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miércoles, 8 de agosto de 2018

ROSTROS EN LA MEMORIA

Creo que es el primer año en mucho tiempo que no me voy a ningún sitio de vacaciones en agosto. También es cierto que a finales de junio me fui una semana escasa al norte de Portugal, de manera que se podría argumentar que mi sed de viajar debería de haber quedado satisfecha. Pues mira, no.

Dado que no me he ido, vuelvo a este blog, que está dejado de la mano de Dios, y he vuelto a viajar a algunos destinos, aunque sea con la memoria. Aunque más que de lugares, en esta ocasión me he acordado de rostros. ¡También de los vuestros!



P.S.: ¡Buen viaje a los que se escapan en estas fechas!




























lunes, 13 de junio de 2011

CEUTA

 Pasé un par de días en Ceuta, preciosa ciudad marinera, mora, española, militar, civil, amurallada y abierta, vigilante del estrecho, calida y acogedora... Un viaje recomendable para cualquiera que quiera disfrutar alli un par de días.
(Hacer clic en cualquier imagen para verla más grande)

La primera impresión es la de estar en una ciudad colonial, con su característica arquitectura, sus fortificaciones, y sus jardines. El transito en taxi del puerto al hotel es una experiencia similar a la de subir a una montaña rusa, como cualquier otro recorrido en taxi por la ciudad, donde los taxistas son como un clon de Lewis Hamilton histérico, tocando la bocina e intetando atropellar a todos los peatones y chocar con los demás vehículos....

Grandes playas acompañan e integran mar y murallas en un mismo espacio.





Recuerdos de viejas batallas...
Barrios que hacen que recuerdes que te encuentras en africa


Desde las alturas del monte Hacho uno se siente vigia, y domina la ciudad y el estrecho desde sus defensas




Deliciosa gastronomía de Ceuta, donde lo mismo se disfruta de la comida mora en El Oasis del monte Hacho, que de la comida tradicional andaluza y española en el Refectorio en el Poblado Marinero, o se disfruta de un te moruno junto al mar en Benzú, un precioso barrio, o pueblito perteneciente a Ceuta, donde tomar un té contemplando el estrecho, Tarifa, y toda la costa Gaditana
 

jueves, 1 de octubre de 2009

Fútbol en Palermo


I

Llegada a Palermo: 23'00 h de la noche hora local. Calor sofocante. Humedad. Coches de alquiler: agotados. Objetivo: llegar al hotel, en el centro de Palermo. ¿Solución? El taxi.

Los taxistas en Palermo son atracadores institucionalmente aceptados: le llevan a uno a 150 km/h por carreteras donde marca 80, por el carril de adelantamiento, y con dos motos adelantando a su vez por el minúsculo arcén, para acabar cobrándole al pasajero la friolera de 60 euros por una carrera de 30 km. Verídico. Sobra decir que una e non più, Santo Tomasso.




II
En Palermo hay trescientosmil doscientos noventayocho españoles sueltos por sus calles, aguantando la caló durante el pomeriggio y parlando a un volumen que supera en 50 dB al de cualquier italiano de Rimini, lo que puede llegar a ser un tanto molesto. Pero hay cosas peores. Comentarios del tipo de "estos hoteles en Madrid serían de tres estrellas y no de cuatro", que acaban por regla general en una exposición de lo malísimo que es todo ahí y lo buenísimo que es todo allí. Pues si tanto te disguta te quedas en tu casa, anormal. Algún día aunaré valor para decir esto en voz alta.


III

Palermo: años de ocupación árabe, normanda, teutona y española han conformado su estampa. Tan multicultural, peligrosa y atractiva como Mos Eisley. Un avispero lleno de mierda y belleza a partes iguales. Barrios enteros de casas en la más completa ruina y, de pronto, un larguísimo Mercedes-Benz negro y brillante doblando la esquina.










IV
Beatos, tramposos, salerosos, embaucadores, inteligentes, desconfiados. Así podría uno pensar que son los habitantes de Palermo, realizando un trazo grueso con la brocha gorda. Me explicaré. La primera noche, nada más llegar a la habitación del hotel y pegarme una ducha regeneradora después de 12 horas de vuelos y aeropuertos, me fui a cenar con un hambre mortal pero más solo que la una. Era medianoche y tampoco albergaba yo muchas esperanzas de encontrarme nada abierto. Craso error. En Palermo, 700.000 habitantes la contemplan, hay vida nocturna. Busqué una trattoria. Un plato de spaghetti ale vongole, un filete de pesce spada, un gelatto y mezzo litro di vino bianco della casa. El camarero, con perilla y gesto vacilón, pensándose durante un minuto si me servía o si no. La mesa de al lado, ocupada por media docena larga de sicilianos de mediana edad charlando de sus cosas tras la cena. Los bambini sentados a la mesa, muy formales para mi sorpresa. Aburrido como estaba - sé que no está bien pero... - puse atención en la conversación que se traían. Al principio no entendí ni papa. Eso de que el italiano es molto facile... Amico mio, lasciatemi racontare... Pero ya cuando le estaba perdiendo el interés porque llegaban al fin los spaghetti a la mesa, pillé al vuelo la palabra "austroungaro". Creo que en italiano se escribe senza "h". A partir de ahí entendí Napoleón y entendí Garibaldi. Y me fui hilando mi particular historia, que seguro que no sería la traducción correcta. Pero desde luego no era la esperada en un principio. Los gestos de la mano, con los dedos tocando el pulgar, por supuesto. El tono cantarín. Lo demás, alejado de los tópicos.


