jueves, 30 de abril de 2009

UNA DEUDA PENDIENTE

No todas son mis películas favoritas. Pero sí que adoro todos y cada uno de los fotogramas escogidos. Y sobre todo admiro a quién editó este video. Porque con él se me saltan las lágrimas.

 
* La pieza musical para guitarra es la Cavatina, de Stanley Myers. Una muestra adicional del gusto de quién lo montó.

miércoles, 29 de abril de 2009

Creación del Mundo (Leyenda Apache)

Apaches

Al principio nada existía. No había tierra, ni cielo, ni sol, ni luna. Solamente la oscuridad estaba en todas partes. De pronto, de entre la oscuridad surgió un disco delgado, con un lado amarillo y el otro lado blanco. Apareció suspendido en medio de la nada. Dentro del disco había un pequeño hombre: el Creador -El Que Vivía Anteriormente-. Estaba sentado. Como si se despertara de un sueño, se frotó los ojos y cruzó sus brazos.


Cuando parecía que nada iba a cambiar y que la oscuridad duraría para siempre, la luz apareció. El Creador miró hacia abajo y surgió un mar de luz. Miró hacia el Este y creó las líneas amarillas del amanecer. Al oeste, nacieron brochazos de innumerables colores, que pronto se esparcieron por doquier en sus infinitos matices, reflejados en las nubes.


El Creador recogió el sudor en su rostro con sus manos y dejó caer las gotas sobre una nube. Miró hacia abajo y en esa nube brillante vio que se hallaba sentada una muchacha, el fruto de su sudor.


- “¿Qué haces ahí y de dónde vienes?” -preguntó El Creador, pero ella no contestó. Él frotó sus ojos de nuevo y le ofreció su mano derecha a la Muchacha huérfana”.


- "¿De Dónde vienes Tú?” -preguntó ella y asió su mano.


- “Del Este, donde ahora ya no hay vacío" -contestó Él y se puso a caminar sobre la nube.


- "¿Dónde está la tierra?" -preguntó ella.


- "¿Dónde está el cielo?” -preguntó Él e inició un canto- "Yo estoy pensando, pensando, pensando lo que voy a crear”.


Y repitió su canto cuatro veces, su número sagrado. El Creador enjugó el sudor su cara con sus manos, las frotó y dejó caer unas gotas. Ante Él y la muchacha huérfana, se erguía también el dios Sol, de pié. De las gotas que había dejado caer había nacido el Pequeño Muchacho. Los cuatro dioses, reunidos en la nube, se pusieron a pensar.


- “¿Qué haremos ahora?” -preguntó el Creador-. “Esta nube es demasiado pequeña para que vivamos los cuatro eternamente.


Entonces, Él creó a Tarántula, Olla Grande, Viento y Hacedor de Relámpagos. Creó también algunas nubes hacia el oeste para que en ellas pudiera morar Hacedor de Relámpagos. El Creador entonó un nuevo canto: - “Dejadme hacer la Tierra. Estoy pensando en la Tierra, en la Tierra, en la Tierra -y repitió su canto cuatro veces.


Los cuatro dioses agitaron sus manos y el sudor de los cuatro se mezcló en las manos de El Creador, entre las cuales se formó una pequeña bola de color marrón -como el barro- no más grande que un guisante. El Creador la empujó con su pié y comenzó a crecer. La Muchacha Huérfana la empujó también y la bola siguió creciendo. Sol y Joven Muchacho empujaron con fuerza la bola y en cada ocasión la bola crecía y crecía más cada vez. El Creador pidió a Viento que se introdujera en la bola para expandirla más y Tarántula tejió un hilo negro alrededor de la ella y, alejándose rápidamente hacia el Este, tiró del cordón con todas sus fuerzas.


Crow

Tarántula tejió más cordones: uno azul y corrió hacia el sur; uno amarillo y se fue al oeste; y uno blanco y se fue hacia el norte. En cada ocasión tiró con todas sus fuerzas y en cada ocasión la bola creció y creció hasta hacerse inmensa. Así surgió la Tierra. Pero no había colinas. Ni las montañas, ni los ríos eran visibles. Sólo una inmensa llanura parda, sin árboles.

