»Canta, O Musa, la historia del hombre rico en recursos,
Aquél que anduvo errante mucho tiempo después de asolar la sagrada Troya,
Aquél que vio muchas ciudades de hombres y que conoció sus costumbres;
Aquél que muchas desventuras padeció en el ancho mar,
Junto a su tripulación, durante el camino de vuelta al hogar.
Y sin embargo no consiguió salvarlos, por más que lo intentó,
Pues de su propia locura sucumbieron víctimas:
Del Sol el rebaño mataron y ahí sellaron su destino,
Pues aquél su vuelta con vida jamás permitió.
O hija de Zeus, cuéntanos alguna tan solo de sus muchas andanzas. «
Así arranca el relato del Ciego.
Una historia demuestra su solidez, cuando casi 3000 años después de ser contada por vez primera sigue cautivando con su hechizo a quién la escucha, por más que se la sepa de cabo a rabo. Cuando mis caminos me llevaron a Sicilia hace ahora más de un mes, conocía la historia de Odiseo de sobra. Su astucia para engañar a los troyanos con el archifamoso caballo, el animal sagrado y símbolo de Poseidón, Señor de los Mares;
la maldición de Casandra;
el saqueo del país de los Cicones;
su escapada del País de los Lotófagos…Su destino lo llevó errante por el Egeo primero, por el Jónico después, por el Tirreno, el mar de Alborán... Muchos años duró su viaje hasta que los dioses se apiadaron de él y lo dejaron regresar al fin a las costas de Ítaca, al regazo de su añorada Penélope. Y aunque le hayan dado muchos rostros a lo largo de estos tres milenios, yo sé que su verdadera imagen era ésta:
De todas las aventuras y desventuras que vivió el hijo de Laertes, mi favorita es sin duda su encuentro con el cíclope Polifemo.
Los Cíclopes eran gigantes con un solo ojo y bárbaros sin ley. Trabajaban el hierro en la subterránea forja de Hefesto, aquella de la que salían fuego y humo cuando alimentaban el horno y aporreaban los yunques. Dicen que esa forja divina no se encontraba en otro lugar que en el monte Etna. Éste se me resistió, por gracia de Cronos. No obstante, a los pies del Etna prácticamente está Catania. La hallé sobria, elegante, aristocrática, pagada de sí misma pero reservada. Con una insólita unidad estilística, por mor del volcán. Barroca, borbónica y edificada en basalto oscuro y mármol blanco. El elefante de la piazza del duomo es de lo poco que nos evoca lejanos ecos de las trompetas de Aníbal el Cartaginés, aquel que juró venganza a la pujante Roma y que a un suspiro estuvo de tomarla. Pero en Catania ya nadie habla de Guerras Púnicas, y tanto los Bárquidas como Escipión el Africano reposan en el Elíseo.
Dejemos los insertos a Homero, que se le daban bastante mejor que a este cronista, y volvamos al curso de la narración. Polifemo no sólo era un gigante embrutecido que no atendía norma alguna, sino que además gustaba de engalanarse la frente con laureles que le habían sido depositados en la cuna. El Cíclope era hijo de Poseidón. Uno de tantos - porque Poseidón era un dios generoso con su semillita - pero hijo al fin y al cabo.
Las embarcaciones de Odiseo se habían quedado una vez más desabastecidas de víveres y al héroe de Troya no le quedó más remedio que pisar suelo firme. Otros en la misma situación, no habrían hecho más que llenar los pellejos de agua, temiendo a los temibles moradores de aquella tierra. Pero no era ese el caso de Odiseo. El aqueo, a sabiendas de la mala fama de estos cíclopes, decidió poner a prueba su buena hospitalidad, que ante los dioses era sagrada. Anclaron las naves a una distancia prudencial y con una pequeña embarcación y al frente de una docena de hombres bajó Odiseo a tierra. En aquella tierra ubérrima, donde crecían olivos y vides, trigo en cantidad y los higos más dulces,
donde los bosques de pinos cubrían los cerros y los arroyos bajaban tintineantes, había reses magníficas, de insólito tamaño. Un rebaño de ovejas pastaba en las cercanías de una gruta.
