois? -dijo.
-Soy el Príncipe Feliz.
-Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina-. Me habéis empapado casi.
-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placeres la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.
«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.
-Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres llevarla el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita - dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!
-No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento en tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. Nosotras las golondrinas, volamos demasiado bien para eso y además yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.
Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada.
-Mucho frío hace aquí -le dijo-; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera.
-Gracias, Golondrinita -respondió el Príncipe.
Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad.
Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.
Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile.
Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.
-¡Qué hermosas son las estrellas -la dijo- y qué poderosa es la fuerza del amor!
-Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial -respondió ella-. He mandado bordar en él unas pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras!
Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el ghetto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre.
Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre habíase quedado dormida de cansancio.
La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño.
-¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar mejor.
Y cayó en un delicioso sueño.
Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.
-Es curioso -observa ella-, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío.
Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se dormía.
Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.
-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente-. ¡Una golondrina en invierno!
Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local.
Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!...
-Esta noche parto para Egipto -se decía la Golondrina.
Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre.
Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia.
Por todas parte adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:
-¡Qué extranjera más distinguida!
Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.
-¿Tenéis algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a emprender la marcha.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás otra noche conmigo?
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata.
Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido.
-Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí?
-¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra.
-Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso.
Y se puso a llorar.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido.
Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la habitación.
El joven tenía la cabeza hundida en sus manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.
-Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la obra.
Y parecía completamente feliz.
Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto.
Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos cabos.
-¡Ah, iza! -gritaban a cada caja que llegaba al puente.
-¡Me voy a Egipto! -les gritó la Golondrina.
Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz.
-He venido para deciros adiós -le dijo.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás conmigo una noche más?
-Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el océano.
-Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará.
-Pasaré otra noche con vos -dijo la Golondrina-, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces os quedaríais ciego del todo.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te mando.
Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo.
Se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano.
-¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña.
y corrió a su casa muy alegre.
Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe.
-Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.
-No, Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-. Tienes que ir a Egipto.
-Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina.
Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que habla visto en países extraños.
Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas.
-Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas.
Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.
Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras.
Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.
- ¡Qué hambre tenemos! -decían.
-¡No se puede estar tumbado aquí! -les gritó un guardia.
Y se alejaron bajo la lluvia.
Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto.
-Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices.
Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza.
Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle.
-¡Ya tenemos pan! -gritaban.
Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo.
Las calles parecían empedradas de plata por lo que brillaban y relucían.
Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo.
La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba demasiado para hacerlo.
Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas.
Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe.
-¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitid que os bese la mano.
-Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.
-No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿verdad?
Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies.
En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo.
El hecho es que la coraza de plomo se habla partido
en dos. Realmente hacia un frío terrible.
A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la ciudad.
Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.
-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz!
-¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión del alcalde.
Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.
-El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado -dijo el alcalde- En resumidas cuentas, que está lo mismo que un pordiosero.
-¡Lo mismo que un pordiosero! -repitieron a coro los concejales.
-Y tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.
Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea.
Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.
-¡Al no ser ya bello, de nada sirve! -dijo el profesor de estética de la Universidad.
Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía hacerse con el metal.
-Podríamos -propuso- hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.
-O la mía -dijo cada uno de los concejales.
Y acabaron disputando.
-¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo como desecho,
Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta.
-Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles,
Y el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.
-Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.
El príncipe feliz Oscar Wilde ; traducciones de Julio Gómez de la Serna y E.P. Garduño