Mostrando entradas con la etiqueta cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuentos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Las madrastras no son tan malas (VIII)

Tirada en el sillón, con un inconsciente temblor en la pierna esperaba. Hacía ya tres cuartos de hora que había llegado con aquel tipo, ese desgreñado que decía ser el príncipe que ella, bueno, que la niña había estado buscando toda su vida. Y allí llevaba los tres cuartos de hora, encerrado en el baño. Claro, pensó, semejante cantidad de roña no sale tan fácil... Se le pasó por la cabeza una vez más si aquello sería lo correcto, bueno, tampoco acertaba a hacerse una idea de qué era lo correcto en cuanto a qué, el caso es que Blancanieves estaba en un rincón del bosque, rodeada de enanos gruñones que querían esclavizarla, y sumida en un sueño del que ni siquiera sabía si despertaría, y al fin y al cabo todo era culpa suya, por no andarse con ojo...
Pensó que si había una oportunidad de que la niña despertase era gracias a aquel gran amor que había estado esperando toda su vida, aunque no llegase en plenas facultades físicas... o psicólogicas... En el peor de los casos ¿qué podía pasar? la niña no despertaría y santas pascuas, y eso de todos modos era la posiblilidad mayoritaria en ese momento...
Y en ese momento la puerta del baño se abrió, el cambio era notable, antes sus ojos tenía un joven que, aunque no apto para míster mundo, era decente, y lo más importante, no tenía rasgos aparentes de alguien que conversa consigo mismo en mitad de un bosque.
- Esto...Esto puede que no haya sido una buena idea... ¿Y si mi amada Blancanieves se ha olvidado de mí? ¿Y si ya no me quiere? ¿Y si se cansó de aguardar mi llegada y buscó otra salida de la desoladora tristeza? ¿Y si se ha ido?
- Tranquilo, que irse no se va... Además, tú no te preocupes que ella te querrá, te lo aseguro.
- Pero, ¿qué certeza puedo tener? ¿cuál es mi certidumbre? No sé de ella mas que que la llevo buscando largo tiempo, pero ¿y si no soy correspondido? ¿Qué garantías he de tener de que ella no me rechazará?
Esto ya era lo que le faltaba, llevaba todo el día de aquí para allá, arreglando entuertos, o intentándolo al menos, cansada, agobiada, desesperada, y aún tenía que aguantar los lloros y las inseguridades de quien en ese momento era su última esperanza, y más valía que fuese una esperanza fructífera, porque si no estaba acabada...
- Mira guapo, ¿quieres garantías, no? Muy bien, pues a partir de ahora tenemos un trato, tú te casas con la niña pase lo que pase, y la niña se casa contigo pase lo que pase. No regrets, ¿entendido?
- Pero...
- Andando, Blancanieves te espera en el bosque.

Continuará...

martes, 1 de noviembre de 2011

Las madrastras no son tan malas (VII)

Atenta a todo lo que el pequeño faro de la scooter le permitía ver seguía adelante, hacía rato que había anochecido, pero no podía rendirse, tenía que seguir buscando... Y entonces, entre el petardeo de un tubo de escape que había conocido tiempos mejores acertó a escuchar lo que parecía un susurro, paró el motor y se acercó despacio¡
- Bueno, pues con esto ya tengo cena para hoy ¿verdad? Sííí, ahora cenar ya no supone un esfuerzo, si ya me lo decía yo, que esto de la caza era acostumbrarse, pues nada, ya sólo me queda encender el fuego y cocinar un poquito, que esto del fuego aún no lo tengo controlado, porque claro ¿qué pasa si se me descontrola? que luego claro, en las noticias, que si hay un pirómano, que si tal, que si cual, y ¿quién me va a creer a mí que sólo fue un desafortunado accidente? Pero no, esto no va a pasar, yo tengo cuidadito y el fuego no se descontrola, y aunque se descontrole, por lo menos podría hablar con alguien, porque esto de...
¿Con quién demonios estaba hablando aquel tipo? Se acercó más, sigilosa, hasta que pudo estar completamente segura de que aquel personaje que parecía no haber salido del bosque en años estaba totalmente solo y todas aquellas preguntas no iban dirigidas sino a sí mismo. ¿Qué se suponía que debía hacer ella ahora? Quizás el tipo necesitase ayuda, pero igual era peligroso, y además ella tenía una misión, y la cosa no estaba para perder el tiempo interrumpiendo conversaciones ajenas, aunque fueran de un sólo interlocutor...
- ¿He oído algo o ha sido mi imaginación? Mejor será mantener la calma, seguro que no ha sido nada... ¿Hay alguien ahí?... Ay, porque preguntaré esto, si en las películas nunca anuncia nada bueno, el subconsciente que me juega malas pasadas... ¡Eh! ¡Espera! ¡No ha sido mi imaginación! O eso o estoy peor de lo que pensaba...
- No... estooo... soy de verdad... Pasaba por aquí... y me pareció ver a alguien... pero bueno... que ya me iba... tampoco quiero molestar... y tenía que encontrar a alguien, así que
- ¡NO! ¡Ahora no puedes irte! ¡No, no, no! ¡Tienes que quedarte! ¡Tú no sabes lo que es esto! ¡Llevo aquí semanas, quizá meses! ¿A qué día estamos? Da igual. ¡Tienes que ayudarme! Yo también iba buscando, pero me perdí en este maldito bosque. Mi caballo se fue. Y no encontraba el camino. ¡Eres la primera persona que veo en todo este tiempo! ¡Debes ayudarme! ¡Por favor!
La expresión de aquellos ojillos escondidos entre pelo y roña era de completa desesperación, decidió que ella no sabría librarse de aquella situación, así que lo mejor sería solucionarla cuanto antes y seguir con su búsqueda.
- Muy bien, pues tú dirás en qué puedo ayudarte, si quieres te acerco a algún sitio, o te indico el camino, ¿has dicho que buscabas algo, no?
-Buscaba, oh, claro que buscaba, aquel joven que salió de las protectoras murallas de la ciudad, tan lleno de ilusión y esperanza, oh, sí, aquel era yo, pero después, sin ni siquiera saber cómo todo se torció, y ahora, qué soy ahora, mírame, aquel día mi traje lucía y centelleaba bajo el sol, y hoy hasta cuesta adivinar de qué color fue...
- Bueno, si no te importa, ya te he dicho que tenía un poco de prisa, así que si puedes abreviar...
- Ah... está bien... Yo soy príncipe de un reino cercano, salí en busca de mi amada, habitante de estas tierras que yo creía nobles, pero que han resultado ser mi perdición, y ahora, quién sabe, quizás ella se haya ido a otra parte, cansada de aguardar mi llegada.
¡Oh no! Si aquello era lo que estaba pareciendo... ¡Oh, no!... Había encontrado lo que buscaba, pero no estaba segura de poder considerar aquello como suerte. Aún así, ¿qué iba a hacer si no?
- Ya... Oye, en realidad, si a quién buscabas es quien creo que es, no creo que se vaya a ninguna parte, puedes estar tranquilo.
- ¿Qué dices? ¿La conoces? ¿Conoces al fruto de mis amores, a la bella dama que esperaba por mí en este hostil lugar, a la joven que me insufló la ilusión para partir a su encuentro por estas inhóspitas tierras? ¿Conoces a Blancanieves?


Continuará...

domingo, 2 de octubre de 2011

Las madrastras no son tan malas (VI)

Mente fría, mente fría... encontraría a la niña y entonces se le ocurriría una solución, total, el conjuro de una vieja bruja retirada no podía ser tan fuerte ¿no?... Estaba dormida, sí, pero alguna manera habría de despertarla...¿verdad?...
Y entonces la encontró, a la niña, metida en una caja de cristal, con una corte de enanos alrededor.
- Esto... hola, ¿podéis quitaos de medio? Vengo a llevarme... a la niña.
- ¿Cómo que a llevarte? ¿Quién eres tú y qué te has creído? Esta era nuestra chacha y con el siestorro que se está pegando se le está acumulando la faena, así que si no sabes cómo despertarla, ya te estás largando, que nosotros la vimos primero.
- ¡¿Qué?! Mira David el Gnomo, haz algo de provecho, búscate un jardín y vete a hacer bonito, pero a mí déjame en paz. He dicho que me la llevo y es que me la llevo.
Agarró la urna con las dos manos y tiró... ufff, se ve que la vida en el campo le había sentado bien a la niña...
- Oye... ¿unas ruedas o algo no tendréis, no?
Pero la sonrisa de suficiencia del enano gruñón le hizo deducir que tendría que buscar ayuda en otra parte.
***
Una vez más al salir del granero la puerta chirrió, pero esta vez iba tan acelerada que ni siquiera se dio cuenta, cogió la scooter y volvió hacia el bosque, había tenido una idea, y era buena, podía funcionar, pero para ello tendría primero que encontrar al maldito príncipe que tanto tiempo había estado esperando la niña...

