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viernes, 11 de diciembre de 2009

Sobre una mujer llamada Pandora

Hasta hace relativamente poco, no sabía casi nada sobre el mito de Pandora, aparte de que tenía una caja; y hace algo más de un año lo descubrí.
Como en casi todos los mitos griegos hay varias versiones, a mí me gusta coger un poquito de cada una, y quiero daros la oportunidad de hacer vosotros lo mismo, por eso no voy a contaros la historia, buscadla, aunque seguro que muchos ya la conoceréis.

Es un mito que me encanta, mi favorito me atrevería a decir; primero, porque no consigo ver a Pandora como la mala del cuento. Aunque Zeus la crease como venganza, y aunque los dioses la dotaran con la mentira, puedo comprenderla, yo también habría destapado el ánfora... Porque sí, la curiosidad mató al gato, pero no contó con que tenía siete vidas.
La segunda razón es la esperanza, lo único que no escapó de la vasija; porque si hay algo que me encanta y que no puedo evitar hacer es soñar, y ¿qué es soñar sino tener la esperanza de que algún día esos sueños se cumplan?
Entonces, si Pandora no hubiese estado ahí, y la curiosidad no hubiera podido con ella, no habría males en el mundo, pero quizá tampoco podríamos soñar...
Así que, sólo una cosa más: Gracias Pandora.

sábado, 25 de abril de 2009

HORIZONTES LEJANOS

No encontraba título para esta entrada, y el que resultaba más obvio, me sonaba mal. Quizá a ciertos distribuidores en España les había sucedido algo parecido allá por 1952, cuando bautizaron una obra maestra de Anthony Mann precisamente como Horizontes Lejanos . No quiero discutir aquí sobre la conveniencia de traducir de un modo aparentemente tan arbitrario los títulos de obras tales como el ya mencionado film o la pieza teatral El jardín de los Cerezos. La obra de Chéjov, en realidad debería titularse, ateniéndonos a la correcta traducción del ruso, "El jardín de los guindos". Pero aunque es de suponer que eso de los guindos no sonará mal para alguien nacido en San Petersburgo, en la lengua de Cervantes ganan con claridad los cerezos, además de la bella estampa que componen en nuestro imaginario. Acerquémonos un poco más a esos horizontes todavía lejanos. En el original: "Bend of the river", traducible como "El meandro del río". La película, además de ser una obra cumbre del western, es una de las pocas películas perfectas que se han hecho en la historia del Séptimo Arte. Jimmy Stewart compone el personaje de un hombre atormentado por su pasado que conduce a unos colonos por tierras de Oregón, escalando altas montañas y cruzando caudalosos ríos. De hecho, una de los puntos fuertes de la película son sus paisajes, que llegan a convertirse en un personaje más de la historia.
Horizontes lejanos... Agua, cielo y montaña. ¿Es el agua o es el cielo, el que rasga la montaña en dos? Quién sabe. La montaña es un lugar casi mágico. Ésta, concretamente, se llama Peña Orduña, y se encuentra emplazada entre las provincias de Álava, Vizcaya y Burgos. Merece la pena aprovechar un día de asueto para seguir el cauce del Nervión corriente arriba, por el cañón de Délica. No en verano, cuando aquello no es más que un pedregal. En época de deshielo y lluvias, por contra, la cosa cambia por completo. En contrapartida, lógicamente habrá que acudir bien pertrechado para mojarse uno lo menos posible y a sabiendas de que será preciso vadear su curso con frecuencia. Así sucede al menos en abril, cuando parece que el agua brota de la caliza, como si de una esponja mal escurrida se tratara. La montaña puede jugar malas pasadas a los intrusos, pues tan pronto luce el sol como cae un chaparrón de padre y muy señor mío. Pero en ciertas ocasiones se agradecen estos cambios de humor del Señor de las Montañas, llámese este Rübezahl o Basajaun, ya que esos cambios de tiempo permiten ver en un día, dos o hasta tres entornos diferentes en un solo punto geográfico. Es el milagro de la luz. Los meandros se suceden hasta llegar al final del valle. Allí se encuentra una pared de roca de 900 pies de altura por la que se despeña el mayor salto de agua de la vieja Iberia. Se diría que las lamías juegan aquí en el agua del río. Chapotean y se bañan en él, sin mayor preocupación en todo el largo día que peinar sus doradas cabelleras. Corretean y bailan al son de un arpa que tañe basajaun, a quién a cambio permiten recrearse en la contemplación de su elegancia y su eterna frescura, si bien sólo desde la lejanía. Livianas y despreocupadas, viven allí, a salvo de los males del mundo. * De propina por aguantar el desvarío, música. Una pieza de Debussy titulada "Reflejos en el agua".