lunes, 25 de enero de 2010
"La Señora Dalloway" (un mini-trocito)
Ahora que todo había terminado que se había firmado la tregua, que los muertos habían sido enterrados, padecía, en especial al atardecer, estos bruscos truenos de miedo. No podía sentir. Cuando abría la puerta de la estancia en que las muchachas italianas confeccionaban sombreros, las podía ver, las podía oír; pasaban delgados alambres por las coloreadas cuentas que tenían en cuencos; daban esta y aquella forma a las telas de bocací: la mesa estaba sembrada de plumas, lentejuelas, sedas y cintas; las tijeras golpeaban la mesa; pero algo le faltaba; no podía sentir. Los golpes de las tijeras, las risas de las muchachas, la confección de los sombreros le protegían, le daban seguridad, le daban refugio. Pero no podía pasarse la noche sentado allí. Había momentos en que se despertaba a primeras horas de la madrugada. La cama caía; él caía. ¡Oh, las tijeras, la lámpara y las formas de los sombreros! Pidió a Lucrezia que se casara con él, a la más joven de las dos, a la alegre, la frívola, con aquellos menudos dedos artísticos que ella alzaba, diciendo: “Todo se debe a ellos.” Daban vida a la seda, las plumas y todo lo demás.
“El sombrero es lo más importante,”, decía Lucrezia, cuando paseaban juntos. Examinaba todos los sombreros que pasaban; y la capa y el vestido y el porte de la mujer. Mal vestida, va recargada, estigmatizaba Lucrezia, no con ferocidad, sino con impacientes movimientos de las manos, cual los de un pintor que aparta de sí una impostura patente y bien intencionada; y luego, generosamente, aunque siempre con sentido crítico, alababa a la dependienta de una tienda que llevaba con gracia su vestidito, o ensalzaba sin reservas, con comprensión entusiasta y profesional, a una señora francesa que descendía del coche, con chinchilla, túnica y perlas.
“¡Bonito!”, murmuraba Rezia, dando un codazo a Septimus para que lo viera. Pero la belleza se encontraba detrás de un cristal. Ni siquiera el gusto (a Rezia le gustaban los helados, los bombones, las cosas dulces) le producía placer. Dejaba la copa en la mesilla de mármol. Miraba a la gente fuera; parecían felices, reunidos en medio de la calle, gritando, riendo, discutiendo por nada. Pero había perdido el gusto, no podía sentir. En el salón de té, entre las mesas y los camareros que parloteaban, volvió a sentir el terrible miedo: no podía sentir. Podía razonar; podía leer, al Dante, por ejemplo, muy fácilmente (“Septimus, deja ya el libro”, le decía Rezia cerrando dulcemente el Inferno), podía sumar la cuenta; su cerebro se encontraba en perfecto estado; seguramente el mundo tenía la culpa de que no sintiera.
“Los ingleses son muy callados”, decía Regia. Le gustaba, decía. Respetaba a los ingleses, quería ver Londres, y los caballos ingleses, y los vestidos hechos por sastres, y recordaba haber oído decir que las tiendas eran maravillosas, a una tía que se había casado y vivía en Soho.
Puede ser, pensó Septimus, contemplando Inglaterra desde la ventanilla del tren, cuando partían de Newhaven; puede ser que el mundo carezca de significado en sí mismo.
En la oficina le ascendieron a un cargo de bastante responsabilidad. Estaban orgullosos de él; había ganado cruces. “Ha cumplido usted con su deber, y ahora a nosotros corresponde...”, comenzó a decir el señor Brewer; y no pudo terminar, tan placenteras eran sus emociones. Se alojaron en un punto admirable, junto a Tottenham Court Road.
Allí volvió a abrir a Shakespeare. Aquel juvenil asunto de intoxicarse con el lenguaje—Antonio y Cleopatra— había quedado extinguido. ¡Cuánto odiaba Shakespeare a la humanidad, el ponerse prendas, el engendrar hijos, la sordidez de la boca y del vientre! Ahora Septimus se dio cuenta de esto; el mensaje oculto tras la belleza de las palabras. La clave secreta que cada generación pasa, disimuladamente, a la siguiente significa aborrecimiento, odio, desesperación. Con Dante ocurría lo mismo. Con Esquilo (traducido), lo mismo. Y allí estaba Rezia sentada ante la mesa, arreglando sombreros. Arreglaba sombreros de las amigas de la señora Filmer; se pasaba las horas arreglando sombreros. Estaba pálida, misteriosa; como un lirio, ahogada, bajo el agua, pensaba Septimus.
“Los ingleses son muy serios”, decía Rezia enlazando sus brazos alrededor de Septimus, apoyando su mejilla en la de éste.
El amor entre hombre y mujer repelía a Shakespeare. El asunto de copular le parecía una suciedad antes de llegar al final. Pero Rezia decía que debía tener hijos. Llevaban cinco años casados.
Juntos fueron a la Torre, al Victoria and Albert Museum; se mezclaron con la multitud para ver al Rey inaugurar el Parlamento. Y había tiendas, tiendas de sombreros, tiendas de vestidos, tiendas con bolsos de cuero en el escaparate, que Rezia miraba. Pero debía tener un niño.
Decía que debía tener un hijo como Septimus. Pero nadie podía ser como Septimus; tan dulce, tan serio, tan inteligente. ¿Por qué no podía ella leer también a Shakespeare? ¿Era Shakespeare un autor difícil?, preguntaba Rezia.
Uno no puede traer hijos a un mundo como éste. Uno no puede perpetuar el sufrimiento, ni aumentar la raza de estos lujuriosos animales, que no tienen emociones duraderas, sino tan sólo caprichos y vanidades que ahora les llevan hacia un lado, y luego hacia otro.
Miraba cómo Rezia manejaba las tijeras, daba forma, como se contempla a un pájaro picotear y saltar en el césped, sin atreverse a mover ni un dedo. Porque la verdad es (dejemos que Rezia lo ignore) que los seres humanos carecen de bondad, de fe, de caridad, salvo en lo que sirve para aumentar el placer del momento. Cazan en jauría. Las jaurías recorren el desierto, y chillando desaparecen en la selva. Abandonan a los caídos. Llevan una máscara de muecas. Ahí estaba Brewer, en la oficina, con su mostacho engomado, su aguja de corbata de coral, sus agradables emociones—todo frío y humedad—, sus geranios destruidos por la guerra, destruidos los nervios de su cocinera; o Amelia Nosequé sirviendo tazas de té puntualmente a las cinco, pequeña arpía obscena, de burlona sonrisa y mirada; y los Toms y los Berties, con sus almidonadas pecheras de las que rezumaban gotas de vicio. Nunca le vieron dibujando sus retratos, desnudos, haciendo payasadas, en el bloc de notas. En la calle, los camiones pasaban rugiendo junto a él; la brutalidad aullaba en los carteles; había hombres que quedaban atrapados en el fondo de minas; mujeres que ardían vivas; y en cierta ocasión un grupo de mutilados lunáticos que hacían ejercicios o se exhibían para divertir al pueblo (que reía en voz alta) desfiló moviendo la cabeza y sonriendo junto a él, en Tottenham Court Road, cada uno de ellos medio pidiendo disculpas, pero triunfalmente, infligiéndole su sino sin esperanzas. Y ¿acaso iba él a enloquecer?
A la hora del té, Rezia le dijo que la hija de la señora Filmer esperaba un hijo. ¡Ella no podía envejecer sin tener un hijo! ¡Estaba muy sola, era muy desdichada! Lloró por vez primera después de su matrimonio. Muy a lo lejos Septimus oyó el llanto; lo oyó claramente con precisión; lo comparó con el golpeteo del pistón dé una bomba. Pero no sintió nada.
Su esposa lloraba, y él no sentía nada; pero cada vez que su esposa lloraba de aquella manera profunda, silenciosa, desesperanzada, Septimus descendía otro peldaño en la escalera que le llevaba al fondo del pozo.
Por fin, en un gesto melodramático que realizó mecánicamente y con clara conciencia de su insinceridad, dejó caer la cabeza en las palmas de las manos. Ahora se había rendido; ahora los demás debían ayudarle. Era preciso llamar a la gente. Él había cedido.
La Señora Dalloway (1925), Virginia Woolf.
martes, 9 de diciembre de 2008
CHAOUEN
Teniente, te toca a ti ahora responder al desafio. ¿Te atreves a contar una historia? no vale documentarse
domingo, 7 de diciembre de 2008
UNA IDEA ROBADA*
sábado, 29 de noviembre de 2008
UN DIÁLOGO DE CORAZÓN
Una calle de un barrio cualquiera de un pueblo.
