lunes, 17 de noviembre de 2008

BUCEANDO

Ayer tarde me dedique a bucear por Hatunia, maldita la hora… ¿Maldita? Os preguntareis. ¿Por qué dice “maldita la hora” el Subcomandante? Allá, en las profundidades de Hatunia fui encontrando mensajes que me citaban, o me recordaban, y no solo con cariño, sino con devoción y tan llenos de tristeza y pesar como de cariño sincero… Como hacían referencia a otros del “foroloco” allí fui, con mi escafandra de buceo y mi cota de malla contra la estulticia de unos y contra la nostalgia de muchos buenos ratos pasados allá, en vuestra compañía, no solo virtual y cibernética, sino tan real como la de cualquier fiel amigo, como la de cualquiera de los que amas y te aman que aun en su ausencia te conforta su amor y su recuerdo.

¿Y qué me encontré en las profundidades del “foroloco”? Allí estabais todos vosotros, mis queridos y amados hermanos, soldados de Hatunia, guerreros feroces e invictos, de valor inconmensurable forjado en mil batallas, vosotros a los que no haría temblar un ejército hostil de miles de temibles soldados, allí, llorando la ausencia de vuestro capitán, de vuestro amigo, de vuestro hermano… y mi cota de malla contra la tristeza se quebró, y sentí cada lloro, hice mía cada lágrima, y añoré cada uno de los momentos pasados, disfrutados a vuestro lado, y, sin poder evitarlo, la lagrimas vinieron a mis ojos, espero que de corta visita, y me sentí culpable por dejaros huérfanos, aunque no hayan sido más que unos meses, de esa manera tan inesperada, sin un adiós o una explicación..

Muchas veces me demostrasteis vuestro valor, vuestra inteligencia, cada día disfrute de vuestro sentido del humor, pero ayer vi, además de todo esto, vuestro amor y cariño, desde mi querida benjamina Mireyeta, hasta la última, el último de mis bravos hatunes, y yo, ya desarmado, a pecho descubierto, tan solo deciros, os amo.

Subcomandante Bloguerrillero
General de los Ejércitos de Hatunia
Amado Inconmensurablemente
Afortunado en amores y en amigos
p.d.: Cancion "Allá donde habitan los Hatunes"
En el mar más profundo, allá donde solo habitan los Hatunes
Donde solo se escucha el rumor de las olas,
y la música incesante de los corazones
de todos vosotros, sus habitantes,
donde no hay odio, envidias, donde no hay dolor..
Donde solo impera el amor,
allá, donde todos se miran a los ojos,
desnudas sus almas, desnudos sus corazones,
donde la sonrisa en el primer saludo,
allí, quiero estar yo

Donde el negocio no tiene lugar,
donde el odio no se concibe,
donde el dinero no tiene valor,
y donde el artificio, y la vanidad están de más,
allí, donde estáis vosotros, allí, mis amigos,
mis queridos amigos, allí quiero vivir yo

Donde cada palabra es un poema,
donde cada frase una canción,
donde todo es pureza, cariño, amor,
donde cada mirada es un beso
y cada caricia hacer el amor,
donde estéis vosotros,
mis queridos hatunes,
allí moriré yo

DEPORTE DE RIESGO

Siguiendo con mis reportajillos cutre-salchicheros, parcos en palabras - ya habrá tiempo para explayarse largo y tendido - pero bien nutridos de imágenes, hoy toca algo sobre un deporte extremo. Más que nada por el riesgo que supone para el bolsillo... Por lo demás, estético, relajante y entretenido, aunque muy perro.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Un cuento de corazón (2ª y última parte)

