Si hacemos caso a la definición que de límite dio el viejo Euclides, ese geómetra sito en Alejandría, límite será aquello que es extremo de algo. Y uno o varios límites definen una figura. Para lo que a este ensayo concierne, esa figura es la de Europa.
Si procuramos aplicar esta definición a la realidad geográfica, los límites de Europa habrán de ser el Océano Atlántico, el Mar Mediterráneo, el Mar de Barents, el Cáucaso y los Urales. Con salvedad de algunos territorios resguardados por poderosas cadenas montañosas, como las tierras al sur de los Pirineos, los Alpes, los Cárpatos y los Balcanes, Europa es, pues, una vasta planicie, segmentada por ríos más o menos poderosos; que se funde con el Asia, que la desborda, y con quien -si nos ponemos platónicos- podríamos decir que está en constante diálogo, o con quien -si recurrimos a la célebre máxima de Clausewitz- se encuentra llanamente en permanente confrontación.
Como en una de esas caídas en cadena de fichas de dominó, la enésima encarnación de Polonia avanzó su frontera al término de la Segunda Guerra Mundial hasta el río Oder, incorporando de ese modo a Pomerania, y, pese a estar al otro lado del río, también a la capital de dicho ducado, Stettin, y privando a su vez a Berlín de la que había sido su salida al mar desde la ocupación de la ciudad hanseática durante la Gran Guerra del Norte (1700-1721).
Por el sudoeste, las también cálidas aguas del Mar Negro, fueron asimismo objeto de deseo de los rusos, para llegar al ansiado Mediterráneo. Porque también en las creencias hay límites para Europa. De hecho, la historia de rivalidad entre hermanos, la de Caín y Abel llega hasta nuestros días, porque, pese a que con el Edicto de Tesalónica (380) podría pensarse que el cristianismo reunifica religiosamente al ya tocado de muerte Imperio Romano, lo cierto es que la división política e institucional del Imperio de Teodosio en 395 marca una cesura irreversible. En 1054, las tensiones entre el Imperio Romano de Oriente y el Papado, en calidad de heredero espiritual del Imperio Romano de Occidente, y la disparidad cultural creada -griego el uno, latino el otro- llevaron al cisma del que surgen la Iglesia Católica -la de Roma- y la Iglesia Ortodoxa -la de Bizancio-. Quién es Caín y quién Abel ya es más difícil de discernir. Dejémoslo en que las Cruzadas y, posteriormente, la Masacre de los Latinos, ensangrentaron las manos de ambas partes, católicos y ortodoxos. De rito ortodoxo habría de ser, por cierto, también el Metropolitano de Moscú. Y una vez caída en manos de los bárbaros la ciudad del Tíber -la primera Roma-, y la Segunda Roma -Constantinopla- en manos del Turco, ya solo quedará Moscú. Y la Tercera Roma, como la llaman los rusos, no ha de caer.
Estamos ante una translatio imperii como otra cualquiera. Como la de Carlomagno, por ejemplo. O la del Sacro Imperio Romano Germánico. O la de los mismísimos Estados Unidos de América, que, más enrevesadamente, enraíza sus pretensiones imperiales tanto por medio del Imperio Británico como del Imperio Español, a los que, en buena medida, hereda. Pero a ellos mismos les gusta ensalzarse como la primera República desde Roma.
De Rudyard Kipling, ahora que cabalga el jinete del caballo rojo por el continente, saludable es recordar también los Epitafios de la guerra. Quizá el más célebre de dichos epitafios se lo dedicó el inglés a su propio hijo, fallecido en el transcurso de aquélla que se conoció en su momento como la Gran Guerra (1914-1918):
“If any question why we died
Tell them, beacuse our fathers lied”
Hoy también te llaman héroe si te quedas en Ucrania a luchar, aunque se deba a que, a los varones de entre 18 y 60 años se les prohíbe abandonar el país junto a sus mujeres y sus hijos pequeños. ¿Mintieron también los padres? ¿Mienten hoy quienes cantan modernas baladas, en formato de informativo televisivo, crónica de periódico, tertulia radiofónica o trino en redes sociales? ¿Aún hay quien sepa distinguir información de propaganda? ¿Censurar medios es luchar por la Verdad?