Continuará...

miércoles, 24 de agosto de 2011

Las madrastras no son tan malas (V)

La niña estaba viva, o eso decía el espejo, pero y entonces ¿de dónde había salido el corazón que ella misma había tenido en sus manos?... Daba igual, tenía que salir a buscarla antes de que anocheciera, o la encontrara alguien, o algo... Y luego estaba su madre, tendría que dejarla un rato en casa sola y aquello era de lo más peligroso, pero no le quedaba otra, los de la residencia no llegarían hasta el día siguiente... ¡Ay! ¡Qué había hecho ella para merecer eso!... Si corría hacia la estación de tren ahora quizás aún llegase a tiempo, podía irse lejos, muy lejos y emprender una vida sin canciones de buena mañana, sin visitas de su madre, sin aguantar los continuos viajes de su marido... No, tenía que buscar a la niña, todavía no sabía si estaba herida o cómo de herida...

- Bueno mamá, pues yo te dejo puesta la radionovela y enseguida vuelvo, que tengo que ir a hacer unos recados
- ¿Pero qué recados vas a hacer tú a estas horas? Si ya enseguida se hace de noche... ¡Ay! ¡Que mi hija! ¡Mi única hija! ¡Que se ha dado a la mala vida!
- Shhh... que no mamá, que no, que sólo es un recado, ale, tú quédate tranquilita aquí que yo vuelvo ya
- Ah, bueno, pero entonces ponme Sálvame, que lo de la radionovela ya hace días que está anticuado, pero claro, como a ti te ha dado por vivir aquí, alejada de todo y de todos... que esto último lo entiendo, porque con las gentes que hay por aquí, todo cotillas y alcahuetas que en vez de mirar en sus propias casas tienen que preocuparse por las vidas de los demás... mejor les iría si viesen lo que les pasa de puertas para dentro, que hay cada una que... pero tú escúchame hija, escúchame que no todo el mundo es así, que yo allí en la residencia, aunque es peor que la cárcel, que ya no puedo ni quedarme en mi habitación tranquila, que se deben pensar que estoy conspirando o algo, que hombre, a veces es verdad, pero qué más les dará a ellos... bueno, pues que a pesar de eso yo allí he conocido a gente muy maja, que no son como los de aquí, que ellos...
Cerró de un portazo, no tenía tiempo de escuchar uno de los monólogos de su madre, le daba igual la residencia, los complots o los amigos que hubiese hecho allí. Encontraría a la niña, la llevaría a casa y la convencería de que aquello había sido una excursión y que se había perdido accidentalmente. Por la mañana, los de la residencia se llevarían a la desafortunada visita y todo volvería a estar como siempre.

Cuando volvió a casa ya era noche cerrada. No había conseguido encontrar ni el más mínimo rastro de la niña, tendría que volver a salir al día siguiente, pero... ¿y si mientras le pasaba algo? Cada vez veía más difícil la opción de hacerle creer que todo había sido un desafortunado error. En fin, de nada serviría pensar en eso ahora, mejor sería que se quitase los zapatos para no hacer ruido y subiese pronto a su habitación, no fuera a ser que se despertase su madre y aún tuviese que aguantar una bronca por "echarse a la mala vida"... Pero al apoyar el pie desnudo sobre el primer escalón lo notó, olfateó un instante... No podía ser... le había llegado el olor a manzana, pero también a algo más, algo que no debería haber pasado, el alambique había estado escondido en el sótano desde que su madre se fue, pero ella recordaba ese aroma a pociones de cuando era niña... fue directa a lo que un día fue el laboratorio y allí estaba el circuito, los frascos y botellas, los ingredientes... todo exactamente igual que antes de que ella lo desmontase, y lo que más la aterraba, con su madre al final de todo, sujetando una botella en la que caían las últimas gotas de un líquido amarillento...
- ¿Qué estás...?¿Cómo has...?
- ¡Hija! ¡¿Tú te crees que estas son horas de venir?! ¡Mira que lo he dicho, que en vez de hija tengo una perdida! ¿Y se puedes saber dónde vas descalza? ¡Con el frío que hace! Luego dirás que te constipas, natural, si es que mira que no te lo habré dicho veces...
- ¿Qué...qué haces... con el alambique?
- ¿El alambique? Mira que me ha costado montarlo... esa manía tuya de guardarlo todo, y más las cosas útiles como esto... Me han sobrado manzanas, y me puesto a hacer licor, ¿quieres probarlo? ha salido fuertecillo...
Se le escapó un suspiro de alivio, sólo era licor, inofensivo licor... bueno, inofensivo, inofensivo tampoco, pero eso no era lo importante ahora...
- ...¡Que te pongas unos calcetines te he dicho!... ¡Ay, siempre igual! Siempre tengo que andar preocupándome por ti, que por cierto, he estado hablando con el espejo, que el pobre como debe lealtad a la familia no puede negarse a contestar la verdad, y que sepas que me lo ha contado todo y ya he solucionado tus problemillas, con una manzana y un poco de la receta que me dio mi amiga Male, la niña está en medio del bosque durmiendo como un angelito...
¡NO! ¡Aquello si que no! Esto no podía pasarle a ella... ¿por qué?... sintió que los pensamientos se le agolpaban en la cabeza acompañados de un zumbido. ¿qué se supone que tenía que hacer ahora? ¿aguantar hasta que su marido volviera e intentar explicarlo? ¿salir y deshacer el conjuro de su madre, aun sabiendo que eso sería casi imposible? ¿huir a Kazajstán? necesitaba dormir, maldito espejo, pero sabía que la culpa no era suya, ¿y de quién? ella sólo quería mandar a la niña lejos, no dejarla catatatónica...
Le arrancó a su madre la botella ya llena de las manos, pegó un trago largo sin respirar y subió las escaleras todavía descalza.


Continuará...

viernes, 22 de julio de 2011

Las madrastras no son tan malas (IV)

Entró en su habitación dando un portazo que hizo temblar las paredes. Tenía que ir al bosque cuanto antes, pero no con aquel vestido, necesitaría algo más cómodo, y también una pala, y un saco por lo que pudiera encontrar...
- ¡Eh! ¿Pero qué pretendes? ¿Tirarme de la pared y convertirme en cristalitos?
Una mirada furibunda quedó reflejada en el espejo.
- Reina, espera, ¿a qué vienen esos humos? Espera un poco y cuéntame que ha pasado, mujer... ¿Qué ha hecho la niña esta vez?
- ¡Ja! La niña no ha hecho nada. Ni lo hará, ese imbécil que se hace llamar cazador se la ha cargado ¿lo entiendes? Le sacó el corazón... que tiene narices la cosa, en su vida ha cazado algo más grande que un conejo y ahora viene y me desgracia... ¡Ay! ¡Qué habré...
Dejó de hablar de repente, tres golpes secos en la puerta habían resonado por toda la casa. Sólo conocía una persona que llamara así, y en aquellos momentos no era, ni mucho menos, esperada.
- ¡Mi madre!
- ¡Espera un momento, cari! ¿Tú estás segura de que...?
Pero ella ya había echado a correr escaleras abajo, ¿cómo podía estar ella allí? ¿y por qué? ¿qué quería? Aquella visita complicaba las cosas, lo complicaba todo... Tendría que llamar al hospital, y esperar a que los enfermeros vinieran a buscarla, otra vez, porque ya se había escapado de allí antes.
Pero eso no era lo que ella más temía. Aunque podía comprender sus motivos, aquella mujer se había ganado a pulso su estancia en un psiquiátrico a base de pociones, embrujos y maldiciones contra la gente del pueblo. Ella se había negado, no dejaría nunca que la mujer que la había criado estuviese en un manicomio por aquello... pero estaba visto que aquel "retiro para mayores" no era suficientemente seguro, tendría que pensar en algo mejor... Pero no ahora, primero tenía que ocuparse de sus otros problemas, y no iba a ser fácil huir de la visita.
Cuando se vio reflejada de nuevo en el espejo su cara había cambiado, la situación estaba empezando a superarla, apareció tras la suya otra cara, con los mismos rasgos, eso sí, pero con las pronunciadas huellas del paso de los años. Oyó lo que le pareció un grito ahogado proveniente del espejo, que decidió ser cauteloso.
- Reina, escúchame, según mis listas, las cosas... no han cambiado, ¿entiendes? Tú aún eres líder entre las mayores de 25... pero ella sigue siendo...
- ¡¿Qué?! Pero el corazón... yo lo vi...
Pero antes de que ella o el espejo pudieran llegar a una conclusión aceptable, la visitante, que hasta entonces había permanecido en silencio, habló.
- Hija, ¿Pero tú has visto cómo tienes todo esto? ¿Esto es lo que te enseñé yo? La ropa ahí encima de la silla... ¿Para qué tienes el armario entonces? Es que parece que te guste planchar porque sí... o bueno, vete a saber, que tú igual ni planchas, te lo pones todo arrugado, que siempre has sido tú muy de eso... ¿Y esto? Por fuera de las ventanas también se limpia, que tú parece que lo que no se ve, pues ala, no lo limpio, y eso no es así... A todo esto, ¿dónde está el rufián de tu marido? ¿"de viaje" no? Si ya te lo decía yo, que ese era un vividor, que tú decías que no, pero yo ya lo veía venir... ¿Y la niña esa tan repelente que trajo a casa? Porque esa no es tu hija ¿eh?, que no me entere yo que nada de la familia pasa a ella, que ni siquiera es de nuestra sangre...
- Hemos... hemos tenido un problemilla con la niña... pero ya...
- ¡Claro! ¡Pues no habíais de tener, si es que tú dirás que no, pero todo esto ya te lo avisé yo en su día, que te buscaras un futuro mejor... Tenías que haber vendido esta casa cuando tuviste la oportunidad, pero no, claro, tú saliste a tu bisabuela, y a mi madre, que eran las dos unas blandas, y que si el patrimonio familiar, que si tal... Tú tatarabuela tenía que haber estado aquí, ella sí que sabía tener las cosas en su sitio, que no había nadie que le tosiera, y encima limpiaba por fuera de las ventanas... ¿Qué ha hecho la niña esa?... No, deja, no me lo cuentes que si no igual me entran ganas de darte un sopapo, por tonta, que es que tú te dejas conquistar enseguida... Ya me encargaré yo de que no tengas más problemas con ella... Que si yo hubiese estado aquí, otro gallo nos cantaría, pero claro, tú que no, que a la residencia aquella que no me dejan hacer nada, ¡ay! pero allí hay gente muy maja, mi amiga Male me ha enseñado trucos nuevos que no te lo puedes ni imaginar, me ha dado una receta que dice que ella pinchó un dedo a la hija de los vecinos con eso y ¡ale!, a dormir como una bendita...