III
Pasaron los días y fui recuperando mi vida normal: buscar trabajo, sellar el paro, salir de copas, ver la tele, leer un poco. Casi había olvidado el tema del corazón, salvo por pequeños detalles que me alarmaban cuando se producían, pero que borraba de mi memoria rápidamente. Una tarde descubrí que llevaba más de media hora mirando la ventana de la lavadora, la veía girar y girar con la ropa dentro, y sentía lo mismo que si estuviera viendo la televisión, es decir, nada. Ya no iba al cine, no me emocionaba, y evitaba el contacto con otras personas. No me interesaba nada lo que tuvieran que contarme.
Un día, hacía ya más de quince del episodio del corazón, llamaron al timbre con insistencia. Abrí la puerta sin preocuparme de mi aspecto, y me encontré a un chico joven de sonrisa torcida vestido con el uniforme de una empresa de transporte.
- ¿Sí? –pregunté.
- ¿Es usted María… Soriano? – me devolvió la pregunta.
- Si, ¿qué quieres? –unos segundos de conversación ya me habían hastiado.
- Traigo este paquete para usted.
- ¿Paquete? ¿Qué paquete? Yo no he encargado nada –le respondí.
- Bueno… Yo no se, tiene que firmarme aquí y aquí –me dijo señalando un formulario.
- ¿Hay que pagar algo? –pregunté suspicaz.
- No, no, ya está, sólo tiene que firmarme, señora –contestó.
Sonreí ante lo de señora. Yo podría ser todo menos una señora, así me lo decía el espejo todos los días, era evidente.
Firmé donde el chico me indicaba y me entregó el paquete. Se marchó. Sopesé la pequeña caja que me había dado: estaba muy bien envuelta y pesaba poco. Leí el nombre del remitente y no lo reconocí, además, los apellidos estaban borrosos, sólo identifiqué el nombre de Jaime. No conocía a ningún Jaime, me dije. Pasados unos minutos al fin me di cuenta de que seguía en la puerta de casa, entré y cerré suavemente. Dejé el paquete sobre la mesa de la cocina. Me intrigaba, pero no me decidía a abrirlo, como si no quisiera saber qué guardaba. Me preparé un café y encendí un pitillo; me senté ante la mesa y cogí unas tijeras de cocina para cortar el precinto. Finalmente la abrí. Y allí estaba, hecho trozos, todavía con algún resto de basura pegado, mi corazón.
Noté que una arcada subía desde mi estómago hasta la boca, el café y el cigarrillo quedaron olvidados en la mesa de la cocina, me precipité al baño y vomité todo lo que había comido. “Esto si es un gran recibimiento”, pensé, “me despedí de él con vómitos y vuelve a mi para que vomite de nuevo”. Me limpié como pude y volví a la cocina. Sentada frente al paquete, lo miraba y no sabía qué hacer. Se me ocurrió meterlo a la nevera. “Qué estupidez, lleva más de quince días por ahí y está hecho pedazos”, me dije. “¿Qué hago? ¿Me estoy volviendo loca? No, tengo un paquete, tengo un nombre, he firmado un recibo, alguien me lo ha mandado, esto es real… ¿Qué hago, por Dios?” Y la respuesta me la dio una de las voces que habitaban en mi cabeza: “Cómetelo”, me dijo. Y no lo pensé, cogí una sartén, añadí aceite y volqué el contenido del paquete. Quería que volviera a mí, daba igual la forma, lo necesitaba en mi cuerpo de nuevo. Y me lo comí. Con cada bocado lloré todo lo que no había llorado nunca, y cuando terminé me quedé satisfecha y totalmente relajada.

IV
Han pasado cinco años desde que me ocurrió aquello. Enderecé mi vida como pude y conseguí un trabajo que no estaba mal pagado, conocí a un hombre del que me enamoré y fui correspondida, y aunque a veces discutimos agriamente, ambos sabemos que nos queremos y seguimos juntos. No le he contado lo que me pasó, tal vez no me creería.
Por cierto. Se llama Jaime.
FIN

martes, 11 de noviembre de 2008

Un cuento de corazón

Por encima de la música que sonaba y del ruido de las conversaciones, escuché una especie de chapoteo. Miré hacia abajo, y ahí estaba, mi corazón, no podría explicar por qué estaba tan segura de que era mi corazón ese trozo de carne roja ya un poco pisoteado y con algunas colillas pegadas, pero lo era. Una rubia muy alta que bailaba a mi lado clavó su tacón de aguja justo en el centro del corazón, y me llevé la mano al pecho esperando la punzada de dolor que vendría, y no sentí nada. Esperé también que bajara la vista asqueada, para comprobar qué era lo que había pisado, pero tampoco sucedió. Sin embargo, mi corazón se partió en trozos y al cabo de varios minutos ya formaba parte de los zapatos de gente que apenas conocía.

Avergonzada, deseando que nadie se diera cuenta de lo que había ocurrido, empecé a deslizar el pie por el suelo, dirigiendo aquellos pedazos hacia las paredes del bar. Un rato después, alguien propuso ir a una discoteca de moda; cogí mi bolso y nos marchamos. En la puerta me volví para ver cómo un camarero aplastaba uno de los pedazos mientras arrastraba un barril de cerveza. “Ahora se le llenarán las manos de sangre”, pensé mientras la puerta se cerraba a mi espalda.