Quizá sea cosa mía, pero, en vista de lo anterior, parece que las fronteras, y, por ende, los límites de Europa a lo largo de la Historia -y del Arte-, también han sido bastante volubles.
Volvamos, pues, a buscar los límites de Europa. Etimológicamente, el nombre de nuestro continente está relacionado con Εΰρος, el viento del Este, cosa que quizá alegre a los rusófilos, que los hay. Pero tampoco ahí están claros límites, pues hay quien propone un origen semítico de la palabra, con un significado opuesto al anterior: "Poniente". La esquizofrenia no nos abandona.
Económicamente hablando, la Comunidad Europea del Carbón y del
Acero supuso la colaboración de las casi sepultadas Francia y Alemania
Occidental, después de llevar a bayonetazo limpio desde la guerra
franco-prusiana (1870) y aún antes. ¿Cuáles eran los límites de la CECA?
Regular los recursos al oeste del Telón de Acero entre Francia, Alemania,
Italia y el Benelux. Inspirado en origen por el cristianismo ecuménico y por
los ideales de la Ilustración -esta última que de tan buena fama sigue gozando,
pese a la tozudez de algunos hechos-, se firmó en 1957 el Tratado de Roma, que
constituía la semilla de la que germinaría la Comunidad Económica Europea, antecesora
de nuestra actual Unión Europea. Una unión que nació para acotar, poner límite
una vez más, en este caso al Pacto de Varsovia. Pero Varsovia está en el
corazón de Europa y no en su frontera, si recordamos el comienzo de este ya demasiado
largo ensayo. La prevalencia de la economía de mercado, de la prosperidad
material y de las libertades individuales, frente a la economía
planificada, frente a los planes quinquenales, y frente a la la dictadura
comunista, dieron el empuje necesario a Occidente para que los propios
ciudadanos de la Alemania Oriental y de las demás Repúblicas Populares
derribaran el odioso muro que separaba un continente por la mitad. Los nuevos
límites geográficos de la UE los marcaban, de pronto, dos Estados que orbitaban
aún en las inmediaciones de Moscú: los rusos blancos (Bielorrusia) y la
"frontera", que no otra cosa quiere decir Ucrania. Y por Ucrania han
rivalizado desde entonces la UE y la Federación Rusa de Putin, que hereda el
desastre mayúsculo de Yeltsin. Europa
ofrecía la Eurocopa y Eurovisión.
Putin acaba de ofrecer argumentos más sólidos.
¿Y qué ofrece Ucrania? Miseria y riqueza, problemas y algunas
soluciones, historia, arte. La esencia de Europa Central: porque, de hecho, ha
sufrido innumerables cambios en sus fronteras, y poco tienen que ver entre sí
las regiones que hoy en día la constituyen. Así, por ejemplo, poco tienen que
ver Galizia, Lodomeria y la Bucovina (ligadas históricamente a Polonia, luego,
durante las particiones polacas, incorporadas a Austria; de rito católico) con
la también región ucraniana de la Rus de Kiev (ligada históricamente a Rusia,
de rito ortodoxo). Pero conviven entre sí, mal que bien, como el alfabeto
latino y el cirílico. Esta falta de delimitación clara, esa mezcolanza cultural,
es típica de esa Gran Llanura Europea a la que hacía referencia unos párrafos
más arriba, como podéis ver en estas fotos de 2012:
¿Seguimos con los límites de Europa o nos hemos cansado ya? ¿Cuáles son los límites de la Scientia Prima en Europa? ¿Cuáles son los límites de la Filosofía? Seguramente nunca pasaremos de Sócrates, que, si hoy volviera a pasearse por el ágora de Atenas -o, en su defecto, por alguna red social-, dejando en ridículo a los sofistas, volvería a ser condenado por impiedad y por corrupción de la juventud. Antes aún, Anaxágoras tuvo que exiliarse de su patria por sugerir que el Sol no era una divinidad sino una masa candente, y que la Luna no era más que una roca que reflejaba la luz solar. Dicen que Galileo pronunció aquello de "eppur si muove", pero yo no me lo creo. ¡Cómo iba a decir eso, jugándose la excomunión, un hombre del siglo XVII, cuando en 2022 sin ir más lejos, le llaman a uno de todo menos bonito, simplemente por plantear dudas razonadas acerca de una vacuna que, hace menos de tres años, no habría sido merecedora de tal nombre! Porque habíamos progresado, ¿verdad? ¿¿Verdad??