Continuará...

lunes, 11 de julio de 2011

Las madrastras no son tan malas (III)

El sonido de unos pesados pasos delató su vuelta de la "excursión". Tras asegurarse de que no traía compañía (no se oían las típicas canciones de la niña, ni sus saltitos, ni sus estridentes risitas) se preparó, y en cuanto lo oyó acercarse a la puerta se dispuso para recibirlo con una radiante sonrisa, puede que incluso, en cuanto se asegurase de que se la había llevado bien lejos y que estaría una temporada sin verla, lo recibiese con otro tipo de recompensa...
Los pasos se detuvieron ante la puerta, y tras lo que le pareció un suspiro, el granero se abrió y entró el cazador.
- Ayyy, corazoncito mío, ¿ya estás aquí?... Cuéntame, ¿cómo ha ido "el viaje"?
- B-Bien...
¿Bien?... Bueno, aquello era un comienzo, tendría que seguir poniéndose melosa.
- ¿Bien?... ¿Qué has hecho con ella? ¿Adónde la has mandado, cielito?
- Yo... Yo hice lo que tú me ordenaste.
Mmm... Empezaba a cansarse de aquellas respuestas que no llevaban a nada, ¿y a qué venían esos ojillos asustados?
- Amorcito mío, explícate un poquito más ¿quieres? ¿Dónde la has dejado?
- En-en el bosque... Aquí tienes.
¿Aquí tienes? ¿Una cajita? ¿Qué era aquello? ¿Un regalo? ¿Sería hoy algún tipo de aniversario? Lo miró sorprendida todavía un instante y después abrió la caja...
-¡¿Pero qué...?! ¡¿Esto es un... corazón?!... Espera, espera... ¿Qué narices has hecho?
- Yo... Lo que tú me dijiste, Reina, sacarle el corazón.
- ¡¿QUÉ?! ¡¿Qué estás...?! ¡¿Se puede saber cuándo te he dicho yo algo parecido?!... Ay, Dios mío...
- Tú, tú me lo dijiste, antes de marchar "Sácala el corazón", aquí mismo, en el granero.
- ¡Pero, cómo se puede ser tan inútil! "Sácala, corazón", dije "Sácala, corazón" ¿Es que no sabes lo que significan las pausas?... Y esa manía tuya con los laísmos, ni que fueras madrileño... Ay, Dios mío, ¡Pero qué has hecho!...
¿Qué iba a hacer ella ahora? ¿Qué le iba a contar a su marido cuando volviese?... Bueno, siempre podría decir que había desaparecido... o que se había ido a buscar al príncipe pensando que ya estaba de camino, al fin y al cabo aquello era creíble... Pero espera, ¿qué había dicho ese idiota? Que la había dejado en el bosque... Tendría que ir, esconder todo lo que pudiese revelar la verdad, no fuera a ser que alguien del pueblo encontrase algo... algo como un cadáver... Ay, Dios mío...
- Reina, es-espera, en realidad yo...
Salió disparada hacia la puerta, no tenía tiempo que perder y tampoco escuchó nada más que el inmenso chirrido de la puerta del granero que seguía sin arreglar. No, si al final iba a tener ella razón, si quería algo bien hecho, tendría que hacerlo ella.

Continuará...

lunes, 6 de junio de 2011

Las madrastras no son tan malas (II)

La puerta del cobertizo seguía chirriando, al final tendría que engrasarla ella misma...
- Querida, dijo una voz excesivamente empalagosa, la niña me ha dicho que me estabas buscando, ¿no crees que deberíamos mantenerla al margen?
- ¿Eh?... No te llamaba para eso... Espera, ¿Qué haces con ese rastrillo?
- ¡Ah! ¡Esto! He puesto un huerto en los jardines de atrás, en cuanto empiece a dar frutos dejo la caza. La idea ha sido de la niña ¿Te gusta?
- Joer, si al final vas a ser más tonto de lo que imaginé
- ¿Qué?
- Naaada corazoncito, verás, tengo que pedirte un favor...
- Tú dirás, madrastra mía...
Miró a aquel tipo que entrecerraba los ojos de una manera que pretendía ser seductora pero que realmente lo hacía parecerse a un topo recién sacado a la luz del mediodía. Se preguntó cómo había podido mantenerlo como su amante... ¿Por qué ella, la triunfadora mujer de su juventud, se había rebajado hasta aquel punto? Pero ya sabía la respuesta, era lo único que tenía allí, la inmensa casa que había heredado de su abuela, excelentemente situada de no ser por aquel pueblo de viejas cotillas, única conexión con el resto del mundo, y aparte de eso, un marido que nunca estaba, la estúpida niña, y aquellas aventuras en el cobertizo que durante algún tiempo la habían hecho sentirse poderosa otra vez. Tenía que salir de allí, pero no podía, ¿qué habría dicho la abuela, o más aún, la bisabuela si la hubieran visto irse de aquella casa? Habría sido la deshonra de la familia sin dudarlo... Sacudió la cabeza para librarse de la nostalgia y volvió al desmejorado amante que todavía esperaba su proposición, al menos esta vez podría aprovecharse de su encanto
- Verás, amorcito, la verdad es que necesito que te lleves a la niña
- ¿Llevármela?¿Unas vacaciones o algo así?
- Sí... Algo así... Pero tienes que sacarla de aquí, no la aguanto más, está cantando todo el día, con los estúpidos animalitos, llenándome la casa de flores y ya no puedo con ella.
- Pero...
- Pero nada. Tú sabes que lo he intentado todo, enviarla a estudiar fuera, que se la llevara aquella compañía de baile, que se presentara a Operación Triunfo, hasta conseguí que la contratara Bill Gates sin saber lo que era un ordenador, pero nada, que si ya vendría su príncipe, que si amor eterno, que si bla, bla, bla... y eterna se me está haciendo a mí la espera, porque el maldito príncipe no viene y la niña no se va ni con agua caliente. Tienes que hacer algo, osito mío (Y entonces utilizó una exageradísima caída de ojos, que sin embargo sabía que funcionaría, al menos con él)
- Pero... ¿Y cómo voy a conseguirlo yo? (¡Funcionó!)
- No lo sé, haz un pacto con la bruja de la Sirenita para que se calle, llévatela al bosque a lo Hansel y Gretel, pero sácala de aquí, sácala, corazón.

Continuará...

martes, 3 de mayo de 2011

Las madrastras no son tan malas

Una mañana más se despertó y a su lado en la cama no había nadie. Claro, recordó, viaje de trabajo, como siempre, y mientras ella a cuidar de la niña y a hacerlo todo... La niña, menuda joya la niña, ya estaba cantando otra vez, si es que así no hay quien duerma, si por lo menos hiciese algo... Pero no, ríete tú de la generación ni-ni... La princesita de su papá se pasaba el día allí, cantando y bailando, y llenándole la casa de bichos, ¿para qué estudiar, si vendría a buscarla su príncipe?, ya se quedaba ella en casita, "ayudando"...Porque claro, lo de ayudar era un decir, a ver quien es el listo que come en un plato que ha fregado una mofeta con su cola... Así que nada, ya lo hacía ella todo y después a repasar lo que la niña ha "limpiado". Y mientras su querido marido de viaje, siempre fuera, siempre sin hacerle caso... Si ya se lo decía su madre, no te cases con ése, que es un vividor, y encima feo... Ah, pero ella, joven, guapa, la sensación de un pueblo pequeño como aquel haría lo que le diese la gana... Y allí estaba, en el mismo pueblo insignificante donde nunca pasaba nada, con la misma gente de siempre y sus historias repetidas mil veces... y con aquella niña cantando en el piso de abajo sin dejarla dormir...