El Creador frotó su pecho con sus dedos y nació un colibrí, el primer pájaro.


- “Vuela en las cuatro direcciones y cuéntanos lo que ves”, dijo El Creador Al volver, el colibrí dijo “Todo está bien. La Tierra es hermosa y hay agua hacia el Este”.


Pero la Tierra aun estaba por ser terminar. Crujía y temblaba a cada instante y el Creador hizo cuatro inmensas columnas -una negra, otra azul, otra amarilla y otra blanca- para sugetar la Tierra. Viento llevó las columnas a los cuatro puntos cardinales y la Tierra comenzó a afirmarse. El Creador cantó un nuevo himno cuatro veces:


“El Mundo ya está hecho y ahora podrá calmarse” -y entonces fue cuando Él dirigió su atención al cielo que aún no existía y otro canto distinto surgió de su garganta. A parte de los dioses, no existía nadie. Cantó cuatro veces, veinte veces... y ocho personas, muy semejantes pero imperfectas, aparecieron para ayudarle a poner un cielo sobre la Tierra.


El Creador pensó en la necesidad de tener quien gobernara Cielo y Tierra y envió a Hacedor de Relámpagos para que abrazara el mundo y pidió a tres de sus criaturas -dos muchachas y un muchacho- que le ayudaran a encontrar una corteza azul. Pero ellos carecían de rasgos. No tenían ojos, ni boca, ni nariz, ni pelo, ni orejas. Tenían brazos y piernas, pero carecían de dedos.


Sol voló para ayudar a la Muchacha Huérfana a fabricar una “casa de sudor” que cubrieron con cuatro pesadas nubes repletas de agua. Y en la puerta -al Este- la joven colocó una suave nube roja para usarla como toalla después del baño de sudor. Cuatro piedras se calentaban en el fuego interior de la cabaña y las tres criaturas imperfectas entraron en ella. Los demás entonaron himnos hasta que se cumplió el tiempo debido. El Creador agitó sus manos y las orientó hacia ellos y en las tres criaturas aparecieron ya ojos y boca, nariz y dedos y demás rasgos humanos.


El Creador eligió entre ellos a Cielo-Muchacho para ser quien se responsabilizara de las demás Cielo-Personas. A la muchacha le puso el nombre de Hija-Tierra, encargada de la fertilidad y las cosechas y a la otra joven la nombró Muchacha-Polen, para que cuidara de todas las gentes por llegar.


Como el mundo era aun estéril y llano, el Creador le dio diversidad y creó animales y plantas, cordilleras y ríos. Envió a su pájaro para comprobar su apariencia. Cuando regresó a los cuatro días contó que todo era hermoso. Pero advirtió que en otros cuatro días, el agua del Este se desbordaría y un gran diluvio amenazaba con arrasarlo todo. El Creador hizo un árbol muy alto, y sobre el árbol la Muchacha Huérfana colocó un armazón de madera. Entre los dos convirtieron el árbol y su funda en una enorme bola sólida.


A los cuatro días tuvo lugar el diluvio. El Creador tomó en sus brazos a sus veintiocho ayudantes y se sentó en una nube. Muchacha Huérfana tomó al resto y los colocó en la enorme bola en la cima del árbol. Cuando a los doce días el agua retrocedió, la bola dejó de flotar y quedó suspendida de nuevo en la cima del árbol. De allí descendieron todos los ayudantes y, con urgencia, se pusieron a dar forma a las nuevas cordilleras, a los ríos, a los valles y colinas. De nuevo Muchacha Huérfana voló a las nubes a recoger al resto de dioses y reunió a todos, dioses y humanos, para escuchar al Creador.


- “Estoy pensado en dejar el mundo en vuestras manos” -dijo-. “Deseo que cada uno de vosotros se esfuerce en una tarea para hacer un mundo perfecto y feliz” -y repartió las faenas entres todos.