Mencionaba antes a Immanuel Kant. Referente para unos,
otros le atribuyen la "Ética de la Razón Pura".
No obstante, hasta que los intelectuales encuentren
algún manuscrito inédito bajo ese título, detengámonos en su ensayo "Sobre
la paz perpetua" (1795). En dicho escrito, el ilustre ciudadano
de Königsberg enumeraba una serie de condiciones sine qua non para
dicha situación ideal de paz perpetua: que "desaparezcan los ejércitos
permanentes", que "ningún Estado debe inmiscuirse por la fuerza en la
Constitución o Gobierno de otro Estado", que "un Estado no debe
endeudarse para provocar fricciones con otros Estados", y, finalmente, que
"ningún Estado debe permitir según qué actos, ni siquiera en guerra con
otro Estado. Verbigracia: incitar a la traición del Estado enemigo, asesinato,
envenenamiento, etc.". Como veis, Herr Immanuel imaginaba
"all the people" casi doscientos años antes que John
Lennon.
A veces no sabe uno qué se piensan los alemanes de la vida. Escarmentados
por dos guerras mundiales perdidas, los krauts de última
generación parecíamos haber abrazado el credo lennoniano, niano, niano,
de paz y amor. Personalmente, y ya que estamos embadurnándonos con almíbares,
estoy en una etapa de la vida en la que me tira más De Sica y
su pane, amore e fantasía.
Al menos hay algo de sustancia ahí: la Lollo, por ejemplo. Y el pan, claro. Porque, amigos, con el pan, pocas bromas. Igual que con el maíz. O con las pipas de girasol, que, al paso que va la guerra, van a terminar comprándose no en kioscos sino en boutiques. Quién nos lo iba a decir. Sobre todo, desde que nos hemos enterado que Ucrania es el mayor productor mundial de esa variedad de heliotropo. Curiosamente, el girasol es el emblema de Los Verdes en Alemania, que, a este paso, se van a quedar lívidos con la vuelta a las nucleares, aquellas que en los 80-90-00-10 y hasta anteayer mismo fueran sus enemigas acérrimas, tras los incidentes en Harrisburg (EE.UU., 1979), Chernobyl (Ucrania, entonces URSS, 1986) y Fukushima (Japón, 2011).
Pero, sin abandonar Alemania, volvamos al pan. El que se lo untó bien con mantequilla y beluga ruso fue el canciller Schröder, cuando diseñó la nueva política energética alemana, abrazando el ecologismo del gas natural, sueldazo de la rusa Gazprom mediante. Lógicamente, había que llevarse bien con el vecino. Política que su sucesora Merkel, por mucha RDA que hubiera mamado, no sólo no cambió, sino que afianzó, a pesar de que a los enemigos políticos internos de Putin -por ejemplo, Litvinenko, otro ex-KGB- se les indigestara el té con polonio. O que el dirigente ruso destrozara Chechenia. O Siria. O que le debieran a él y a Erdogan la crisis de refugiados de 2015. O que se hubiera anexionado Crimea en 2014. O que coqueteara con reconocer las autoproclamadas "Repúblicas Populares" de Donetsk y Lugansk, como finalmente ha hecho. La ya mencionada gasística estatal rusa financió un gasoducto por el Báltico, uniendo directamente Rusia con Alemania. Cerrarlo antes de echar a andar, dejando un considerable pufo a los rusos, no debió sentar del todo bien en el Kremlin. Los otros gasoductos rusos que abastecen Europa llegan atravesando Bielorrusia (aliado de Putin) y... Ucrania. La única entrada que faltaba por controlar. Y en esas estamos. Por cierto, tanto Argelia -que también suministra gas a Europa- como Irán -que lo pretende- son aliados estratégicos de Rusia. Y el Reino Unido, el actor que faltaba en el teatro europeo, goza de relativa independencia energética. Viéndolas venir, seguramente, se aisló un poquito, como acostumbra hacer cuando le conviene.