Consiguió hacerse con un plato que no habían tocado las ardillas y se hizo el desayuno, iba a ducharse pero no quedaba agua caliente, los condenados ciervos no sabían fregar con agua fría... Como cada mañana se puso frente al espejo y le preguntó
- Espejito, espejito ¿quién es la más bella del reino?
El espejo guardó un incómodo silencio y contestó ante su mirada amenazante
- Ay, cari, pero no te enfades...Blancanieves
¿QUÉ? Esto ya era el colmo, lo que le faltaba, el espejo de su bisabuela le hacía esto, a ella, que había sido la más guapa de aquel estúpido reino durante los últimos treinta años...
- Reina, que te estoy viendo venir, no te pongas así, que tú sigues siendo líder entre las mayores de 25... ¡No! Deja de apuntarme con ese plato que sabes que soy frágil...Además cari, que es que esas ojeras que llevas no te favorecen nada...
- Se acabó, se acabó, esa niña tiene que irse de esta casa o yo me vuelvo loca, espejito.
- Bueno, bueno, pero eso ya lo piensas luego más calmada eh, que las cosas en caliente...

Decidió hacerle caso al espejo (si su familia lo había conservado durante seis generaciones sería por algo) y decidió volver a su alcoba a descansar hasta que los grititos de una voz insoportablemente dulce la interrumpieron
- ¡Madras! ¡Madras! ¡Mira! ¡Te he traído unas flores!
Estúpida niña, doce años viviendo en la misma casa y aún no se había enterado de que era alérgica al polen.
- Claro, bonita, déjalas por ahí... Oye, ¿sabes si ha venido ya el cazador?
- Sí, lo vi antes y conseguí convencerlo de que no mate a mis pequeñines y se haga un huerto.
- Maldito imbécil...
- ¿Qué dices, Madras?
- Nada, bonita, nada, ya puedes irte.

Continuará...

viernes, 15 de enero de 2010

Encuentros reveladores


La noche que empezó a tener aquellos extraños encuentros se había dormido llorando. Ella no podía tener una vida normal, era consciente; la mayor parte del tiempo intentaba mantenerse ocupada, pero en noches como aquella no podía evitar pensar, y entonces le asaltaban la tristeza y las dudas. dudaba sobre quién era realmente y quién debería ser, se entristecía por no ser de otra manera y porque las cosas no eran diferentes; entonces, sentía la humedad de las lágrimas deslizarse por sus mejillas y caer sobre la almohada, dejando como testigos de su pena dos pequeños círculos salados.
Despertó sin un motivo aparente, abrió los ojos para mirar el reloj, pero se encontró con una luz frente a ella. Intentó deshacerse de los últimos restos de sueño que le nublaban la mente. ¿Qué era aquella luz? Entonces se dio cuenta, el portátil que descansaba sobre su mesa se había quedado encendido; estaba semicerrado y esto hacía que una línea de luz se proyectase por toda la habitación. Su sombra cubrió la pared cuando se acercó para apagarlo, pero al levantar la pantalla vio algo que no esperaba hallar allí...
Todo esto no lo recordó hasta la noche siguiente cuando se acostó. Recordaba haber encontrado algo, pero no lograba saber qué era. Un escalofrío recorrió su cuerpo y le dejó un intenso cosquilleo en el estómago. Se levantó y encendió de nuevo el ordenador, después de mirar los historiales y carpetas volvió a la cama. Quizás sólo había sido un sueño, tan sólo un producto de su imaginación. Pero recordaba el frío al caminar descalza sobre el suelo de mármol, y también estaba esa sensación que se había instalado en su estómago.
También despertó aquella noche. Cuando abrió los ojos volvió a ver la luz azulada que escapaba entre el teclado y la pantalla. Repitió los pasos de la noche anterior, pero esta vez lo único que vio fue el escritorio de Windows al que estaba acostumbrada. Se reprendió a sí misma al notar la decepción. ¿Qué esperaba encontrar? Esta vez sí, apagó el ordenador y volvió a la cama.
No conseguía dormirse, a la decepción de no haber encontrado nada se sumaban las frustración por no recordar y el cansancio de dos noches de sueño interrumpido. Comenzó a escuchar un zumbido. Se quedó quieta un instante y finalmente se levantó. Mientras se acercaba fue identificándolo, el sonido salía de las tuberías del baño. Se acercó hasta el lavabo y abrió el grifo. El ruido cesó, el agua fluía y entonces...
No conseguía recordar qué había ocurrido después. Quizá había encontrado algo, quizá era lo mismo de la otra noche. Sólo sabía que volvía a tener esa sensación en el estómago.
La tercera noche se acostó entre nerviosa y preocupada. Necesitaba descubrir qué era lo que le quitaba el sueño, pero tenía miedo de volver a desilusionarse. Tardó bastante en dormirse, pero volvió a suceder. Despertó. Inmediatamente buscó algo, una luz, un susurro, pero no había nada. Lentamente se levantó y caminó hasta la puerta de la habitación. Entonces, llegó lo que había estado esperando, un golpe seco se escuchó a su derecha. Alcanzó el origen de los ruidos, un armario, encendió una de las luces y se prometió que esta vez no olvidaría. Inspiró, alargó su brazo y abrió la puerta del armario. Se encontró de frente con una mujer en pijama. Escuchó pasos acercándose.
- Alicia... ¿te gusta el espejo? Lo pusieron ayer.
A su izquierda, en el final del pasillo, una pelirroja despeinada y también en pijama le hablaba.
- Deberías volver a la cama, aún no ha amanecido.
Alicia asintió. Se volvió de nuevo hacia el armario y miró una vez más a la mujer, reparó en que ahora sonreía; levantó su mano y se la llevó instintivamente a los labios. No sólo la mujer del armario sonreía, también ella.

domingo, 13 de diciembre de 2009

¿OBJETOS INANIMADOS?


¡Ay! ¡Cuidado! ¡Ehh! ¡Pero bueno, qué forma de despertarme! Otra vez igual, ya estamos como siempre y yo cada año más anquilosado, claro, cada temporada me guardan peor, con lo bien que me embalaron por primera vez. Uff, por fin me han dejado quieto un poquito, no entiendo tanto traqueteo, tampoco es que sea un peso pesado, la verdad. Sin duda habrán ido a buscar algo con lo que liberarme de mi prisión. Iré preparándome para lo que me avecina, les temo, ¿cuántos habrá esperándome esta vez? Mientras que sólo estén mis amas.... porque cuando está la casa invadida por los otros personajes más pequeños.... a veces desearía volver a encontrarme inmerso en la oscuridad de mi caja.
¡Nooo, cuidado! ¡Cuánta luz! Estoy cegado completamente, es que no hay la más mínima consideración conmigo. Claro, como no tengo sentimientos... Luego se quejan de que se me desprenden fibras, normal, el estrés que sufro es enorme. Soy un incomprendido.
En fin, resignación, los peores augurios se han cumplido, el pequeño ser revoltoso e inquieto está por aquí, dispuesto a "ayudar". Intentaré relajarme ¡Ooooohmmm! No, no puedo evitar pensarlo, ahora, en cuanto me devuelvan a mi altura habitual, comenzarán a estirarme, tensarme, girarme y todo ello sin miramientos, sin pensar si me incomodan o no, sólo buscando la forma en que luzca mejor. ¡Oooohmmm! ¡¡¡AAyyy!!! Lo sabía, esa pequeñaja es la peor. ¡No, así no, ser perverso y descuidado! Se acabó la relajación, no me sirve de nada abstraerme y pensar que soy una figurita del Belén. Decidido, voy a vengarme, encontraré la forma. Seguro que existe algún punto débil en el montaje.... ¡Si, Eureka! La base, mis preciosas patitas, nunca las ponen bien a la primera. En cuanto vuelvan a tirar de mí, misteriosamente me desestabilizaré y conseguiré dar un golpecito a "alguien".
¡Allá vooooyyyy!
¡Titaaaa! ¡Me he hecho daño en la cabezaaa!
¡Je, je, je! Lo conseguí, ahora, mientras la consuelan, puedo estar un rato sin sentir sus manitas por mi fisonomía. Bueno, mi dueña no es que sea muy fina, pero, al menos, sus movimientos son precisos y no me daña más de lo necesario.
¡Qué alivio! Ya estoy completamente estiradito y desempolvado. La verdad es que después de haber estado un año en esa caja, se agradece encontrarse así, espléndido, abierto en toda mi envergadura, dominando la estancia y todos pendientes de mí. Siempre me quejo, lo sé y cuando llega este momento comienzo a disfrutar. Ahora es cuando verdaderamente empieza la diversión. A partir de ahora, con todas esas luces, las cintas y las figuras esféricas colgando de mí, seré el rey de la casa, aunque sea por un breve espacio de tiempo. Sí, me gusta, sí, chiquitina, perdóname, antes estaba nervioso y no recordé mi función. Así, en esa ramita puedes colgar lo que quieras. Verdaderamente tú y yo somos los protagonistas del día ¿puede existir mayor honor?
Llega el momento crucial, no pequeña, tú sola aún no puedes hacerlo, necesitas ayuda o símplemente deberías delegar esa tarea en alguien mayor. Ya te llegará, yo intentaré conservarme como hasta ahora, verde, terso, radiante, completo y sin romperme hasta que tú puedas llegar hasta lo más alto de mí.
Al fin, coronado e iluminado, todo para ti, pequeña, disfruta, porque sólo por ver la cara de asombro y absoluta felicidad que has tenido por unos momentos, ha valido la pena mantenerme desarmado, plegado y apretujado en una caja, durante todo un año.
A partir de ahora comienza la función, a partir de ahora comienza La Navidad en esta casa.