Jenny: ¡Tía! ¿Qué ha sido eso, tía?
Saray: ¿El qué, tía?
Jenny: Jo, tía, pues eso. Mira, mira.
Saray: ¡¡Ahhh!! ¡¡Qué asco!! ¿Qué es eso, Jenny?
Jenny: Pos no lo se, tía, pero se te ha caído a ti.
S: ¿Qué se me ha caído a mí? Tía, ¿qué has fumao ahí dentro?
J: Que si, tía, que se te ha caído a ti.
S: Vamos a ver qué es.
J: Mira tía, si es tu corazón, se te ha caído. ¡Jajajajaja! ¡Mírate en el pecho, tía, llevas un agujero asín de grande!
S: ¡Ay, tía, que es verdad! ¡Ay, que agujero! ¡Ay, qué voy a hacer yo! ¡No te rías, petarda!
J: Vamos a coger ese palo y a pincharlo, a ver si sale sangre.
S: Tu estás flipá, Jenny, si te crees que te voy a dejar pinchar mi corazón ¡vamos, anda!
J: Pues por lo menos vamos a cogerlo, tía, que no se quede ahí tirao.
S: Si es que me da un poco de asco, Jenny
J: Pos tu misma, Saray, yo no lo voy a coger, que es tuyo. El mío lo tengo en su sitio.
S: ¡Ay, ay, tía! ¡Mira el coche! ¡Ay, que lo pisa! ¡Ay, que lo ha pisao!
J: Jo, tía, lo ha despachurrao entero. Ahora no se cómo lo vas a coger.
S: Eso ha sio el joputa del Kevin, que estuvo dándome la tabarra ayer tol día, que me quería, que si quería salir con el. ¡Y mira, tía! ¡Mira, me ha robao el corazón, el muy cabrito!
J: Bueno, eso de que te lo ha robao… A lo más que llegó fue a moverlo de su sitio, y claro, si el hueco se había quedao holgao, pues al final se te ha caído.
S: ¡Ay, que cuando lo pille lo mato, al cabrón ese!
J: ¿Y qué le vas a decir a tu madre, Saray? Porque cuando vea el agujero va a flipar en colores.
S: Yo que se… Le diré que me han atracao y me lo han robao.
J: Que te crees tu que tu madre se va a creer eso. Además, sin corazón no se puede vivir, Saray.
S: Eso porque lo dices tu. Porque yo estoy harta de oír a mi madre decirle a mi padre que no tiene corazón, y ahí está el tío, más ancho que pancho.
J: Jajajaja, Saray, eso es una metágora.
S: ¿Una metágora? ¿Qué es eso de una metágora? No lo he oído en mi vida, tía.
J: Si, que lo explicaron el otro día en clase, tía, cuando quieres decir algo pero lo dices con otras palabras.
S: Pos no se, tía, pero eso lo dice mi madre, que mi padre no tiene corazón. Y si que hay mucha gente sin corazón, Jenny.
J: Claro, Saray, los cementerios están llenos… ¡No te jode, la tía! ¡Sin corazón no se puede vivir!
S: Pos aquí me tienes, chula, vivita y coleando, asín que sí que se puede.
J: No se, tía, lo mismo mañana te mueres.
S: Qué bruja eres, tía. No sé cómo eres mi amiga.
J: ¿Y quién le vas a decir a tu madre que te ha robao el corazón?
S: El Rulas. Ese que está siempre por el barrio pidiendo pal pico.
J: ¿El Rulas? Pero si ese no hace daño a nadie, tía.
S: Yaaa, tía, pero mi madre no lo sabe. Si al menos hubiera sido el Ruben…
J: ¿Es que te gusta el Ruben, tía? La verdad es que está mu güeno.
S: Si me lo hubiera robao el Ruben, lo habría dejao, tía.
J: Y dale, tía, que no te lo ha robao nadie, que se te ha caído.
S: Bueno, bueno, vale ya, tía, que bastante tengo ya con lo que tengo, joder.
J: Vale, vale. ¿Sabes que viene el Iván de O.T. a cantar el sábado en las fiestas?
S: ¿Siiii, tía? Jo, cómo me gusta, ¿vamos a ir, no?
J: Pos claro, tía.
S: ¿Cómo era la canción esa? Ah, sí, “tengo el corazón contento, el corazón contento, lleno de alegría…”
J: Jo, tía, que birónico, jajaja.
S: ¿Birónico? ¿Qué es birónico, tía? Que sueltas cada palabra que anda.
J: Birónico, tía, lo explicaron también en clase, que no te enteras, tía. Es birónico que cantes que tienes el corazón contento cuando no tienes corazón, tía.
S: Bueno tía, si me gusta la canción, ¿qué quieres que te diga? “Tengo el corazón contento, el corazón contento…”
J: “…Lleno de alegríííía, tengo el corazón contento desde aquel momento…”
Se alejan calle abajo cantando la canción.
jueves, 27 de noviembre de 2008
DECALOGO DE LOS DERECHOS DEL LECTOR
El derecho a no leer
Como cualquier enumeración de derechos que se respete, la de los derechos a la lectura debería empezar por el derecho a no hacer uso de ellos —y en este caso con el derecho a no leer—, sin lo cual no se trataría de una lista de derechos sino de una trampa viciosa.Para comenzar, la mayoría de los lectores se conceden a diario el derecho a no leer. Mal que le pese a nuestra reputación, entre un buen libro y una mala película de televisión, la segunda sale ganando con más frecuencia de lo que nos gustaría confesar. Y además nosotros no leemos de continuo. Nuestros períodos de lectura alternan a menudo con largas dietas durante las cuales basta la visión de un libro para despertar las miasmas de la indigestión.Pero lo más importante está en otra parte.Estamos rodeados de cantidad de personas del todo respetables, a veces graduadas en la universidad, incluso “eminentes” —de las cuales algunas hasta poseen excelentes bibliotecas—, pero que no leen, o leen tan poco que nunca se nos ocurriría la idea de ofrecerles un libro. No leen. Sea porque no sienten la necesidad, sea porque tienen muchas otras cosas que hacer (pero viene a ser lo mismo; es que esas otras cosas los colman o los obnubilan), sea porque alimentan otro amor y lo viven con una exclusividad absoluta. En resumen, a esas personas no les gusta leer. Y no por eso dejan de ser muy frecuentables, incluso deliciosas de frecuentar. (Al menos no nos piden de continuo nuestra opinión sobre el último libro que leímos, nos ahorran sus reservas irónicas sobre nuestro novelista preferido y no nos consideran retardados por no habernos precipitado sobre la última de Fulano, que acaba de salir, editada por Mengano, y de la cual el crítico Zutano ha dicho lo mejor.) Son tan “humanos” como nosotros, sensibles también a las desdichas del mundo, preocupados por los “derechos humanos” y comprometidos a respetarlos dentro de su esfera de influencia personal, lo que ya es mucho —pero ahí está, no leen. Allá ellos.La idea de que la lectura “humaniza al hombre” es justa en su conjunto, a pesar de que existen algunas excepciones deprimentes. Se es sin duda un poco más “humano”, si entendemos por eso un poco más solidario con la especie (un poco menos “fiera”), después de haber leído a Chejov que antes.Pero cuidémonos de flanquear este teorema corolario según el cual todo individuo que no lee debería ser considerado a priori como un bruto potencial o un cretino rehibitorio (sic). Si lo hacemos convertiremos la lectura en una obligación moral, y éste es el comienzo de una escalada que nos llevará rápidamente a juzgar, por ejemplo la “moralidad” de los libros mismos, en función de criterios que no tendrán ningún respeto por esa otra libertad inalienable: la libertad de crear. A partir de ese momento la bestia seremos nosotros, por más lectores que seamos. Y Dios sabe que bestias de esta especie no faltan en el mundo.En otras palabras, la libertad de escribir no podría acomodarse a la obligación de leer.El deber de educar, por su parte, consiste en el fondo en enseñar a leer a los niños, en iniciarlos en la literatura, en darles los medios para juzgar si sienten o no la “necesidad de los libros”. Puesto que si bien se puede admitir sin problema que un particular rechace la lectura, es intolerable que sea —o que se crea— rechazado por ella.