- “Tú, Hacedor de Relámpagos tendrás a tu cargo las nubes y el agua”.


- “Tú, Cielo-Muchacho, te encargarás de todas las cosechas y de enseñar a la gente a cultivar la Tierra”.


- “Tú, Polen-Muchacha, vigilarás la salud cuidarás de la salud de todos y curarás sus enfermedades”.


- “Tú, Muchacha Huérfana”, ayudarás a todos y velarás por que cada cual cumpla con su misión”.


Fue entonces cuando el Creador y la Muchacha Huérfana frotaron con fuerza sus manos y sus piernas y del roce surgieron chispas que prendió en un montón de madera que se hallaba en el suelo. El Creador levantó su mano y una llama surgió de allí. Así el creador entregó a los humanos el primer fuego.


Grandes nubes de humo se alzaron hacia el cielo. A una de ellas se subieron el Creador y la Muchacha Huérfana y se alejaron de allí. Los otros dioses les siguieron en nubes de humo para dejar a los veintiocho humanos que iniciaran sus trabajos en la Tierra.


El dios Sol fue a vivir al Este y cada día nos visita. Desde el horizonte del Oeste la Muchacha Huérfana cumple constante su labor de vigía. Pequeño Muchacho y Polen Muchacha hicieron sus hogares en una nube en el Sur y Olla Grande todavía es visible cada noche en el cielo del Norte, sirviendo de orientación para todos desde allí.


Lakotas


martes, 28 de abril de 2009

PAISAJE GRANA. Platero y yo,

La cumbre. Ahí está el ocaso, todo empurpurado, herido por sus propios cristales, que le hacen sangre por doquiera. A su esplendor, el pinar verde se agria, vagamente enrojecido; y las hierbas y las florecillas, encendidas y transparentes, embalsaman el instante sereno de una esencia mojada, penetrante y luminosa.

Yo me quedo extasiado en el crepúsculo. Platero, granas de ocaso sus ojos negros, se va, manso, a un charquero de aguas de carmín, de rosa, de violeta; hunde suavemente su boca en los espejos, que parece que se hacen líquidos al tocarlos él; y hay por su enorme garganta como un pasar profuso de umbrías aguas de sangre

El paraje es conocido, pero el momento lo trastorna y lo hace extraño, ruidoso y monumental. Se dijera, a cada instante, que vamos a descubrir un palacio abandonado... La tarde se prolonga más allá de sí misma, y la hora, contagiada de eternidad, es infinita, pacífica, insondable...

--Anda Platero...


De Juan Ramón Jimenez

domingo, 26 de abril de 2009

LOS SEÑORES DE LA TIERRA



Preciosa fotografía de Edward Curtis, un excelente fotógrafo y un gran enciclopedista de las diferentes razas de indios norteamericanos. En este caso el retratado es un Pie Negro abrevando su montura en el Bow River. Idílico. La toma está fechada en 1910. Sin embargo la imagen, con toda su bucólica belleza, está cargada de una tristeza infinita. Por aquella época la población de nativos americanos, los indios de toda la vida, los feroces Pieles Rojas que provocaban el terror en la mente de los presbiterianos, baptistas, calvinistas y demás inmigrantes, había sido diezmada hasta su práctica desaparición.

La colonización del Nuevo Continente por parte de los europeos arribados en busca de paz y libertad, con la firme voluntad de que cada hombre dispuesto a labrarse un futuro pudiera hacerlo sin perjuicio de proceder de un hogar humilde o de profesar una fe minoritaria, debió de producir cuando menos expectación entre los pobladores originales de aquellas tierras. Probablemente se sintieran amenazados. Probablemente se tomaran el derecho de asaetear a cuantos rostros pálidos encontraran a su paso y de cortarles los skalps. Probablemente lo harían en defensa de la tierra de sus ancestros.