Inspirado en la mejor lata de calamares que ha habido y en "Un chorro de la bomba de la ciudad"

lunes, 28 de septiembre de 2009

Noches de Ortigia

Me la habían contado muy diferente. A mis ojos se apareció sugerente, nocturna, lunar. No sabría decir si es africana, griega, judía, árabe, italiana… En la neápolis de Siracusa, en tierra firme, se halla uno de los vestigios griegos mejor conservados. Un conjunto formado por el teatro y el Orechio di Dionysos: la Oreja de Dionisio, la que el tirano hizo cavar en la roca a sus esclavos, y por la cuál se dice que en ocasiones los espiaba. Pero el meollo de la ciudad está en la isla de Ortigia. Una mezcla de bullicio y tranquilidad cuasi africanas. Sus construcciones en piedra blanca guardan un aroma veneciano, pomposo y atractivo, y por la noche la vida estalla como en fuegos artificiales en la piazza del duomo. El duomo: antiguo templo dedicado a Atenea, posteriormente a Minerva... Más adelante mezquita. Hoy en día, catedral. Muy cerca de éste hay templos más antiguos. Uno de ellos el de Apolo, dios del Sol. Y muy cerca de aquél, una fuente dedicada a su hermana, la diosa de la Luna. En las inmediaciones del santuario dedicado al dios del Sol, de la Música y de las Artes hay otro templo. Este de los sentidos. Los langostinos mejor preparados y más frescos que he tomado en mi vida, han sido los que tuve la fortuna de probar en el Apollonion, un local minúsculo, a pie de callejón, que regenta Carlo. Una verdadera orgía de sabores mediterráneos: pan de orégano y aceite de oliva, pulpo, gambas insuperables, gamberoni fresquísimos, cigalas, bogavante, ostras, calamar relleno, dorada… Regado del fabuloso vino blanco siciliano. Porque si bien es el Nero d’Avola el que ha ido ganando en prestigio con los años, es el blanco el más arraigado, del que se extraen caldos tales como el Vigna di Gabbri o el Colomba Platino. Gastronomía aparte, el antiguo centro de la ciudad, presenta aún otra maravilla. Una fuente natural de agua dulce que permitió a los siracusanos resistir al bloqueo ateniense. Y es junto a esta fuente donde crecen de forma espontánea los únicos papiros en todo el continente europeo. Pero esta no es la única peculiaridad del manantial. Cuentan los siracusanos que hace muchos siglos, cuando el mundo era plano y los dioses pisaban la tierra, había una ninfa muy bella que llevaba por nombre Aretusa. Con su sonrisa y su esbelta figura encandiló a Alfeo, el dios del río del mismo nombre, que vivía en la opulencia y pensaba que la podría ganar con sólo proponérselo, olvidando que Aretusa había jurado castidad y seguir al séquito de Artemisa. La ninfa no sabía qué hacer y pidió ayuda a su señora, quién la transformó en un manantial. Aretusa corrió pues bajo el mar Jónico hasta aparecer en la isla de Ortigia, donde desde entonces surte de agua potable a sus habitantes. Pero Alfeo, el río, no se dio por vencido y corrió hasta dónde ella estaba y sus aguas se fundieron al fin en un abrazo. Siracusa. Un misterio.

domingo, 13 de septiembre de 2009

LA TIERRA DE LOS CÍCLOPES

»Canta, O Musa, la historia del hombre rico en recursos, Aquél que anduvo errante mucho tiempo después de asolar la sagrada Troya, Aquél que vio muchas ciudades de hombres y que conoció sus costumbres; Aquél que muchas desventuras padeció en el ancho mar, Junto a su tripulación, durante el camino de vuelta al hogar. Y sin embargo no consiguió salvarlos, por más que lo intentó, Pues de su propia locura sucumbieron víctimas: Del Sol el rebaño mataron y ahí sellaron su destino, Pues aquél su vuelta con vida jamás permitió. O hija de Zeus, cuéntanos alguna tan solo de sus muchas andanzas. «
Así arranca el relato del Ciego.
Una historia demuestra su solidez, cuando casi 3000 años después de ser contada por vez primera sigue cautivando con su hechizo a quién la escucha, por más que se la sepa de cabo a rabo. Cuando mis caminos me llevaron a Sicilia hace ahora más de un mes, conocía la historia de Odiseo de sobra. Su astucia para engañar a los troyanos con el archifamoso caballo, el animal sagrado y símbolo de Poseidón, Señor de los Mares; la maldición de Casandra; el saqueo del país de los Cicones; su escapada del País de los Lotófagos…
Su destino lo llevó errante por el Egeo primero, por el Jónico después, por el Tirreno, el mar de Alborán... Muchos años duró su viaje hasta que los dioses se apiadaron de él y lo dejaron regresar al fin a las costas de Ítaca, al regazo de su añorada Penélope. Y aunque le hayan dado muchos rostros a lo largo de estos tres milenios, yo sé que su verdadera imagen era ésta:
De todas las aventuras y desventuras que vivió el hijo de Laertes, mi favorita es sin duda su encuentro con el cíclope Polifemo. Los Cíclopes eran gigantes con un solo ojo y bárbaros sin ley. Trabajaban el hierro en la subterránea forja de Hefesto, aquella de la que salían fuego y humo cuando alimentaban el horno y aporreaban los yunques. Dicen que esa forja divina no se encontraba en otro lugar que en el monte Etna. Éste se me resistió, por gracia de Cronos. No obstante, a los pies del Etna prácticamente está Catania. La hallé sobria, elegante, aristocrática, pagada de sí misma pero reservada. Con una insólita unidad estilística, por mor del volcán. Barroca, borbónica y edificada en basalto oscuro y mármol blanco. El elefante de la piazza del duomo es de lo poco que nos evoca lejanos ecos de las trompetas de Aníbal el Cartaginés, aquel que juró venganza a la pujante Roma y que a un suspiro estuvo de tomarla. Pero en Catania ya nadie habla de Guerras Púnicas, y tanto los Bárquidas como Escipión el Africano reposan en el Elíseo. Dejemos los insertos a Homero, que se le daban bastante mejor que a este cronista, y volvamos al curso de la narración. Polifemo no sólo era un gigante embrutecido que no atendía norma alguna, sino que además gustaba de engalanarse la frente con laureles que le habían sido depositados en la cuna. El Cíclope era hijo de Poseidón. Uno de tantos - porque Poseidón era un dios generoso con su semillita - pero hijo al fin y al cabo. Las embarcaciones de Odiseo se habían quedado una vez más desabastecidas de víveres y al héroe de Troya no le quedó más remedio que pisar suelo firme. Otros en la misma situación, no habrían hecho más que llenar los pellejos de agua, temiendo a los temibles moradores de aquella tierra. Pero no era ese el caso de Odiseo. El aqueo, a sabiendas de la mala fama de estos cíclopes, decidió poner a prueba su buena hospitalidad, que ante los dioses era sagrada. Anclaron las naves a una distancia prudencial y con una pequeña embarcación y al frente de una docena de hombres bajó Odiseo a tierra. En aquella tierra ubérrima, donde crecían olivos y vides, trigo en cantidad y los higos más dulces, donde los bosques de pinos cubrían los cerros y los arroyos bajaban tintineantes, había reses magníficas, de insólito tamaño. Un rebaño de ovejas pastaba en las cercanías de una gruta. Después de saciar sus vientres, los griegos aguardaron en aquella caverna, que parecía no ser sino la guarida del gigante. Cuando Polifemo llegó, dejó muy clara su opinión sobre la hospitalidad, devorando a dos de los hombres de Odiseo y esparciendo sus sesos por el suelo. Cerró luego la entrada a la gruta con una roca gigante y se echó a dormir como si tal cosa. El de Ítaca se quedó pensando en la gloriosa idea que había tenido aquella mañana. Pero de nada valía lamentarse, de modo que cuando Eos, la de rosados dedos, anunció el nuevo día y después de que otros dos compañeros fueran devorados ante sus ojos, le ofreció un odre de vino a Polifemo. Había sido un regalo del sacerdote de Apolo. Un caldo poderoso que emborrachó al gigantón. Trompa perdido, preguntó por el nombre de tan generosa víctima . Outis (“Nadie”), respondió el griego. A lo que el cíclope contestó que, en deferencia por el obsequio, a Outis lo reservaría para el banquete final. Pero el aqueo no pensaba ni mucho menos en ser devorado. En cuanto oyó el primer ronquido del monstruo, se dispuso con sus compañeros a afilar un tronco de olivo que allí había para a continuación colocarlo entre los rescoldos del fuego. Una vez al rojo, tomaron el madero entre todos y se lo clavaron al cíclope en el único ojo. Cegado y loco de furia se levantó, aullando y maldiciendo. Los demás cíclopes que lo oyeron, le preguntaron a voz en grito quién le estaba causando tanto dolor, a lo que Polifemo contestó que “Nadie” (Outis). “Pues si no es nadie, rézale a tu padre Poseidón, a ver si él es capaz de quitarte los dolores”, y se volvieron a sus respectivas cavernas. Pero Polifemo aún siguió removiendo todas las rocas de la cueva sin dar con los malditos humanos, hasta que al fin llegó a la conclusión de que habían escapado. Sus ovejas, con todo el barullo, abandonaban también la cueva para pastar al fresco. El gigante se aseguró de que no saliera ningún griego camuflado entre ellas… pero se le olvidó palparles bajo el vientre, donde efectivamente se hallaban sujetos. Errabundo, Polifemo encaminó sus pasos a un acantilado, muy cerca sin saberlo de dónde estaba anclada la nave de los griegos. Cuando Odiseo, ya a bordo, puso la mirada en el hijo de Poseidón, la estampa de la derrota, le gritó desde su velero mostrándole los caninos y con fulgor en la mirada: — ¡Ciclope! Si tu padre te pregunta la causa de tu ceguera, dile que fue el asolador de Troya quién lo hizo, el hijo de Laertes, rey de Itaca, ¡Odiseo! Eso es un disparo parto y lo demás son tonterías. ¿A quién no le gustaría lanzar una flecha de esas alguna vez en la vida? Detalles como ése hacen de Odiseo, o Ulises, mi héroe favorito. Porque si bien Aquiles era casi todopoderoso (y por tanto aburrido) y Héctor tan prudente y valeroso que su muerte estaba cantada... por la Musa, ninguno de ellos era tan humano como Odiseo. Ladino, embaucador, ingenioso, prudente y soberbio a la vez, marino de armas tomar, superviviente, náufrago, aventurero… Otros, antes que él, se habían enfrentado a los dioses pero ninguno con tanto arte como Odiseo. Claro que así lo tuvieron diez años vagando por el Mediterráneo. Aunque no es una mala forma de pasar el tiempo, pensándolo bien. Aunque yo me haya emocionado antes de tiempo, no había acabado ahí la historia. Porque el cíclope arrancó un peñasco de cuajo y lo lanzó al mar, y a punto estuvo de hacer pagar muy cara la bravuconada al griego, pues el oleaje que levantó casi hizo naufragar al temerario. Una segunda y hasta una tercera vez lo intentó, sin éxito el gigante. Ahora bien, me atrevería a apostar que a Odiseo para entonces se le había parado la risa en seco. Y las rocas que Polifemo lanzara al Mar Jónico seguían estando allí donde las dejó, tres mil años después, para que yo pudiera nadar entre ellas.