Tampoco al expeditivo Trump le pareció coherente que Alemania se dejara costear la seguridad por los EE.UU., mientras al Oso Ruso pensaba pagarle a tocateja. Los norteamericanos, "We the people", que, bien se dejaron asaltar el Capitolio y les aguarda la decadencia, o bien simularon dicho asalto y han escenificado una colosal pantomima, por medio de la Organización del Tratado del Atlántico Norte también marcan de facto límites a Europa y cierran la llave de paso del gas ruso a Alemania.
Quizá haya que volver a los mitos fundadores para encontrar la
razón de nuestra desmesura, de nuestra falta de límites. Para hallar, en
definitiva, la razón de ser de nuestra hybris. Pues bien: los
griegos, desde el ciego Homero, veían a Europa como
una doncella raptada por el Padre Zeus bajo la forma de un
toro blanco.
El albahío debió de parecerle manso a aquella princesa fenicia, pues la joven se montó sobre él; circunstancia esta que aprovechó el audaz Zeus, tornado en astado, para escapar con la muchacha sobre su grupa, atravesando el Mediterráneo hasta alcanzar las costas helenas. Allí, aquella amante -una de tantas- del Padre de los Dioses llegó a reinar sobre los cretenses, dejando como descendencia del divino Zeus a los arcontes que habrían de juzgar a quienes, sombras de lo que fueron, cruzan desde entonces y para toda la eternidad el río Estigia. Esa tradición de juzgar pervive en Europa. Hoy, de hecho, con especial fervor. Y el límite de nuestros juicios no se detiene, como en el caso de Minos y Radamantos, ni ante los muertos. Es como si los hijos de Europa y Zeus se hubieran mudado desde el Hades a, pongamos, Bruselas. Las brumas son similares en uno y otro sitio, me temo.
Hoy te cancelan por ruso. Hombre, que cancelen las películas
de Tarkovski no me parece del todo bien, pero lo de Dostoyevski ya
es que clama al cielo. No hablaré de Raskólnikov, porque la mente de ese
pobre diablo, creada ex nihilo por el absoluto genio del novelista ruso
daría para alargar ad nauseam este ensayito con ínfulas y no
son horas. Más europeo que Fiódor no lo hay. En el casino de
Baden-Baden casi se arruina. Curiosamente, por el boicot al dinero ruso, a
"los o l i g a r c a s" rusos (Abramovic, Deripaska o Fridman),
-no confundir con "los f i l á n t r o p o s" occidentales (Gates, Bezos, Rockefeller, Botín, Dyson, Oetker, Bettencourt o Agnelli)-
supongo que los estarán salvando de la ruina. Yo con eso, pese a los 100 € de
depósito de gasolina que eché ayer, me quedo tranquilo.
Siempre ayuda a esa ataraxia estoica -serenidad del alma, queridos míos- enterarte de que se va a rodar una serie documental para mostrarnos el lado humano de Pedro Sánchez. Sobre todo, porque creo que, independientemente de lo que cueste esa serie, será dinero bien invertido. Si ese autómata narciso que se agarra al poder como una lapa tiene un lado humano, yo quiero verlo. Cueste lo que cueste.
Por otra parte, la cancelación te puede llegar, en referencia a María Dolores de Cospedal, en diferido. Algo parecido parece estar pasándole a Putin. ¿Ahora se dan cuenta de quién es Don Vladímir? Ex KGB en Berlín Oriental, nuevo Presidente del Consejo de Ministros de la Unión Soviétic..., quiero decir, nuevo zar de todas las Rusias... "¿Todas? No, todas, no. Un Estado poblado por irreductibles rutenos resiste, todavía y ¿como siempre? al invasor. Y la vida no es fácil para las guarniciones rusas estacionadas en Mariúpol, Khárkov y Khersón". Creo que con el Marx petardo -es decir, con el de la vetusta Tréveris- coincido, además de en el idioma natal, únicamente en que la historia se repite como farsa.
Para acabar y parafraseando al laureado Dante, podemos
decir que de la cancelación no se sale. O quizá es peor que te manden al Metaverso:
"Lasciate ogni speranza".
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