El camarero, pelín lento en el servicio pero con un gracejo innato y media sonrisa de hijoputa, terminó hablándome de fútbol. Me preguntó por mi equipo: ¿Madrid? No. ¿Barcelona? Menos aún. Hasta ahí, todo normal. ¿Bilbao? ¡¿Cómo que el Bilbao?! El tercer equipo de la liga española que le vino a la mente a ese buen hombre fue el Athletic. La verdad es que me reí mucho, pero en términos amistosos. Una vez confesadas mis filias futbolísticas, hablamos de Xabi Alonso, de Darko Kovacevic y de los buenos tiempos de la Real Sociedad. ¡Volveremos a primera, joder!

Por cierto, el coperto se paga aparte. Y la propina también. Saben latín.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Noches de Ortigia

Me la habían contado muy diferente. A mis ojos se apareció sugerente, nocturna, lunar. No sabría decir si es africana, griega, judía, árabe, italiana… En la neápolis de Siracusa, en tierra firme, se halla uno de los vestigios griegos mejor conservados. Un conjunto formado por el teatro y el Orechio di Dionysos: la Oreja de Dionisio, la que el tirano hizo cavar en la roca a sus esclavos, y por la cuál se dice que en ocasiones los espiaba. Pero el meollo de la ciudad está en la isla de Ortigia. Una mezcla de bullicio y tranquilidad cuasi africanas. Sus construcciones en piedra blanca guardan un aroma veneciano, pomposo y atractivo, y por la noche la vida estalla como en fuegos artificiales en la piazza del duomo. El duomo: antiguo templo dedicado a Atenea, posteriormente a Minerva... Más adelante mezquita. Hoy en día, catedral. Muy cerca de éste hay templos más antiguos. Uno de ellos el de Apolo, dios del Sol. Y muy cerca de aquél, una fuente dedicada a su hermana, la diosa de la Luna. En las inmediaciones del santuario dedicado al dios del Sol, de la Música y de las Artes hay otro templo. Este de los sentidos. Los langostinos mejor preparados y más frescos que he tomado en mi vida, han sido los que tuve la fortuna de probar en el Apollonion, un local minúsculo, a pie de callejón, que regenta Carlo. Una verdadera orgía de sabores mediterráneos: pan de orégano y aceite de oliva, pulpo, gambas insuperables, gamberoni fresquísimos, cigalas, bogavante, ostras, calamar relleno, dorada… Regado del fabuloso vino blanco siciliano. Porque si bien es el Nero d’Avola el que ha ido ganando en prestigio con los años, es el blanco el más arraigado, del que se extraen caldos tales como el Vigna di Gabbri o el Colomba Platino. Gastronomía aparte, el antiguo centro de la ciudad, presenta aún otra maravilla. Una fuente natural de agua dulce que permitió a los siracusanos resistir al bloqueo ateniense. Y es junto a esta fuente donde crecen de forma espontánea los únicos papiros en todo el continente europeo. Pero esta no es la única peculiaridad del manantial. Cuentan los siracusanos que hace muchos siglos, cuando el mundo era plano y los dioses pisaban la tierra, había una ninfa muy bella que llevaba por nombre Aretusa. Con su sonrisa y su esbelta figura encandiló a Alfeo, el dios del río del mismo nombre, que vivía en la opulencia y pensaba que la podría ganar con sólo proponérselo, olvidando que Aretusa había jurado castidad y seguir al séquito de Artemisa. La ninfa no sabía qué hacer y pidió ayuda a su señora, quién la transformó en un manantial. Aretusa corrió pues bajo el mar Jónico hasta aparecer en la isla de Ortigia, donde desde entonces surte de agua potable a sus habitantes. Pero Alfeo, el río, no se dio por vencido y corrió hasta dónde ella estaba y sus aguas se fundieron al fin en un abrazo. Siracusa. Un misterio.