viernes, 24 de abril de 2009

TACONES CERCANOS(resacuento) IV y fin.



El diario no daba muchos detalles. Se limitaba a constatar que se cumplían dos años del asesinato de Mónica Andrade, dueña del Bar Sinaloa, a manos de uno de sus clientes habituales, un mejicano de cincuenta y cuatro años con un largo historial de trastornos psiquiátricos, que estalló en cólera al llegar al local y comprobar que la propietaria había impuesto su propio look a todas las camareras, con el objetivo de que todas parecieran ella misma, consiguiendo un desconcertante efecto que multiplicaban los espejos.

Añadía que, dos años después, el asesino seguía en paradero desconocido, tras haberse hecho literalmente humo la misma noche del crimen. También incluía dos fotografías: una del Tomás que yo más quería, la otra del primer dueño del Café Veracruz, poco antes de aparecer ahorcado en el local que ya era de otro. El periodista subrayaba especialmente el asombroso parecido, inquietante decía él, entre ambos. Yo leí con el corazón cada vez más encogido, las uñas de mi mano izquierda clavadas en la palma de la mano, los dedos de mi mano derecha acariciando con renovada ternura la fotografía desde la que me miraba con calor la personificación de la bondad y la locura, el icono perfecto del mejor Don Quijote. Sin poderme creer que nunca hubiera reparado en como se parecía al suicida del Veracruz, del que yo misma había recopilado tantos datos a lo largo y lo ancho de mi terca y fascinada obsesión por la maldición del Sinaloa. Tomás, sollocé, Tomás…

_ Qué? Preguntó conmovido, el que ya estaba clarísimo que era mucho más que el hombre de mi vida, qué pasa reina? Estaba allí, delante de mí, tan alto, tan flaco, tan morena su piel impecable y me miraba con los ojos tristes que sin embargo sabían reírse mucho y bien. Estaba allí, delante de mí, y era él. Don Alonso Quijano, quince años antes de perder la cabeza.

En aquella larguísima noche que había durado dos años exactos, Tomás había saldado con creces la cuenta de todas las copas que bebía en el Sinaloa, que eran muchas y que Mónica me descontaba de mi sueldo. Había cumplido mi viejo deseo de darlo todo, de morir por Dios, de olvidarme de mí , de ser otra y había hecho algo todavía mucho más grande: colocarme bajo la protección de aquella versión mejorada de si mismo; todavía joven, todavía inocente, intacto en su bondad pero a salvo de su locura.

Volví los ojos a la foto del diario para aprenderme de memoria los rasgos que quince o veinte años mas tarde tendría mi marido y tuve la tentación de salir corriendo. Pero no lo hice, porque me adapto bien al terreno, porque soy una resistente, porque antes doblada que partida, porque esa es una de mis mejores virtudes.

Entonces me levanté y fui a mirarme otra vez al espejo del baño. La rubia seguía allí, desolada en su abandono. Y aunque sonreí y aunque le tiré un beso burlón soplado en la punta de los dedos, y aunque me pinté los labios con cuidado con la barra olvidada sobre la caja de kleenex, ella no secundó ni uno solo de mis gestos. Seguía absorta. Muda y terca en su desconcierto.l Pasando una y otra vez los dedos por sus cabellos cortos.Buscando incansable, los rizos de mi antigua melena. Tanto peor para ti, le advertí divertida, porque lo primero que pienso hacer, antes incluso de teñirme el pelo, es cambiar el espejo del baño.

Recogí una camiseta tres tallas mayor que colgaba de la percha de la puerta y que uso a veces para dormir. Me gusta mucho, porque es un cartel de autopista con un indicador muy gracioso; “soy rubia, háblame despacio” ,y salí corriendo, canturreando el día que me quieras, a envolverme en el abrazo del hombre de mi vida que fumaba distraído en la terraza.

Cuando llegué se echó a reír, me abrazó y empezó a depositar una lluvia finísima de besos diminutos y golosos en mis parpados, en mis labios en mi cuello…Marian, me dijo mientras me besaba, que sí. Que sí qué? Pregunté yo. Que sí fui yo el que se comió los calamares.


jueves, 23 de abril de 2009

TACONES CERCANOS (resacuento) III


Alargó el brazo para alcanzar el periódico y mi mente voló al Sinaloa. Amo ese lugar. No es mío, pero de alguna manera sí, porque yo lo inventé.

El Sinaloa arrastra una maldición antigua. Ha sido un local de moda y de vicio desde principios del siglo XX, cuando un indiano aburrido y caprichoso lo abrió para su hijo bajo el nombre de Café Veracruz, en homenaje al lugar de donde provenía su fortuna y lo convirtió en el sitio más exclusivo de la ciudad. Sin embargo, el tiempo que pasaba en el café, convirtió la incipiente afición al juego del heredero en una obsesión que lo dominó y que poquito a poquito terminó con él ,comido de deudas. Tuvo que malvender lo poco que le quedaba y traspasar el negocio. Lo adquirió, por casi nada, un antiguo socio de su padre, que se había ido quedando también con todo lo demás, incluso con su mujer; una pelirroja flaca y lánguida que no hablaba nunca.

El nuevo propietario transformó el Veracruz en uno en uno de aquellos cafés-concierto. El hubiera deseado llamarlo París pero se decantó por Valparaíso porque le sonaba exótico a su mujer recién estrenada. Creyó que el emplazamiento del local y su distinguida parroquia lo convertirían pronto en un hombre rico y acertó aunque, la verdad, la alegría no le duró mucho. En la celebración de la nochevieja de 1932, un desafortunado descuido provocó un incendio que arrasó el lugar con la desgraciada consecuencia de seis víctimas mortales, entre ellas él mismo. Las malas lenguas decían que el incendio fue provocado por el antiguo dueño, que esa noche había sido visto cerca de allí. Pero eso era imposible porque lo último que el pobre hombre, arruinado, amargado y enamorado hasta los huesos había hecho en el Veracruz fue ahorcarse colgado de una de las vigas de madera noble del techo.