El derecho a saltarse las páginas
Leí La guerra y la paz por primera vez a los doce o trece años (más bien a los trece, estaba en quinto y bastante adelante). Desde el comienzo de las vacaciones, las largas, veía a mi hermano (el mismo de Vinieron las lluvias) internarse en esta novela enorme, y su mirada se volvía tan lejana como la del explorador que desde hace siglos ha perdido la preocupación por su tierra natal.—¿Es tan estupenda?— ¡Formidable!—¿Qué es lo que cuenta?—Es la historia de una chica que ama a un tipo y se casa con un tercero.Mi hermano siempre ha tenido el don de resumir. Si los editores lo contrataran para redactar sus textos de contraportada (esas patéticas exhortaciones a leer que se pegan al dorso de los libros), nos ahorrarían bastante palabrería inútil.—¿Me la prestas?—Te la doy.Yo estaba interno, ése era un regalo inestimable. Dos gruesos volúmenes que me mantendrían entusiasmado durante todo el trimestre. Cinco años mayor que yo, mi hermano no era del todo idiota (y por lo demás tampoco se ha vuelto) y sabía a ciencia cierta que La guerra y la paz no podía reducirse a una historia de amor, por bien elaborada que fuera. Sólo que conocía mi gusto por los incendios del sentimiento y sabía despertar mi curiosidad mediante la formulación enigmática de sus resúmenes. (Un “pedagogo, en mi opinión.) Estoy convencido que fue el misterio aritmético de su frase el que me hizo cambiar temporalmente mis Bibliotheque verte, rouge et or y demás Signes de piste para meterme en esta novela. “Una chica que ama a un tipo y se casa con un tercero”... no veo quién se hubiera podido resistir. De hecho no quedé decepcionado aunque se equivocó en sus cuentas. En realidad éramos cuatro los que amábamos a Natacha: el príncipe Andrés, ese granuja de Anatol (pero ¿se puede llamar a eso amor?), Pedro Bezujov y yo. Como yo no tenía la menor posibilidad, me resultó forzoso identificarme con los otros. (Pero no con Anatol, ¡un verdadero cabrón el tipo ése!)Lectura tanto más deliciosa en la medida en que se efectuaba durante la noche, a la luz de una linterna de bolsillo y bajo la colcha colocada como una tienda de campaña en medio de un dormitorio de cincuenta soñadores, roncadores y otros pataleadores. La habitación del vigilante en la que crepitaba la lamparilla estaba al lado, pero qué, en el amor siempre es el todo por el todo. Todavía hoy siento el volumen y el peso de aquellos libros en mis manos. Era la versión de bolsillo, con esa linda cara de Audrey Hepburn a la que miraba embelesado un Mel Ferrer principesco con pesados párpados de muchacho enamorado. Me salté las tres cuartas partes del libro por no interesarme más que el corazón de Natacha. Compadecí a Anatol, incluso, cuando le amputaron la pierna, maldije a ese bestia del príncipe Andrés por haberse quedado parado frente a ese cañón, en la batalla de Borodino... (“Pero tírate al suelo, por Dios, que va a explotar, no puedes hacerle eso, ¡ella te ama!”) Me interesé en el amor y en las batallas y me salté los asuntos políticos y las estrategias... Seguí muy de cerca los sinsabores conyugales de Pedro Bezujov y de su esposa Helena (nada simpática, Helena, de verdad no la encontré simpática...) y dejé a Tolstoi disertando solo sobre los problemas agrarios de la Rusia eterna...Me salté muchas páginas, de veras.Y todos los muchachos deberían hacer otro tanto.De esta manera podrían ofrecerse muy temprano casi todas las maravillas que se consideran inaccesibles para su edad.Si tienen ganas de leer Moby Dick, pero se desaniman ante los desarrollos de Melville sobre el material y las técnicas de la pesca de ballenas, no es menester que renuncien a su lectura sino que salten, salten sobre esas páginas y, sin preocuparse del resto, persigan a Ahab como él persigue su blanca razón para vivir o para morir. Si quieren conocer a Iván, Dimitri y Aliocha Karamazov y a su increíble padre, que abran y lean Los hermanos Karamazov, es para ellos, incluso si tienen que saltarse el testamento del starets Zósimo o la leyenda del Gran Inquisidor.Un gran peligro les acecha si no deciden por ellos mismos lo que está a su alcance y se saltan las páginas que ellos escojan: otros lo harán en su lugar. Se armarán con las grandes tijeras de la imbecilidad y recortarán todo lo que consideren demasiado “difícil”. Eso produce resultados espantosos. Moby Dick o Los miserables reducidos a resúmenes de 150 páginas, mutilados, chapuceados, encogidos, momificados, reescritos en un lenguaje famélico que se supone que sea el suyo. Un poco como si yo me pusiese a redibujar Guernica con el pretexto de que Picasso habría metido allí demasiados trazos para un ojo de doce o trece años.Y además incluso cuando hemos crecido, y hasta si nos repugna confesarlo, nos ocurre todavía que nos “saltemos páginas”, por razones que no nos conciernen más que a nosotros y al libro que leemos. Es posible también que nos lo prohibamos del todo, que leamos hasta la última palabra, juzgando que aquí el autor da largas, que aquí toca un aire de flauta medio gratuito, que en tal lugar cae en la repetición y en tal otro en la tontería. Digámonos lo que nos digamos, este disgusto testarudo que entonces nos imponemos no pertenece al orden del deber, es una categoría de nuestro placer de lector.
El derecho a no terminar un libro
Hay treinta y seis mil razones para abandonar una novela antes del final: la sensación de que ya le hemos leído, una historia que no nos agarra, nuestra desaprobación total de la tesis del autor, un estilo que nos eriza el cabello, o por el contrario una ausencia de escritura a la que ninguna otra razón compensa para que justifique ir más lejos... Inútil enumerar las otras 35995, entre las cuales sin embargo hay que colocar una caries dental, las persecuciones de nuestro jefe de departamento o un cataclismo del corazón que petrifica nuestra cabeza.¿El libro se nos cae de las manos?Que se caiga.Después de todo, no cualquiera es Montesquieu para poder ofrecerse por encargo el consuelo de una hora de lectura.Sin embargo, entre nuestras razones para abandonar una lectura, hay una que merece que nos detengamos un poco: el vago sentimiento de una derrota. Abrí, leí, y muy rápido me sentí hundido por algo más fuerte que yo. Reúno mis neuronas, me peleo con el texto, pero nada que hacer, por más que tenga el sentimiento de lo que está escrito allí merece ser leído, no pesco nada —o casi nada—, siento una “extrañeza” que no me ofrece asidero.Lo dejo.O más bien lo pongo a un lado. Lo coloco en mi biblioteca con el proyecto vago de volverlo a tomar algún día. Petersburgo de Andrei Bielyi, Joyce y su Ulises, Bajo el volcán de Malcolm Lowry me esperaron varios años. Hay otros que todavía me esperan y es probable que a algunos de ellos no los vuelva a tomar nunca. Eso no es un drama, así es. La noción de “madurez” es un asunto curioso en materia de lectura. Hasta cierta edad no tenemos la edad para ciertas lecturas, está bien. Pero, al contrario de las nuevas botellas, los buenos libros no envejecen. Nos esperan en las estanterías y somos nosotros quienes envejecemos. Cuando nos creemos con suficiente “madurez” para leerlos, empezamos de nuevo.Y entonces de dos cosas una: o el encuentro ocurre o es un nuevo fiasco. Quizás lo intentemos de nuevo, quizás no. Pero claro que no es culpa de Thomas Mann el que hasta ahora yo no haya podido alcanzar la cima de su Montaña mágica.La gran novela que se nos resiste no es necesariamente más difícil que la otra... hay allí, entre ella —por grande que sea— y nosotros —por aptos para “comprenderla” que nos consideremos— una reacción química que no funciona. Un buen día simpatizamos con la obra de Borges que hasta entonces nos tenía a distancia, pero seguiremos toda la vida ajenos a la de Musil... Aquí la elección está en nuestras manos: o pensamos que es culpa nuestra, que nos falta una casilla, que abrigamos una parte de tontería irreductible, o nos ponemos del lado de la noción muy controvertida del gusto y buscamos dibujar el mapa de los nuestros.Es prudente recomendar a nuestros muchachos esta segunda solución.Tanto más cuanto ella puede ofrecerles ese escaso placer de leer comprendiendo por fin por qué no nos gusta. Y este otro escaso placer: escuchar sin emoción al pedante en turno chillarnos en el oído:—¿Pero cómo es posible que no le guste Stendhaaaaal?Es posible.
El derecho a releer
Releer lo que había rechazado antes, releer sin saltarse una línea, releer desde otro ángulo, releer para verificar, sí... nos concedemos todos estos derechos.Pero releemos sobre todo gratuitamente, por el placer de la repetición, la alegría de los reencuentros, la puesta a prueba de la intimidad.“Otra vez, otra vez” decía el niño que fuimos... Nuestras relecturas de adultos tienen que ver con ese deseo: encantarnos con la permanencia y descubrirla todas las veces rica en nuevas maravillas.