Después de saciar sus vientres, los griegos aguardaron en aquella caverna, que parecía no ser sino la guarida del gigante. Cuando Polifemo llegó, dejó muy clara su opinión sobre la hospitalidad, devorando a dos de los hombres de Odiseo y esparciendo sus sesos por el suelo. Cerró luego la entrada a la gruta con una roca gigante y se echó a dormir como si tal cosa.
El de Ítaca se quedó pensando en la gloriosa idea que había tenido aquella mañana. Pero de nada valía lamentarse, de modo que cuando Eos, la de rosados dedos, anunció el nuevo día
y después de que otros dos compañeros fueran devorados ante sus ojos, le ofreció un odre de vino a Polifemo. Había sido un regalo del sacerdote de Apolo. Un caldo poderoso que emborrachó al gigantón. Trompa perdido, preguntó por el nombre de tan generosa víctima . Outis (“Nadie”), respondió el griego. A lo que el cíclope contestó que, en deferencia por el obsequio, a Outis lo reservaría para el banquete final.
Pero el aqueo no pensaba ni mucho menos en ser devorado. En cuanto oyó el primer ronquido del monstruo, se dispuso con sus compañeros a afilar un tronco de olivo que allí había para a continuación colocarlo entre los rescoldos del fuego. Una vez al rojo, tomaron el madero entre todos y se lo clavaron al cíclope en el único ojo. Cegado y loco de furia se levantó, aullando y maldiciendo. Los demás cíclopes que lo oyeron, le preguntaron a voz en grito quién le estaba causando tanto dolor, a lo que Polifemo contestó que “Nadie” (Outis). “Pues si no es nadie, rézale a tu padre Poseidón, a ver si él es capaz de quitarte los dolores”, y se volvieron a sus respectivas cavernas. Pero Polifemo aún siguió removiendo todas las rocas de la cueva sin dar con los malditos humanos, hasta que al fin llegó a la conclusión de que habían escapado. Sus ovejas, con todo el barullo, abandonaban también la cueva para pastar al fresco. El gigante se aseguró de que no saliera ningún griego camuflado entre ellas… pero se le olvidó palparles bajo el vientre, donde efectivamente se hallaban sujetos. Errabundo, Polifemo encaminó sus pasos a un acantilado, muy cerca sin saberlo de dónde estaba anclada la nave de los griegos. Cuando Odiseo, ya a bordo, puso la mirada en el hijo de Poseidón, la estampa de la derrota, le gritó desde su velero mostrándole los caninos y con fulgor en la mirada: — ¡Ciclope! Si tu padre te pregunta la causa de tu ceguera, dile que fue el asolador de Troya quién lo hizo, el hijo de Laertes, rey de Itaca, ¡Odiseo!
Eso es un disparo parto y lo demás son tonterías. ¿A quién no le gustaría lanzar una flecha de esas alguna vez en la vida? Detalles como ése hacen de Odiseo, o Ulises, mi héroe favorito. Porque si bien Aquiles era casi todopoderoso (y por tanto aburrido) y Héctor tan prudente y valeroso que su muerte estaba cantada... por la Musa, ninguno de ellos era tan humano como Odiseo. Ladino, embaucador, ingenioso, prudente y soberbio a la vez, marino de armas tomar, superviviente, náufrago, aventurero… Otros, antes que él, se habían enfrentado a los dioses pero ninguno con tanto arte como Odiseo. Claro que así lo tuvieron diez años vagando por el Mediterráneo. Aunque no es una mala forma de pasar el tiempo, pensándolo bien.
Aunque yo me haya emocionado antes de tiempo, no había acabado ahí la historia. Porque el cíclope arrancó un peñasco de cuajo y lo lanzó al mar, y a punto estuvo de hacer pagar muy cara la bravuconada al griego, pues el oleaje que levantó casi hizo naufragar al temerario. Una segunda y hasta una tercera vez lo intentó, sin éxito el gigante. Ahora bien, me atrevería a apostar que a Odiseo para entonces se le había parado la risa en seco. Y las rocas que Polifemo lanzara al Mar Jónico seguían estando allí donde las dejó, tres mil años después, para que yo pudiera nadar entre ellas.