Con el tiempo hubo un aborto clandestino que desembocó en la trágica muerte de la camarera mas bonita de la sala Caribe, un tiroteo por un oscuro asunto de herencias que enfrentó a los dueños gemelos del café Buenos Aires, una reyerta por historias de drogas que acabó con la vida de la viciosa propietaria del Pub Venezuela…Y así sucesivamente, durante casi un siglo, la desgracia había ido marcando uno por uno, inapelablemente, a los dueños de todos negocios abiertos en el lugar que hoy ocupa el Sinaloa. Todos habían compartido las dos constantes, la tragedia y el topónimo americano.

Yo le había hablado a Mónica muchas veces de mi fascinación por el Veracruz. Siempre que pasábamos cerca. Le decía lo que me encantaría hacer con él si pudiera comprarlo. Mónica y yo no éramos exactamente amigas. Mi madre había trabajado planchando en su casa y algunas veces me había llevado a jugar, porque los padres de Mónica estaban muy preocupados por ella. Era una niña difícil que no tenía amigos propios y a la que le costaba mucho abrirse a la gente porque era muy tímida, como decía mi madre, pero también era egoísta y acomplejada y triste y resultó tremendamente dependiente. Se agarró a mi como un náufrago
a una tabla y me llamaba a menudo y a me hacía regalos carísimos, que exacerbaban mi mala conciencia, porque por mucho que se empeñara mi madre, encantada con aquella amistad, lo cierto es que yo a Mónica no la soporto, nunca la he soportado.

Ella terminó por contagiarse de mi entusiasmo por el local. Y lo compró. Y lo llamó Sinaloa como lo hubiera llamado yo, que siempre acabo las noches de gloria beoda cantando a pleno pulmón narcocorridos de los Tigres del Norte. Y lo decoró como una réplica casi exacta del lo que había sido el Veracruz, como yo pensaba hacer, y se dedicó a cultivar el carácter maldito del local en lugar de intentar esconderlo como yo habría hecho, y colocó en la entrada un panel con las noticias y las fotos de los diarios donde se recogían todas las desgracias ocurridas en el Sinaloa desde que había sido café Veracruz. Las noticias se las recopilé yo misma. Y también incrementó en un 30%, el precio de las copas que se servían en el Sinaloa, tomando como referencia los antros mas caros que ella conocía y que eran los más caros de todos, claro. Exactamente como yo había previsto hacer porque que la conocía bien, y siempre había pensado que lo que sobraba en aquella ciudad eran pijos morbosos, aburridos y desgraciados como ella, con un montón de pasta para gastar.

Las ideas eran mías, pero yo no tengo dinero. Mónica sí, osea que ella las puso en marcha, el local es suyo, y es una portentosa máquina de hacerle tener más dinero. En un arranque de generosidad, supongo, también me ofreció un puesto de camarera, debí mandarla a la mierda, pero acepté. Amo al Sinaloa hasta con ella dentro.

Contra mis pronósticos también me enamoré de su clientela. Tenemos de todo:
Un músico adorable que roba flores en los jardines para su mujer, una psiquiatra neurótica con mala suerte en el amor, dos amigas medio locas, una rubia como Mónica y otra pelirroja como yo, que bailan subidas en tacones imposibles. De de vez en cuando ha pasado por allí hasta una strella del rock adicta a los zapatos entre otras cosas.El otro día vino a despedirse, porque se va de gira al sudeste asiático y se lleva a su hermana: la histérica, celosa y operada hasta de las pestañas que ha huido, otra vez, de la enésima clínica de desintoxicación en la que la había encerrado su marido. El Sinaloa es un mosaico abigarradísimo e increíblemente divertido. Es el es el bar que yo quise que fuera. Solo hay dos clientes que me destrozan los nervios, uno es mi vecina del tercero, la idiota del audi, creo que el coche me cae gordo solo por ella. Ella, que se ha hecho íntima de Mónica, viene con "él", que es lo puto peor; un pijo de mal gusto y peor carácter que la soba constantemente, sin pudor y sin gracia. A él me gustaría partirle la cara personalmente, porque su mujer fue conmigo al colegio y es la mejor persona que conozco. Algunas veces la ha traido con él.

De entre todos ellos , mi favorito es Tomás, un mexicano viejo que conserva intacto su acento criollo y que me gusta mucho, por alto, por flaco y porque es la personificación del Quijote, el icono perfecto de la locura y la bondad. Habla poco, y no paga nunca. Mónica lo odia porque cuando abre la boca es solo para recordarle que un día la maldición la alcanzará también a ella por ser tan avariciosa y después me mira a mí con calor y me dice que yo me voy a salvar. Me ha tomado cariño porque yo le invito siempre, claro. Le invito de verdad, Mónica me descuenta de mi sueldo todas las copas que bebe Tomás, y son muchas. Hace poco Mónica planteó la posibilidad de que todas las camareras nos cortásemos el pelo como ella y nos tiñéramos de rubio como ella y nos vistiéramos igual que ella, para hacer un ejército de clones detrás de la barra. Fue la única vez que Tomás perdió las formas, esa cortesía hidalga y antigua que lo hace tan especial. Se la quedó mirando fijo un rato hasta que la puso nerviosa, y después le levantó la voz por primera vez para advertirle que a mí me dejase en paz.
-Si le tocas un pelo y nunca mejor dicho, te mato, rubia. Va en serio


(MAÑANA FINAL)

miércoles, 22 de abril de 2009

TACONES CERCANOS(resacuento) II



_Te había traído unos churros, me dijo. Un cansancio abatido le empapaba la voz, pensé que podíamos desayunar tranquilamente y dar un paseo hasta casa de Cristina que nos ha invitado a comer, pero ya veo que tú no estás en condiciones.

_Que Cristina? Pregunté yo, instalada para mi propia sorpresa en la vida de otra, (me adapto bien al terreno, soy una resistente, antes doblada que partida, es una de mis mejores virtudes). Te has comido tú los calamares?, añadí.

_De qué hablas, qué calamares? Joder, Jodeeeeeeeeeeer, ¡mírate!, todavía estás pa´allá, pareces una yonky. Voy a llamar a Cristina, no puedes presentarte así en su casa, no podemos ir, dijo resuelto, y me dio la espalda para buscar el teléfono móvil en el bolso de su abrigo, el abrigo que se había quitado al entrar y ahora reposaba tranquilo sobre la mesa de la cocina, con los churros y el montón de periódicos y suplementos que me recordaron que, por lo menos, seguía siendo domingo.

_Que Cristina? repetí, obcecada, curiosa, absurda, definitivamente idiota. Como si eso importase algo con la que estaba cayendo.

_Mi hermana, coño, contestó exasperado, mi hermana Cristina, que Cristina iba a ser?

Se dio la vuelta y me miró con un cariño hosco, teñido de desdén, pero evidente. Entonces lo observé con detenimiento: treinta años muy largos, cuarenta quizás, todos comestibles en cualquier caso. Manos grandes, pies grandes, convencionalmente guapo sino fuera porque también tenía la nariz demasiado grande, más guapo aún para mi, precisamente por eso; el pelo muy corto, los ojos tristes que sin embargo daban la impresión de saber reírse mucho y bien, y tan alto y tan flaco y tan morena su piel impecable, un aire de hidalgo remoto, de gran señor venido a menos, Don Alonso Quijano quince años antes de perder la cabeza, el aspecto que siempre quise para el hombre de de mi vida. Ni siquiera sé como se llama, pensé, y me eché a llorar.

El si sabía como me llamo yo, porque empezó a hablarme muy suave, muy dulce, una tristeza honda y resignada en cada palabra y me llamó Marian. Yo me llamo María Ángeles, un nombre terrible, sobre todo por la cantidad de nombres terribles que es capaz de engendrar: He sido María, Mary, Marigeli, Angelines, Gelines, Geli, Angélica algunas veces y Angelita casi siempre. Los detesto todos casi por igual, aunque eso no me ha permitido sacudírmelos, pero desde los doce años, más o menos, mis amigos me han llamado Marian, porque en cuanto pude decidir, escogí llamarme así, como las chicas de Sandokán y de Robin Hood. Ni que decir tiene que eso nunca llegó a alterar el orden de las cosas en mi familia, y que cuando alguien preguntaba por Marian a mi madre si era ella quien había cogido el teléfono, su invariable respuesta era siempre que claro que Angelita estaba y que claro que Angelita se podía poner.