El derecho a leer cualquier cosa
A propósito del “gusto”, ciertos de mis alumnos sufren mucho cuando se encuentran frente a la archiclásica disertación ¿Se puede hablar de novelas buenas y malas? Como detrás de su “yo no hago concesiones” son más bien gentiles, en lugar de abordar el aspecto literario del problema, lo miran desde un punto de vista ético y no tratan el problema sino desde el ángulo de las libertades. De golpe el conjunto de sus tareas podría resumirse en esta fórmula: “Claro que no, de ninguna manera, tenemos el derecho de escribir lo que queramos y todos los gustos de los lectores están en la naturaleza, ¿en serio!” Sí... sí, sí... postura del todo honorable...Lo que no impide que haya buenas y malas novelas. Se puede citar nombres, se pueden dar pruebas.Para ser breve, cortemos por lo sano: digamos que existe lo que yo llamaría una “literatura industrial” que se contenta con reproducir hasta el infinito los mismos tipos de relatos, despacha estereotipos en serie, comercia con los buenos sentimientos y las sensaciones fuertes, salta sobre todos los pretextos ofrecidos por la actualidad para producir una ficción de circunstancias, se entrega a “estudios de mercado” para liquidar, según la “coyuntura”, del tipo de “producto” que se supone inflamará a tal categoría de lectores.Éstas serán, con seguridad, malas novelas.¿Por qué? Porque no tienen nada que ver con la creación sino con la reproducción de “formas” preestablecidas, porque son un intento de simplificación (es decir de mentiras), cuando la novela es arte de verdad (es decir de complejidad), porque al halagar nuestros automatismos, adormecen nuestra curiosidad, en fin, y sobre todo, porque el autor no está allí, como tampoco está la realidad que pretende describirnos.En resumen, es una literatura en serie, “lista para disfrutarse”, hecha en molde y al que le gustaría apresarnos en el molde.No hay que creer que estas idioteces son un fenómeno reciente, ligado a la industrialización del libro. En absoluto. La explotación de lo sensacional, de la obrita ingeniosa, del estremecimiento fácil en una frase sin autor, no viene de ayer. Para no citar más que dos ejemplos, la novela de caballería se enterró allí, y el romanticismo mucho tiempo después. Pero como no hay mal que por bien no venga, la reacción a esta literatura descarriada nos ha dado dos de las más bellas novelas que hay en el mundo: Don Quijote y Madame Bovary. Hay, pues, “buenas” y “malas” novelas.A menudo son las segundas las que primero encontramos en nuestro camino.Y a fe mía, tenga el recuerdo de haberlas encontrado divertidísimas cuando pasé por ellas. Tuve mucha suerte: nadie se burló de mí, nadie levantó los ojos al cielo, nadie me trató de cretino. Apenas dejaron a mi paso algunas “buenas” novelas cuidándose de no prohibirme en absoluto las otras.Eso era prudencia.Buenas y malas, durante un tiempo leímos todo junto. Igual que no renunciamos de un día para otro a nuestras lecturas de infancia. Todo se mezcla. Se sale de La guerra y la paz para volver a lanzarse a los libros de aventuras de la Bibliotheque verte. Se pasa de la colección Harlequin (historias de bellos galenos y de enfermeras meritorias) a Boris Pasternak y a su Doctor Zhivago —también él un médico guapo, y Lara una enfermera, ¡y bien meritoria!Y después, un día, el que gana es Pasternak. Poco a poco nuestros deseos nos llevan a frecuentar a los “buenos”. Buscamos escritores, buscamos escrituras; superados los que son sólo camaradas de juegos, reclamamos compañeros de ser. La anécdota sola ya no nos basta. Ha llegado el momento en que pedimos a la novela algo más que la satisfacción inmediata y exclusiva de nuestras sensaciones.Una de las grandes alegrías del ”pedagogo” es —cuando está autorizada cualquier lectura— ver a un alumno cerrar solo la puerta de la fábrica best-seller para subir a respirar donde el amigo Balzac.
El derecho al bovarismo (enfermedad textualmente transmisible)
A grandes rasgos, el bovarismo es esa satisfacción inmediata y exclusiva de nuestras sensaciones: la imaginación se inflama, los nervios vibran, el corazón se acelera, la adrenalina salta, la identificación opera en todas direcciones, y el cerebro confunde (por un momento) el gato de lo cotidiano con la libre de lo novelesco...Para todos es nuestro primer estado de lectura. Delicioso.Pero más o menos aterrador para el observador adulto que, casi siempre, se apresura a blandir un “buen título” bajo las narices del joven bovariano, exclamando:—De todas maneras Maupassant es “mejor”, ¿no?Calma... No ceder uno mismo al bovarismo; decirse que Ema, después de todo, no era más que un personaje de novela, es decir, el producto de un determinismo en el que las causas sembradas por Gustave no engendraban sino los efectos —por verdaderos que fuesen— deseados por Flaubert.En otras palabras, el hecho de que esta muchacha coleccione novelas románticas no significa que terminará tragando arsénico a cucharadas.Forzarla en esta etapa de sus lecturas es alejarnos de ella, renegando de nuestra propia adolescencia. Y es privarla del placer incomparable de prescindir mañana y por sí misma de los estereotipos que, hoy, parecen fascinarla.Es prudente reconciliarnos con nuestra propia adolescencia; odiar, despreciar, negar o simplemente olvidar al adolescente que fuimos es en sí misma una actitud adolescente, una concepción de la adolescencia como una enfermedad mortal.De allí la necesidad de que recordemos nuestras primeras emociones como lectores y de que le levantemos un pequeño altar a nuestras viejas lecturas, incluyendo las más “tontas”. Desempeñan ellas un papel inestimable: emocionarnos por lo que fuimos al tiempo que nos hacen reír de lo que nos emocionaba. Los jóvenes que comparten nuestra vida sin duda alguna ganarán con ello en respeto y en ternura.Vilipendiamos la estupidez de las lecturas adolescentes, pero no es raro que nos rindamos al éxito de un escritor telegénico, del que nos burlaremos cuando haya pasado de moda. Las preferencias literarias se explican muy bien por esta alternancia de nuestros caprichos ilustrados y de nuestras negaciones perspicaces.Nunca engañados, siempre lúcidos, pasamos el tiempo sucediéndonos a nosotros mismos, convencidos para siempre de que madame Bovary es la otra.Ema debía compartir esta convicción.
El derecho a leer en cualquier parte
Chalons-sur-Marne, 1971, invierno.Cuartel de la escuela de prácticas de artillería.Durante la distribución matutina de las faenas, el soldado de segunda clase Fulano (matrícula 14672/1, bien conocido de nuestros servicios) se ofrece día a día como voluntario para la tarea menos popular, la más ingrata, la que es asignada frecuentemente como castigo y que atenta contra los honores mejor templados: la legendaria, la infamante, la innombrable faena de letrinas.Todas las mañanas.Con la misma sonrisa (interior).—¿Faena de letrinas?Da un paso al frente:—¡Fulano!Con la gravedad última que precede al asalto, toma la escoba de la que cuelga la bayeta como si se tratase del estandarte de la compañía y desaparece, para gran alivio de la tropa. Es un valiente: nadie lo sigue. El ejército entero se queda a cubierto en la trinchera de las faenas honorables.Pasan las horas. Se le cree desaparecido. Casi se le ha olvidado. Se le olvida. Sin embargo reaparece al terminar la mañana, golpeando los talones para el informe al cabo de compañía: “¡Letrinas impecables, mi cabo!” El cabo recupera bayeta y escoba con una mirada en la que se dibuja una profunda interrogación que no formula jamás (respeto humano obliga). El soldado saluda, da media vuelta, se retira, llevando consigo su secreto.El secreto pesa bastante en el bolsillo derecho de su traje de fatiga: 1900 páginas que la Pleiade consagró a las obras completas de Nicolás Gogol. Un cuarto de hora de bayeta contra una mañana de Gogol... Cada mañana, desde hacía dos meses de invierno, confortablemente sentado en la sala de los tronos, encerrado con doble llave, el soldado Fulano vuela muy por encima de las contingencias militares. ¡Todo Gogol! Desde las nostálgicas Veladas de Ucrania hasta los hilarantes Cuentos peterburgueses, pasando por el terrible Taras Bulba, y el humor negro de Las almas muertas, sin olvidar el teatro y la correspondencia de Gogol, ese Tartufo increíble.Porque Gogol es el Tartufo que habría inventado Moliere —lo que el soldado Fulano no habría comprendido nunca si hubiera cedido esta tarea a los demás.Al ejército le gusta celebrar los hechos de armas.De éste apenas quedan dos alejandrinos, grabados muy arriba, en el metal de un tanque de agua, y que se cuentan entre los más suntuosos de la poesía universal:Si, yo puedo sin mentir, y esto es doctrinadecir que leí entero a Gogol en la letrina.(Por su parte Clemenceau, “el tigre”, también él un famoso soldado, daba gracias a una constipación crónica, sin la cual afirmaba, no hubiera tenido la dicha de leer las Memorias de Saint-Simon.)