Es probable también que aquellos colonos huídos por lo general de sus tierras de origen y asediados ahora por aquellos indios, vieran salvajes donde había hombres. Es probable que sintieran temor ante aquel pueblo desconocido e impúdico. Es probable que también ellos manifestaran su legítimo derecho a defender sus vidas y las de sus familias por la fuerza de las armas.

Con el paso de los años las colonias del hombre blanco fueron creciendo. Españoles, en la Florida, holandeses en tierras de Nueva Amsterdam, franceses en la región de los Lagos, ingleses en Virginia, las tierras de la Reina Virgen. Y sin embargo la convivencia entre aquellos y los indios no siempre estuvo marcada por la enemistad. Los pactos y los intereses comunes desde siempre han unido mucho.

1756. Años antes de que el viejo rey Jorge, aquel inglés descendiente de alemanes, perdiera la cabeza, hubo una guerra. Si bien no se la llamó Guerra Mundial y se hubo de contentar con el exiguo título de Guerra de los Siete Años, fue un conflicto que se extendió a lo largo y ancho de tres continentes ni más ni menos, e involucró entre otros a los reinos de Prusia, Reino Unido, Portugal, Austria, Francia, España y Rusia. Por supuesto también se libraron batallas y escaramuzas en las colonias de ultramar. En Norteamérica, los colonos ingleses alcanzaron alianzas con distintas tribus amerindias, siguiendo la vieja estela de compromisos puntuales a los que habían llegado en terrenos del comercio. Los franceses hicieron lo propio con las tribus enemistadas con aquellas otras. Así, ingleses por su lado y franceses por el suyo, lucharon codo con codo con indígenas. Y aquellos estaban dando la vida sin saberlo porque el trono de Silesia lo ocupara Federico el Grande o la Emperatriz María Teresa. La guerra finalizó, claro, y hubo miles de bajas entre los indios. Incidentalmente, el trono de Silesia fue para el Viejo Fritz.

1773. Las Trece Colonias, aquella franja de tierra que recorría la costa atlántica de América del Norte, habían prosperado hasta el punto de plantearse la ruptura con la Corona inglesa. Los súbditos de ultramar, entre otras muchas cosas, no estaban dispuestos a pagar los abusivos aranceles del té que importaba la Metrópoli. Como era de esperar, tras la revuelta de Boston estalló la guerra. Una vez más, unos y otros buscaron apoyos, también entre las tribus indias, y se masacraron hasta que apenas una década después en Yorktown, el viejo Washington sonriera por una vez, pese a su crónico dolor de muelas, tras doblegar a la antigua patria por la que él mismo luchara hacía no tantos años. Nacía una República. La primera desde los tiempos de Roma.

A partir de entonces, el enemigo ya no era otro que el Salvaje. El salvaje se oponía al avance de la civilización. El salvaje impedía el avance del caballo de hierro. El salvaje amenazaba con matar a los colonos. El salvaje sembraba el terror entre sus mujeres... Lo cierto es que en el S. XIX los colonos ya estaban muy asentados. Pero, como suele suceder en estos casos, los intereses, los miedos, las inseguridades y las mentiras difundidas forjaron a hierro y sangre la imagen del Piel Roja en el imaginario colectivo de aquellos primeros estadounidenses.

Que las llamadas Guerras Indias se prolongaran durante la friolera de 115 años da una idea de las masacres que tuvieron lugar. Hoy en día esta etnia supone menos del 1% de la población total de los EE.UU.

Eran salvajes y no entendían. Eso debían pensar los tipos que ocuparon los grandes despachos en Filadelfia primero y en Washington después. ¿Les habrían oído hablar alguna vez? Alguna vez lo habrían hecho, sí. Hay un libro titulado "Great speeches by native americans", de la editorial Dover Thrift. Lo compré el año pasado por 2,50 $. Los dos euros mejor invertidos de mi vida. Es una compilación de discursos hechos por grandes líderes indios como Tecumseh, Sitting Bull, Gerónimo o Crazy Horse. Todos ellos dotados de una capacidad retórica apabullante. ¿Qué pensaría el Gran Jefe de Washington de turno cuando los viera, con las plumas de águila, vistiendo sus ropajes de piel de búfalo, portando el tommahawk o el calumet, según lo precisara la ocasión? ¿Qué pensamientos surcarían su mente cuando escuchara o cuando leyera las cartas traducidas al inglés que le eran enviadas en sus nombres?