_ Marian, estaba diciendo aquel desconocido que me gustaba tanto, el chulazo de la rubia, el que debió de ser el hombre de mi vida. Marian, la voz a punto de quebrarse, Marian, yo te he querido mucho, te quiero, pero esto no puede ser, yo no puedo más, no puedo más, me entiendes? Yo me largo porque cualquier día te va a pasar algo chungo, algo chungo de verdad y yo no tengo huevos para estar aquí, no pienso estar aquí para verlo.
_ No llores, suplicó, y se acercó y me abrazó, y me limpió los ojos con sus dedos, no llores, y me meció como a los niños, no llores y sonrió con su voz, con su cara, con los ojos que sabían reírse mucho y bien, no llores. Qué quieres que haga, marianita, si llega un tipo que no conozco y abre la puerta contigo en brazos y te deja en el sofá y me dice que te deje dormir y que mejor no te toque, que cree que ya estás bien pero que estabas medio histérica, llorando y gritando, tirada en la puerta del Sinaloa

_ Anda ya, si vine con Mónica, respondí yo, llegué tan tarde porque estuve esperando a que cerrase el Sinaloa, ayer nadie quería irse…

_Marian, dijo, hablándome muy despacio, aparentemente tranquilo pero con el horror pintado en la cara, la viva imagen del pánico puro. Si el Sinaloa estaba cerrado ya cuando saliste, lleva cerrado dos años justos, desde lo de Mónica precisamente. Hoy se cumple el aniversario, hasta viene en el periódico. Espera, te lo voy a enseñar.
(seguid escribiendo si quereis ver el periodico)

lunes, 20 de abril de 2009

TACONES CERCANOS (resacuento) I

Me despertó un principio de arcada acompañado de un dolor de cabeza intenso que amenazaba con crecer y la pavorosa sensación de no saber donde estaba. El pánico fue absoluto, pero duró apenas los cinco segundos que aguanté sin abrir los ojos. Cuando volví a cerrarlos inmediatamente después, heridos por la brutal claridad del mediodía, ya había reconocido los amables objetos del salón de mi casa.

Intenté volverme a dormir pero había un olor asqueroso que no podía seguir ignorando, sentía una nota discordante en el tacto de mi propia cabeza y tampoco era capaz de desprenderme de la angustiosa sensación de no estar sola ni a salvo. Volví a abrir los ojos, usando la mano izquierda como visera y corrí a cerrar las cortinas. El ruido de mis tacones sobre el parquet me revelo que no solo había dormido tirada en el sofá y vestida sino que además lo había hecho con las botas puestas.

Sobre la mesa había una lata abierta de algo repugnante que identifiqué como calamares en salsa americana, estaba vacía y se había reutilizado como cenicero, lo cual explicaba el olor asqueroso que lo impregnaba todo. A su lado, un paquete de Marlboro a medias y un mechero bic azul con el logo del bar donde suelo desayunar los jueves. Pensé tirar la lata a la basura pero la idea de desenrollar una bolsa y colocarla en el cubo me dio tanta pereza que desistí.

Volví al salón, abrí la puerta de la terraza, siempre con la mano izquierda protegiendo insuficientemente mis ojos, observé encantada el fantástico colorido de las petunias y los claveles chinos, miré hacia ambos lados, comprobé que no pasaba nadie por la calle y arrojé la lata a la calzada con todas mis fuerzas. No le acerté al flamante y odioso Audi de mi flamante y odiosa vecina, pero casi. La gamberrada me puso de buen humor. Entré en casa otra vez y fui hacia el cuarto de baño, canturreando el día que me quieras, la rosa que engalana....Abrí la puerta, todo estaba en su sitio, incluida la barra de labios que olvidé la noche anterior sobre la caja de kleenex. Hay parejas híbridas de humanos y objetos que duran toda la vida, cualquiera sabe que el auténtico viudo del viejo Charlton Heston, es en realidad su rifle. Mi relación con el lápiz de labios no es menos intensa .Cuando la noche anterior lo había echado de menos en el primer bar ya lo interpreté como un mal presagio, pero me rehice, porque había salido dispuesta a darlo todo, a morir por Dios, a olvidarme de mí, a ser otra.
Resistí heroicamente la tentación de mirarme al espejo, intuyendo que seria peor, imaginando los largos churretones de rimel por mis mejillas, los ojos hundidos y gastados, la piel mate, las conocidísimas y previsibles huellas del desastre. Abrí el grifo del agua caliente, me desvestí deprisa y me metí en la ducha, la sensación de mareo seguía creciendo, e hizo secundaria esa tenaz nota discordante en el tacto de mi propia cabeza, cuando no tuve mas remedio salí y vomité, después me dejé resbalar hasta el suelo y me quedé un momento sentada sobre las baldosas heladas. Me obligue a regresar a la ducha, abrí el agua fría y resistí sus alfilerazos con la determinación de un suicida, me envolví en una toalla y salí. El espejo seguía ligeramente empañado pero la rubia de pelo corto que me miraba desde él, apenas tenía algo que ver conmigo, solo compartíamos un vago aire de familia y la resaca y la desolación.

Tengo el pelo largo, una bonita melena rizada, pensé, soy pelirroja, odio los calamares en salsa americana y hace por lo menos tres años que dejé de fumar. ¿Que está pasando aquí?. El sonido familiar de las llaves en la cerradura me devolvió el pánico, porque yo vivo sola. Claro que tú vives sola, tarada, me dije a mí misma en voz alta, pero a saber con quien cojones vive la rubia esta.

Justo cuando recordé que podía trancar desde dentro, se abrió la puerta. Al hombre alto y flaco, que entró en mi casa sin titubear, intentó reprimir sin conseguirlo una mueca de desagrado al ver las huellas que mis pies descalzos y mojados habían ido dejado en todo el pasillo , y depositó un beso aburrido, inequívocamente doméstico, en mi pelo(el pelo de la rubia), sin que yo alcanzara a salir del estupor... a ese hombre, yo no lo había visto antes en toda mi vida.
Continuará (espero)

domingo, 7 de diciembre de 2008

UNA IDEA ROBADA*

A medianoche el tipo despertó. Despertó y abrió los ojos como si nada hubiera sucedido. Oscuridad. No se inquietó. Aún sin ver, miró a un lado y al otro. Sus brazos y piernas, estaban ligeramente entumecidos y sentía un dolor punzante en la espalda, a la altura de los hombros. “Mala postura”, se dijo y probó a acomodarse un poco mejor. No le valió de mucho. De costado los dolores simplemente se acomodaron en otro lugar de su anatomía. Y sus ojos seguían sin acostumbrarse a la falta de luz. “Debe de ser tarde”, pensó. Una sensación de frío se apoderó de él. “¿Dónde diablos está la manta?”. Seguramente se habría caído en el transcurso de la noche. "Una noche movida", se sonrió. Le daba pereza recogerla, pero el frío y la humedad del ambiente le dieron el estímulo que le faltaba. Aún adormilado, se rascó la nuca y al estirar las piernas rozó el borde acolchado de la cama con la punta de los dedos. Aquella no era su cama. “Estoy en el prostíbulo”, recordó entonces. Inspiró profundamente y un olor peculiar que no había percibido en mucho tiempo le trajo a la mente una imagen. La de su hermano. No pudo evitar una sonrisa sardónica. ¡Qué mala suerte había tenido el pobre diablo! Toda su vida siendo un mísero campesino. Ni siquiera el petróleo descubierto en las tierras que habían heredado de su padre le había valido de nada. Cómo le iba a valer, si nunca se enteró. Hasta que fue demasiado tarde, claro.

“Una buena herencia no merece la pena ser compartida”, rumió. Había hecho muy bien en quitárselo de en medio. Al fin y al cabo, le había ahorrado la faena de labrar la tierra durante otros treinta años. Se acabaron para él las infinitas jornadas, de sol a sol; se acabó la ingrata siembra, se acabaron las engañifas de los proveedores, las malas cosechas y las peores ventas. Pues su hermano dormía ahora el Sueño de los Justos. No fue difícil llevarle a la sima y tirarlo dentro. Su hermanito del alma lo adoraba y confiaba plenamente en él. Lástima que no alcanzara a escuchar la broma final, cuando lanzó una linterna al abismo y gritó aquello de “¡para que encuentres la salida, hermano!”. Todo había salido a pedir de boca y las sospechas de la policía nunca recayeron sobre él. Había fingido el luto tan bien… Aquella noche, para celebrar que el notario, tras meses de lo que él llamaba estudio, había firmado al fin los papeles, había acudido a una casa de mala reputación. La casa tendría mala reputación para las señoras del Comité de Salvación, pero el grupo de oligarcas de la ciudad, al que ahora pertenecía, sabía que contaba con todos los lujos posibles. Y para la celebración de su nuevo estatus, no se había privado de nada. Aquellas dos gemelas de Topeka, Kansas, le habían dejado exhausto. Lo único que falló fue el trato de ese impertinente. El Moët que les había llevado el camarero a la habitación estaba amargo. Amargo a 200 $ la botella. ¡Qué desfachatez! El caso es que su cara no le resultaba desconocida.

Ahora que estaba despierto iba a levantarse y a presentar una queja a la madame. Trató de ponerse en pie pero no le fue posible. Sus fuerzas parecían no bastar para ganar la vertical. Y además se dio un golpe en la cabeza. “¿Cómo demon…?”. No alcanzó a terminar la frase. Alzó los brazos y palpó aquella especie de techo bajo acolchado en seda. Trató de echarse a un lado, pero al fin se percató de que estaba encerrado. Encerrado en un agujero acolchado de seis pies y medio de largo por dos de ancho y dos de alto. Tocó las cuatro paredes a su alrededor una y otra vez, sin éxito. Aporreó el ataúd con fuerza. Arañó la fina seda y la desgarró hasta dar con la madera. Lloró y gritó, furioso primero, y desesperado como un niño después. En vano. Al fin, se palpó junto al costado y notó algo frío y metálico. Una linterna.

* Robada a E. A. Poe.