El derecho a picotear
Yo picoteo, tú picoteas, dejémoslos picotear.Es la autorización que nos concedemos para tomar cualquier volumen de nuestra biblioteca, abrirlo en cualquier parte y meternos en él por un momento, porque sólo disponemos de ese momento. Ciertos libros se prestan al picoteo mejor que otros porque están compuestos de textos cortos y separados: las obras completas de Alfonso Allais o de Woody Allen, las novelas cortas de Kafka o de Saki, Los Papiers collés de George Perros, el buen viejo La Rochefoucauld, y la mayor parte de los poetas...Dicho esto, se puede abrir a Proust, a Shakespeare o la Correspondencia de Raymond Chandler por cualquier parte y picotear aquí y allá, sin correr el menor riesgo de resultar decepcionados.Cuando no se tiene el tiempo ni los medios para tomarse una semana en Venecia, ¿por qué rehusarse el derecho de pasar allí cinco minutos?
El derecho a leer en voz alta
Le pregunto:—¿Te leían cuentos en voz alta cuando eras pequeña?Ella me contesta:—Nunca. Mi padre estaba a menudo de viaje y mi madre demasiado ocupada.Le pregunto: —¿Entonces de dónde te viene ese gusto por la lectura en voz alta?Me contesta:—De la escuela.Feliz de oír que por fin alguien le reconoce algún mérito a la escuela, exclamó alegre:—¡Ah, lo ves!Ella me dice:—En absoluto. La escuela nos prohibía la lectura en voz alta: La lectura silenciosa era ya el credo en mi época. Directo del ojo al cerebro. Transcripción instantánea. Rapidez, eficacia. Con una prueba de comprensión cada diez líneas. La religión del análisis y el comentario desde el principio. La mayoría de los muchachos reventaban de miedo, y ése no era sino el comienzo. Todas mis respuestas eran correctas, si quieres saberlo, pero apenas volvía a casa releía todo en voz alta.—¿Por qué?—Para maravillarme. Las palabras pronunciadas se lanzaban a existir fuera de mí, vivían de verdad. Y además porque me parecía que esto era un acto de amor. Que era el amor mismo. Siempre he tenido la impresión de que el amor al libro pasa por el amor a secas. Acostaba a mis muñecas en la cama, en mi lugar, y les leía. A veces me dormía a sus pies, sobre la alfombra.La escucho... la escucho, y me parece oír a Dylan Thomas, borracho como la desesperación, leyendo sus poemas con voz de catedral...La escucho y me parece ver a Dickens el viejo, Dickens huesudo y pálido, ya a punto de morirse, subir a escena... su gran público de iletrados de repente petrificado, silencioso hasta el punto de que se oía abrir el libro... Oliver Twist... la muerte de Nancy ¿es la muerte de Nancy lo que va a leernos!La escucho y oigo a Kafka reírse hasta las lágrimas leyéndole La metamorfosis a Max Brod, quien no está seguro de entenderla... Y veo a la pequeña Mary Shelley ofrecerle largos trozos de su Frankenstein a Percy y a sus entusiasmados camaradas...La escucho y aparece Martin du Gard leyéndole a Gide sus Thibault... pero Gide no parece oírlo... están sentados a la orilla de un río... Martin du Gard lee, pero la mirada de Gide está en otra parte... los ojos de Gide se han ido allá abajo, donde dos adolescentes se zambullen... una perfección que el agua viste de luz... Martin du Gard está furioso... pero no, él leyó bien... y Gide oyó todo... y Gide le comenta todo lo bien que piensa de estas páginas... pero de todas maneras habría tal vez que modificar esto y aquello, por aquí y por allá...Y Dostoievski, que no se contentaba con leer en voz alta, sino que escribía en voz alta... Dostoievski, sin aliento, después de haberle vociferado su requisitoria contra Raskolnikov (o contra Dimitri Karamazov, ya no lo sé)... Dostoievski preguntándoles a Anna Grigorievna, la esposa estenógrafa:“¿Entonces, en tu opinión, cuál es el veredicto? ¿Ah?”Anna: ¡Condenado!Y el mismo Dostoievski, después de haberle dictado el alegato de la defensa: “¿Entonces? ¿Entonces?”Anna: ¡Absuelto!Sí...Extraña desaparición, la de la lectura en voz alta. ¿Qué hubiera pensado Dostoievski? ¿Y Flaubert? ¿No más al derecho de ponerse las palabras en la boca antes de metérselas en la cabeza? ¿No más oído? ¿No más música? ¿No más saliva? ¿No más gusto, las palabras? ¡Y entonces qué! ¿O es que Flaubert no gritaba su Bovary hasta reventarse los tímpanos? ¿O es que él no está definitivamente mejor ubicado que nadie para saber que el entendimiento del texto pasa por el sonido de las palabras, de dónde brota todo su sentido? ¿Es que él, que se ha peleado tanto contra la música intempestiva de las sílabas, la tiranía de las cadencias, no sabe mejor que nadie que el sentido se pronuncia? ¿Qué? ¿Textos mudos para espíritus puros? ¡A mí Rabelais! ¿A mí Flaubert! ¡Dosto! ¡Kafka! ¡Dickens, a mí! ¡Gigantescos gritadores de sentidos, aquí de inmediato! ¡Vengan a insuflar nuestros libros! ¡Nuestras palabras necesitan cuerpos! ¡Nuestros libros necesitan vida!Es verdad que es confortable, el silencio del texto... no se arriesga allí la muerte de Dickens, a quien sus médicos le pedían callar por fin sus novelas... el texto y él mismo... todas esas palabras amordazadas en la cocina acolchada de nuestra inteligencia... cómo se siente uno que es alguien en ese silencioso tejerse de nuestros comentarios... y además, al juzgar el libro a solas no se corre el riesgo de ser juzgado por él pues cuando se mezcla la voz, el libro dice mucho sobre su lector... el libro lo dice todo. El hombre que lee de viva voz se expone de manera absoluta. Si no sabe lo que lee, es ignorante en sus palabras, es una miseria, y eso se escucha. Si rehúsa habitar su lectura, las palabras permanecen como letras muertas, y eso se siente. Si colma el texto de su presencia, el autor se retracta, es un número de circo, y eso se ve. El hombre que lee de viva voz se expone de manera absoluta a los ojos que lo escuchan.Si lee de verdad, si pone en ello su saber y domina su placer, si su lectura es un acto de simpatía con el auditorio tanto como con el texto y su autor, si logra que se oiga la necesidad de escribir y despierta nuestra oscura necesidad de comprender, entonces los libros se abren de par en par, y la muchedumbre de aquellos que se creían excluidos de la lectura se precipitan tras él.
El derecho a callarnos
El hombre construye casas porque está vivo, pero escribe libros porque se sabe mortal. Vive en grupos porque es gregario, pero lee porque se sabe solo. La lectura es una compañía que no ocupa el lugar de ninguna otra y a la que ninguna compañía distinta podría reemplazar. No le ofrece ninguna explicación definitiva sobre su destino, pero teje una retícula apretada entre de complicidades entre la vida y él. Ínfimas y secretas complicidades que hablan de la necesidad paradójica de vivir, al tiempo que iluminan el absurdo trágico de la vida... De modo que nuestras razones para leer son tan extrañas como nuestras razones para vivir. Y a nadie se le ha otorgado poder para pedirnos cuentas sobre esta intimidad.Los pocos adultos que me dieron a leer se borraron siempre frente al libro y se abstuvieron de preguntarme lo que yo había entendido. A ellos, claro, yo les hablaba de mis lecturas. Vivos o muertos, les regalo estas páginas.
lunes, 24 de noviembre de 2008
SIN PARACAIDAS
Buceando en por la red he encontrado una página, “la comunidad de los cuentos” y en ella un texto asombrosamente hermoso de Julio Cortázar
Pero me dormiré ahora con mis cinco sentidos sobrepuestos, acongojándome en algún río que retoña…. Vi que tu trastorno invadió la hora y el calor no se ahogó cuando debía.
jueves, 13 de noviembre de 2008
Un cuento de corazón (2ª y última parte)
Pasaron los días y fui recuperando mi vida normal: buscar trabajo, sellar el paro, salir de copas, ver la tele, leer un poco. Casi había olvidado el tema del corazón, salvo por pequeños detalles que me alarmaban cuando se producían, pero que borraba de mi memoria rápidamente. Una tarde descubrí que llevaba más de media hora mirando la ventana de la lavadora, la veía girar y girar con la ropa dentro, y sentía lo mismo que si estuviera viendo la televisión, es decir, nada. Ya no iba al cine, no me emocionaba, y evitaba el contacto con otras personas. No me interesaba nada lo que tuvieran que contarme.