No sé muy bien lo que pensarían. Pero como muestra, me gustaría ofreceros un discurso realizado por el jefe Noah Sealth en 1854. En mi opinión se trata de una muestra de armonía, sentido común y decencia que un dirigente debería tener presente en todo momento.

 
 * Dedicado a J.A. Cebrián (*1965, + 2007)

sábado, 25 de abril de 2009

HORIZONTES LEJANOS

No encontraba título para esta entrada, y el que resultaba más obvio, me sonaba mal. Quizá a ciertos distribuidores en España les había sucedido algo parecido allá por 1952, cuando bautizaron una obra maestra de Anthony Mann precisamente como Horizontes Lejanos . No quiero discutir aquí sobre la conveniencia de traducir de un modo aparentemente tan arbitrario los títulos de obras tales como el ya mencionado film o la pieza teatral El jardín de los Cerezos. La obra de Chéjov, en realidad debería titularse, ateniéndonos a la correcta traducción del ruso, "El jardín de los guindos". Pero aunque es de suponer que eso de los guindos no sonará mal para alguien nacido en San Petersburgo, en la lengua de Cervantes ganan con claridad los cerezos, además de la bella estampa que componen en nuestro imaginario. Acerquémonos un poco más a esos horizontes todavía lejanos. En el original: "Bend of the river", traducible como "El meandro del río". La película, además de ser una obra cumbre del western, es una de las pocas películas perfectas que se han hecho en la historia del Séptimo Arte. Jimmy Stewart compone el personaje de un hombre atormentado por su pasado que conduce a unos colonos por tierras de Oregón, escalando altas montañas y cruzando caudalosos ríos. De hecho, una de los puntos fuertes de la película son sus paisajes, que llegan a convertirse en un personaje más de la historia.
Horizontes lejanos... Agua, cielo y montaña. ¿Es el agua o es el cielo, el que rasga la montaña en dos? Quién sabe. La montaña es un lugar casi mágico. Ésta, concretamente, se llama Peña Orduña, y se encuentra emplazada entre las provincias de Álava, Vizcaya y Burgos. Merece la pena aprovechar un día de asueto para seguir el cauce del Nervión corriente arriba, por el cañón de Délica. No en verano, cuando aquello no es más que un pedregal. En época de deshielo y lluvias, por contra, la cosa cambia por completo. En contrapartida, lógicamente habrá que acudir bien pertrechado para mojarse uno lo menos posible y a sabiendas de que será preciso vadear su curso con frecuencia. Así sucede al menos en abril, cuando parece que el agua brota de la caliza, como si de una esponja mal escurrida se tratara. La montaña puede jugar malas pasadas a los intrusos, pues tan pronto luce el sol como cae un chaparrón de padre y muy señor mío. Pero en ciertas ocasiones se agradecen estos cambios de humor del Señor de las Montañas, llámese este Rübezahl o Basajaun, ya que esos cambios de tiempo permiten ver en un día, dos o hasta tres entornos diferentes en un solo punto geográfico. Es el milagro de la luz. Los meandros se suceden hasta llegar al final del valle. Allí se encuentra una pared de roca de 900 pies de altura por la que se despeña el mayor salto de agua de la vieja Iberia. Se diría que las lamías juegan aquí en el agua del río. Chapotean y se bañan en él, sin mayor preocupación en todo el largo día que peinar sus doradas cabelleras. Corretean y bailan al son de un arpa que tañe basajaun, a quién a cambio permiten recrearse en la contemplación de su elegancia y su eterna frescura, si bien sólo desde la lejanía. Livianas y despreocupadas, viven allí, a salvo de los males del mundo. * De propina por aguantar el desvarío, música. Una pieza de Debussy titulada "Reflejos en el agua".