Un día, hacía ya más de quince del episodio del corazón, llamaron al timbre con insistencia. Abrí la puerta sin preocuparme de mi aspecto, y me encontré a un chico joven de sonrisa torcida vestido con el uniforme de una empresa de transporte.
- ¿Sí? –pregunté.
- ¿Es usted María… Soriano? – me devolvió la pregunta.
- Si, ¿qué quieres? –unos segundos de conversación ya me habían hastiado.
- Traigo este paquete para usted.
- ¿Paquete? ¿Qué paquete? Yo no he encargado nada –le respondí.
- Bueno… Yo no se, tiene que firmarme aquí y aquí –me dijo señalando un formulario.
- ¿Hay que pagar algo? –pregunté suspicaz.
- No, no, ya está, sólo tiene que firmarme, señora –contestó.
Sonreí ante lo de señora. Yo podría ser todo menos una señora, así me lo decía el espejo todos los días, era evidente.
Firmé donde el chico me indicaba y me entregó el paquete. Se marchó. Sopesé la pequeña caja que me había dado: estaba muy bien envuelta y pesaba poco. Leí el nombre del remitente y no lo reconocí, además, los apellidos estaban borrosos, sólo identifiqué el nombre de Jaime. No conocía a ningún Jaime, me dije. Pasados unos minutos al fin me di cuenta de que seguía en la puerta de casa, entré y cerré suavemente. Dejé el paquete sobre la mesa de la cocina. Me intrigaba, pero no me decidía a abrirlo, como si no quisiera saber qué guardaba. Me preparé un café y encendí un pitillo; me senté ante la mesa y cogí unas tijeras de cocina para cortar el precinto. Finalmente la abrí. Y allí estaba, hecho trozos, todavía con algún resto de basura pegado, mi corazón.
Noté que una arcada subía desde mi estómago hasta la boca, el café y el cigarrillo quedaron olvidados en la mesa de la cocina, me precipité al baño y vomité todo lo que había comido. “Esto si es un gran recibimiento”, pensé, “me despedí de él con vómitos y vuelve a mi para que vomite de nuevo”. Me limpié como pude y volví a la cocina. Sentada frente al paquete, lo miraba y no sabía qué hacer. Se me ocurrió meterlo a la nevera. “Qué estupidez, lleva más de quince días por ahí y está hecho pedazos”, me dije. “¿Qué hago? ¿Me estoy volviendo loca? No, tengo un paquete, tengo un nombre, he firmado un recibo, alguien me lo ha mandado, esto es real… ¿Qué hago, por Dios?” Y la respuesta me la dio una de las voces que habitaban en mi cabeza: “Cómetelo”, me dijo. Y no lo pensé, cogí una sartén, añadí aceite y volqué el contenido del paquete. Quería que volviera a mí, daba igual la forma, lo necesitaba en mi cuerpo de nuevo. Y me lo comí. Con cada bocado lloré todo lo que no había llorado nunca, y cuando terminé me quedé satisfecha y totalmente relajada.
IV
Han pasado cinco años desde que me ocurrió aquello. Enderecé mi vida como pude y conseguí un trabajo que no estaba mal pagado, conocí a un hombre del que me enamoré y fui correspondida, y aunque a veces discutimos agriamente, ambos sabemos que nos queremos y seguimos juntos. No le he contado lo que me pasó, tal vez no me creería.
Por cierto. Se llama Jaime.
FIN
martes, 11 de noviembre de 2008
Un cuento de corazón
Por encima de la música que sonaba y del ruido de las conversaciones, escuché una especie de chapoteo. Miré hacia abajo, y ahí estaba, mi corazón, no podría explicar por qué estaba tan segura de que era mi corazón ese trozo de carne roja ya un poco pisoteado y con algunas colillas pegadas, pero lo era. Una rubia muy alta que bailaba a mi lado clavó su tacón de aguja justo en el centro del corazón, y me llevé la mano al pecho esperando la punzada de dolor que vendría, y no sentí nada. Esperé también que bajara la vista asqueada, para comprobar qué era lo que había pisado, pero tampoco sucedió. Sin embargo, mi corazón se partió en trozos y al cabo de varios minutos ya formaba parte de los zapatos de gente que apenas conocía.
Avergonzada, deseando que nadie se diera cuenta de lo que había ocurrido, empecé a deslizar el pie por el suelo, dirigiendo aquellos pedazos hacia las paredes del bar. Un rato después, alguien propuso ir a una discoteca de moda; cogí mi bolso y nos marchamos. En la puerta me volví para ver cómo un camarero aplastaba uno de los pedazos mientras arrastraba un barril de cerveza. “Ahora se le llenarán las manos de sangre”, pensé mientras la puerta se cerraba a mi espalda.
II
Intenté incorporarme rápidamente y en mi cabeza comenzó a sonar una orquesta desafinada donde los principales instrumentos eran el bombo y los platillos. Tenía el pelo aplastado y notaba algo mojado bajo mi cara. Despacio, con cuidado, me senté en la cama y pude comprobar que era mi propio vómito. “Si fuera una perra, lo lamería”, me dije mientras aguantaba una arcada, mi estómago también se quejaba amargamente de la noche anterior. Logré ponerme en pie y caminé hasta el cuarto de baño. Frente al espejo cerré los ojos, todavía no estaba preparada para mirarme. Me lavé la cara con agua fría y levanté la vista. Ahí estaba yo: el pelo pegado al cráneo por el vómito, los ojos rojos, ojeras marcadas y un sabor asqueroso en la boca. “Voy a ducharme, a lavarme los dientes, a cambiar la cama y a acostarme de nuevo” susurré a la imagen que el espejo me devolvía, “mañana estaré mejor”.
Cuando quise quitarme la camiseta manchada para meterme en la ducha, algo me lo impidió. Era como si yo tratara de tirar hacia arriba de la camiseta, y algo o alguien tirara hacia abajo, evitando que me la quitara. Sentí tanto miedo que me faltó la respiración, pero miré para ver qué ocurría y eran mis propias manos las que tiraban hacia abajo de la camiseta, las que no me obedecían. Enganchadas como garfios en la tela, comprobé que no las controlaba, que funcionaban por su cuenta, alejadas por completo de las órdenes de mi cabeza. “¿Por qué, qué pasa?” me pregunté asustada. Y entonces la imagen llegó hasta mí con tal velocidad que me tambaleé como si hubiera recibido una descarga eléctrica. “¡Mi corazón! ¡No está! ¡Mis manos me protegen para que no vea el agujero en mi pecho!” De la misma forma que si hubiera pronunciado un hechizo, mis dedos se aflojaron inmediatamente, de haber tenido en su sitio el corazón, éste galoparía alocadamente bajo mi pecho, pero no era el caso, seguramente ya estaría en la basura junto con los papeles y colillas del bar. “Mira, al menos ya sabes que no te vas a morir de un infarto, nena”, bromeé, todavía muy asustada. Metí las manos bajo el agua de nuevo, dejando que corriera sobre mis muñecas, y me relajé. “Vamos, tú siempre has sido una mujer valiente, nena, tienes que hacerlo, tienes que verlo. No puede ser peor que encontrarte el corazón tirado en el suelo del bar”. Respiré profundamente varias veces, fijé la mirada en la cara del espejo que en ese momento me parecía tan ajena, y con un gesto rápido me quité la camiseta. No había agujero, ni grande ni pequeño. No había sangre, ni cicatriz, ni marcas. Nada. “Tal vez lo has soñado” me dijo una vocecita en mi cabeza. “Sabes que no, que es cierto, NO TIENES CORAZÓN”, me dijo otra. “No quiero volverme loca” pronuncié en voz alta, y las otras voces se callaron al momento.
Entré en la ducha y dejé que el agua limpiara mi cuerpo durante un buen rato. Con los restos de vómito se fueron también gran parte de las inquietudes, y conseguí tranquilizarme un poco más. La noche anterior había sido apoteósica: mucha bebida, algunas drogas, demasiado tabaco y al final, como colofón a la fiesta, un tipo para no dormir sola. Ni siquiera recordaba su cara, aunque eso era algo que no me importaba lo más mínimo. Lo único que le agradecía era que no estuviera allí esa mañana.
Continuará.
domingo, 5 de octubre de 2008
OTOÑO: TIEMPO DE CUENTOS
Sin que nos haya dado tiempo a asimilarlo aun completamente, el verano se nos ha escapado como arena entre los dedos. Adiós a esas tardes en la playa, disfrutando del calor y del jolgorio que todo lo envuelve. Adiós al verano porque, después de tres meses, el pobre ya tiene merecido un descanso y porque para que sepamos apreciar las cosas en su justa medida, éstas no deben durar más de lo debido.
Demos la bienvenida pues al otoño. Y hagámoslo de corazón. Porque si bien el carácter de éste no es el de su hermano, tiene otras cualidades que no debemos desdeñar en absoluto. Es evocador y una fuente de inspiración, es colorido, es familiar y es trabajador (virtud muy loable y más aún en los tiempos que corren).
El otoño, hagamos memoria, es esa época en que las hojas se tornan amarillas y caen arrastradas por el viento, cuando vuelve el olor a tierra mojada y las setas comienzan a brotar en los bosques, cuando las aves afrontan su largo viaje camino del sur, cuando los días se acortan y la niebla inunda los valles, cuando llueve y graniza y cuando el frío se combate mejor a la lumbre compartiendo cuentos. Y casualidad o no, parece que a los hatunes se nos ha despertado nuevamente el afán por narrar historias.
miércoles, 1 de octubre de 2008
Cuentos más largos
Después, el profesor cogió una caja con arena y la vació dentro del bote. Por supuesto que la arena llenó todos los espacios vacíos. El profesor volvió a preguntar de nuevo si el bote estaba lleno. En esta ocasión los estudiantes le respondieron con un sí unánime. El profesor, rápidamente añadió dos tazas de café al contenido del bote y, efectivamente, llenó todos los espacios vacíos entre la arena. Los estudiantes reían.
jueves, 25 de septiembre de 2008
CUENTOS MUY CORTOS
Aquí va el mío:
Era la comida anual de la empresa. Teresa no había podido dejar a su hijo, de 4 años, con nadie, así que lo llevó a la comida, el único niño entre adultos. En un momento de silencio, el niño gritó “¡Papá!”, y todos los hombres de la mesa se volvieron y dijeron al unísono: “¿Qué?” .
FIN
miércoles, 24 de septiembre de 2008
El Guindilla IV

Caminaba erguida por entre las mesas de la oficina, sabiendo a conciencia que todas las miradas estaban fijas en ella, empezó a sentir ira, una ira que subía desde su estómago hasta el principio de su garganta.
ira contenida, contra José Luis y sus promesas, contra Laura y sus celos, contra aquella minúscula oficina que se permitía criticarla, y casi sin darse cuenta empezó a contonear el culo de una forma descaradamente provocativa.
Cuando oyo un silencio a su espalda, un absoluto silencio... cuando el pasillo entre las mesas hubo terminado, solo entonces Ana, deliberada, pausada, lentamente se volvió sobre si misma y sonriendo, en la mas amplia de las sonrisas, levanto el dedo índice en un gesto que no dejaba ningún resquicio.
Salió rápidamente de la oficina, furiosa con el mundo y consigo misma y siguió caminando un buen rato hasta que logro sentir que se calmaba.
Los vio venir de frente , era indudable que era Laura, y era indudable también que aquel que la acompañaba era algo mas que un mero conocido.
Se pararon una frente a la otra, sin decirse nada, como viéndose.. y entonces Laura abrazo a Ana al tiempo que la besaba en ambas mejillas.
Laura se volvió hacia su acompañante, intercambio varias frases rápidas que no apenas pudo oír y vio como el desconocido se alejaba sin despedirse.
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- Ana, necesito hablar contigo
- Laura, hoy precisamente no estoy para muchas charlas.
- Ana de verdad, solo hablamos.
- Quien era ese?
- Alberto, te hable en una ocasión de Alberto, tomamos un café y te lo cuento. Es el chico de la fiesta en la torre de Palamós, el verano pasado.
Laura cogió a Ana de la mano y esta se dejo llevar, la verdad es que le podía la curiosidad. La arrastro calle abajo, mientras le hacia preguntas que Ana no oía ni quería contestar sobre José Luis.
Entraron en el bar, y en pequeño espacio entre ambas puertas, la exterior y la de entrada, laura se volvió hacia Ana, cogió su cara entre sus manos y le dio un beso en la boca al tiempo que le decía: "odio echarte de menos y odio que el cretino de mi marido no sepa apreciar todo lo que vales".
Justo en ese preciso instante Andrés salió del interior del bar y dijo : hola Laura..... me presentas a tu amiga?
Pero no pudo decir ninguna otra frase. En ese instante, José Luis hizo aparición en el bar. Tenía una mirada desafiante, una extraña expresión que no presagiaba nada bueno como efectivamente así sería. Se desabrochó la gabardina, metió su mano derecha en el interior de la curiosa prenda (tengamos en cuenta que era pleno agosto) y sacó una pistola.
Todos enmudecieron a excepción de la máquina tragaperras que en ese momento estaba escupiendo el metálico premio. Antes de que nadie pudiese impedirlo, José Luis disparó certeramente, una bala por cadáver. Un trabajo limpio. Laura, Ana y Andrés se desplomaron como confeti tras la última campanada de fin de año. Luego apuntó a la maldita máquina tragaperras y a su ex-afortunado ganador, para finalmente colocar la pistola entre sus propios dientes... y disparó.
En ese momento entraba el hermano gemelo que viendo todo lo ocurrido se acercó al cuerpo inerte de su doble, completamente desfigurado. Fue entonces que, aprovechando el revuelo de la tragedia, tomó la documentación de su hermano muerto.
Por fin la vida le daba otra oportunidad... por fin podía se había hecho justicia....
el Guindilla III
El guindilla caminaba a paso lento, murmurando en arameo, no solo no había conseguido ganarse el pan del día, sino que también por la intervención de Andrés, había tenido que poner dinero de su bolsillo para llenar el deposito de gasolina al auto de Laura , 30 euros - refunfuñaba una y otra vez - 30 euros.
Metió la manos en su bolsillo derecho, ya solo encontró una moneda de un euro , de perdidos al rió - pensó , y entro en la administración de Loterías que estaba en la esquina de su calle.
- Un bonoloto de dos apuestas - pidió, ¿ hay bote ?
- Sí , esta noche hay mas de dos millones de euros - contesto la chica que le atendió.
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Se metió el resguardo en el bolsillo, pero antes de salir se dio cuenta que una mujer distraida, mientras comprobaba en la lista de premios colgada al efecto, si tenia algún décimo premiado, había dejado su bolso en el suelo, entre las piernas. Sin que nadie se diera cuenta se agacho y tomo tan valioso botín.
Ya en casa , con una minuciosidad propia de un médico forense, se dispuso a destripar el bolso. Primero cogió la cartera, la abrió; dos billetes de 20 euros, varias tarjetas de crédito, el dni, el carnet de conducir.
Su anónima benefactora se llamaba Ana, al sacar el dni del departamento en el que se encontraba,para curiosidad la edad de ella, apareció una foto que le dejo boquiabierto.
-Coño - exclamo perplejo , si el tipo de la foto es igual que yo.
En efecto, el bolso era de Ana, la compañera de trabajo y amante de José luis, el marido de Laura, su desconocido hermano gemelo.
martes, 23 de septiembre de 2008
El Guindilla II
Ana se recompuso el vestido lo mejor que pudo. No es que a estas alturas le importara mucho, pues de sobras conocía que toda la oficina estaba al tanto de su lio con José Luis, pero le fastidiaba sobremanera parecer descuidada.
Empezaba a estar un poco harta de las prisas, los encuentros furtivos, los revolcones normalmente interrumpidos por llamadas de teléfono, el sexo oral y los desastres en su maquillaje.
No es que José Luis fuera un mal amante, ella lo sabia o mas bien lo intuía por sus besos y caricias, que con tiempo y con calma el se mostraría un amante experto.
Pero no había tiempo, nunca había tiempo para nada.Trabajaban en diferentes departamentos, y casi nunca había motivo justificado para verse, por eso las premuras, por eso las prisas, por eso las visitas de uno al otro injustificadas, por eso las promesas de futuros encuentros, por eso las palabras quedas dichas al oído del otro.
Ana y Laura, se conocían, de un modo extraño, pero se conocían...
[+/-] Seguir Leyendo...
Después de devolver el automóvil, Andrés y el guindilla se marchaban juntos, asuntos policiales dijo Andrés.
Rápido de reflejos Alberto pago las consumiciones e intentando imitar la desgarradora mirada de Andrés, se había dado cuenta que Andrés había provocado cierto sonrojo en Laura al mirarla cuando ella le dió fuego, le dijo:
Laura me preguntaste si te deseaba, y antes de darle tiempo a contestar añadió -vámonos a otro sitio.
El la tomo de la mano y salieron del pub-bar, Laura se sentía como en una nube, no le importaba que algún conocido la viera caminando por la calle de la mano de Alberto.
Casi sin pronunciar palabras, solo lacónicos sies y noes, a lo que decía Alberto, anduvieron unos cinco minutos, hasta que el se paró y señalando con el dedo pregunto a Laura:
- ¿ Has entrado alguna vez en un sex-shop ?
- No , respondió ella, y su mirada instintivamente le llevo a leer los anuncios que en fosforescentes letreros decían: cabinas dobles y sencillas.
- Ten fe en mí , y con seguridad la condujo dentro del sex-shop.
lunes, 22 de septiembre de 2008
El Guindilla I
Llegas tarde Laura oyó Andres decir a su desconocido compañero de barra. Y eso que he aparcado en doble fila, Alberto - contesto ella.
Mientras tanto José luis " el guindilla", no pudo resistirse a la tentación. Laura en su premura, había dejado las llaves del automóvil puestas. Veinte segundos después, el guindilla estrenaba automóvil nuevo.
Andrés, que estaba sentado en un taburete, justo al lado de Alberto,después de apurar el último trago de Havanna siete años con Cola,interrumpió a la pareja:
Perdonad que os interrumpa, pero acaban de robarte el coche - dijo dirigiéndose a Laura.
Dos minutos despues sonaba en el teléfono móvil de ella, también lo había olvidado en el asiento derecho,el guindilla dudo entre contestar o no, y como tenia ganas de guasa, finalmente contesto : digame
Guindilla , soy Andrés de la brigada de información, devuelve rápidamente el coche que acabas de coger prestado,si lo haces la propietaria no presentara una denuncia contra tí. Pero antes pasate por la gasolinera y llena el deposito.
Tardaré diez minutos - contesto el guindilla , con una voz que denotaba cierto malestar.
En diez minutos lo tienes en la puerta - dijo andrés .
¿ Como puedo agradecertelo ? - pregunto Laura.
y Andrés poniéndose un marlboro en la comisura izquierda de los labios respondió - dame fuego .Laura acerco el mechero , Andrés tomo su mano entre las suyas , acerco la llama al cigarro y fijo su penetrante mirada en los ojos de Laura, en la llama, después en el escote y finalmente de nuevo en los ojos de Laura.
Tras expirar la primera calada al recién prendido cigarro exclamo - me llamo Andrés , aunque despuésde escuchar mi conversación con el guindilla supongo que ya conoceréis mi nombre.. y mi profesión.
y vosotros os llamais Laura y Alberto.
Diez minutos después tal y como había prometido el guindilla a Andrés, el coche volvía a estar en el lugar que Laura lo había dejado.
Andrés hizo una señal para que el guindilla se acercara, Laura palideció al contemplar el vivo retrato de su marido José Luis, pero con el pelo mas largo y una incipiente barba de cinco días, ¿ pero si esta mañana se ha afeitado ?, ¿ y esa ropa cuando se la había comprado ?
Para dar luz a este misterio hemos de remontarnos a cuarenta y tres años antes...

Una fría mañana de febrero del 1963, pasaban dos minutos de las 6 de la mañana cuando sonó el timbre de la puerta en el convento de las clarisas, sor margarita con paso cansino se dirigió hacia el torno, apoyando sus desgastadas manos en la palanca que hacia que girara, tiro con fuerza hacia abajo.
Ante sus ojos aparecieron, envueltos en una raída manta marrón, dos gemelos.Acostumbrada como ella estaba a tratar con bebes abandonados, calculó que no tendrían más de dos semanas, con cuidado, ternura, tomo la manta y se dirigió a acomodarlos en dos cunas.
La fortuna fue desigual para ellos, uno fue adoptado por una acomodada familia y el otro paso su infancia y adolescencia en el orfanato provincial.
Los gemelos recibieron diferente educación, tenían diferentes apellidos, pero por extrañas circunstancias al ser separados antes de ser inscritos en el registro civil, tenían el mismo nombre...José Luis.
viernes, 19 de septiembre de 2008
Ricote y su valle
A mi memoria vienen ahora recuerdos de mi infancia, cuando todos los primos esperábamos con ansiedad las vacaciones de Navidad para encontrarnos en Ricote, el pueblo de mi abuela. Cuando mi padre cogía sus ansiadas vacaciones, llenábamos el viejo 127 de maletas y partíamos para el pueblo. Mis hermanos y yo estábamos emocionados, y llenábamos el viaje de canciones, gritos y peleas que ponían de los nervios a mis padres, hasta que llegábamos a la carretera que subía al pueblo. Eran dos kilómetros de una carretera estrecha, mal asfaltada, con un gran barranco a un lado y un macizo de piedra al otro, que subía serpenteando durante dos infinitos kilómetros y que lograba que se hiciera el silencio dentro del coche. Después de las curvas, un tramo muy recto en el que encontrabas dos cementerios: el de Ojós, el pueblo de abajo, y el propio de Ricote. Entre estos dos cementerios, sobre todo cuando viajábamos de noche, mi padre nos contaba una anécdota, siempre la misma, que no por escuchada resultaba menos interesante:
- Cuando era novio de vuestra madre, y subía a Ricote todos los días con
Entonces, mi padre hacía una pausa esperando la consabida interrupción.
- ¿Y qué era, papá? – preguntaba mi hermano. El temor se reflejaba en nuestras pequeñas caras dentro de la oscuridad del vehículo.
- Ay, hijos, resulta que yo llevaba siempre una gabardina larga, y esa noche, con el viento, se me enganchó en la rueda de la moto, y claro, al tratar de andar, no podía, porque me tiraba. Pero hasta que me di cuenta, o mejor, hasta que me atreví a mirar atrás y vi lo que pasaba, estuve unos minutos con el corazón que se me salía del pecho.
Ahí todos reíamos, cuando al fondo de la carretera ya se veía el pueblo, por lo que recuerdo que siempre entrábamos en Ricote contentos, incluso después de haber pasado al lado de dos cementerios.
Unos metros antes de comenzar las casas había una piedra muy grande al lado de la carretera donde el pueblo saludaba: “Ricote saluda al viajero”. Ya sabéis que el que se acercaba a Ricote lo hacía a conciencia, por tanto el pueblo sabía que era un viajero, alguien que había ido expresamente a verlo. Y como tal lo saludaba.
En el pueblo lo primero que te llamaba la atención era el olor a lumbre, a hogar, a chimenea. Es un olor difícil de olvidar: algunas veces lo huelo en otros pueblos, en otras calles, y trae a mi cabeza las calles de Ricote. Era como si todo el pueblo asara castañas en el fuego a la vez, más que olor, era un aroma que invitaba a sentarse al lado de esa chimenea, con la luz apagada, mirando el crepitar de la lumbre, a escuchar las historias de la abuela.
Y por fin bajábamos del coche, y entrábamos los niños en tromba en casa de mi abuela, que nos esperaba con una bandeja de cordiales caseros, y la besábamos y la achuchábamos, y aspirábamos el olor de la chimenea y el aroma de mi abuela, que siempre era a rosas. Es curioso cómo los olores traen recuerdos: a veces, cuando huelo a rosas, siento como si mi abuela se materializase delante de mis ojos, y evoco sus gestos, su peinado (un moño, siempre un moño), sus arrugas, sus manos lisas y suaves, su voz.
Hoy en día, Ricote sigue presentándose al viajero con sus dos cementerios y con su piedra que lo saluda. Situado sobre una montaña, preside un valle al que da nombre, y que es de la poca huerta que queda en mi región y en España. Un pueblo que sigue teniendo pocos habitantes, con calles estrechas y olor a chimenea. La antigua carretera que serpenteaba hasta Ricote ha dejado paso a una más moderna, aunque todavía se ven los tramos de curvas que cortaron al hacer la nueva. En mi región se ha convertido en un lugar muy conocido por su montaña, su valle y un restaurante en el que se sirve carne de ciervo, jabalí e incluso canguro. Las fiestas patronales, el 20 de enero, en honor a San Sebastián, llevan a multitud de viajeros hasta sus calles, y a muchos hijos del pueblo que, como mi madre, marcharon de allí buscando un futuro mejor.
Desde que murió mi abuela, hace ya bastantes años, la gran familia que éramos ya no ha vuelto a encontrarse toda, al completo, en Ricote.