II

Intenté incorporarme rápidamente y en mi cabeza comenzó a sonar una orquesta desafinada donde los principales instrumentos eran el bombo y los platillos. Tenía el pelo aplastado y notaba algo mojado bajo mi cara. Despacio, con cuidado, me senté en la cama y pude comprobar que era mi propio vómito. “Si fuera una perra, lo lamería”, me dije mientras aguantaba una arcada, mi estómago también se quejaba amargamente de la noche anterior. Logré ponerme en pie y caminé hasta el cuarto de baño. Frente al espejo cerré los ojos, todavía no estaba preparada para mirarme. Me lavé la cara con agua fría y levanté la vista. Ahí estaba yo: el pelo pegado al cráneo por el vómito, los ojos rojos, ojeras marcadas y un sabor asqueroso en la boca. “Voy a ducharme, a lavarme los dientes, a cambiar la cama y a acostarme de nuevo” susurré a la imagen que el espejo me devolvía, “mañana estaré mejor”.

Cuando quise quitarme la camiseta manchada para meterme en la ducha, algo me lo impidió. Era como si yo tratara de tirar hacia arriba de la camiseta, y algo o alguien tirara hacia abajo, evitando que me la quitara. Sentí tanto miedo que me faltó la respiración, pero miré para ver qué ocurría y eran mis propias manos las que tiraban hacia abajo de la camiseta, las que no me obedecían. Enganchadas como garfios en la tela, comprobé que no las controlaba, que funcionaban por su cuenta, alejadas por completo de las órdenes de mi cabeza. “¿Por qué, qué pasa?” me pregunté asustada. Y entonces la imagen llegó hasta mí con tal velocidad que me tambaleé como si hubiera recibido una descarga eléctrica. “¡Mi corazón! ¡No está! ¡Mis manos me protegen para que no vea el agujero en mi pecho!” De la misma forma que si hubiera pronunciado un hechizo, mis dedos se aflojaron inmediatamente, de haber tenido en su sitio el corazón, éste galoparía alocadamente bajo mi pecho, pero no era el caso, seguramente ya estaría en la basura junto con los papeles y colillas del bar. “Mira, al menos ya sabes que no te vas a morir de un infarto, nena”, bromeé, todavía muy asustada. Metí las manos bajo el agua de nuevo, dejando que corriera sobre mis muñecas, y me relajé. “Vamos, tú siempre has sido una mujer valiente, nena, tienes que hacerlo, tienes que verlo. No puede ser peor que encontrarte el corazón tirado en el suelo del bar”. Respiré profundamente varias veces, fijé la mirada en la cara del espejo que en ese momento me parecía tan ajena, y con un gesto rápido me quité la camiseta. No había agujero, ni grande ni pequeño. No había sangre, ni cicatriz, ni marcas. Nada. “Tal vez lo has soñado” me dijo una vocecita en mi cabeza. “Sabes que no, que es cierto, NO TIENES CORAZÓN”, me dijo otra. “No quiero volverme loca” pronuncié en voz alta, y las otras voces se callaron al momento.

Entré en la ducha y dejé que el agua limpiara mi cuerpo durante un buen rato. Con los restos de vómito se fueron también gran parte de las inquietudes, y conseguí tranquilizarme un poco más. La noche anterior había sido apoteósica: mucha bebida, algunas drogas, demasiado tabaco y al final, como colofón a la fiesta, un tipo para no dormir sola. Ni siquiera recordaba su cara, aunque eso era algo que no me importaba lo más mínimo. Lo único que le agradecía era que no estuviera allí esa mañana.


Continuará.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Señales de Humo

Cuando estás en el filo de lo oscuro
y le rindes honor desde tus huesos
cuando el alma purísima del ocio
pide socorro al universo inútil
cuando subes y bajas del dolor
mostrando cicatrices de hace tiempo
cuando en tu ventanal está el otoño
aún no te despidas/ todo es nada/
son señales de humo/ apenas eso

tu mirada de viaje o de desiertos
se vuelve un manantial indescifrable
y el silencio/ tu miedo más valiente/
se va con los delfines de la noche
o con los pajaritos de la aurora/
de todo quedan huellas/ pistas/ trazas
muescas/ indicios/ signos/ apariencias
pero no te preocupes/ todo es nada
son señales de humo/ apenas eso

no obstante en esas claves se condensa
una vieja dulzura atormentada
el vuelo de las hojas que pasaron
la nube que es de ámbar o algodón
el amor que carece de palabras
los barros del recuerdo/ la lujuria/
o sea que los signos en el aire
son señales de humo/ pero el humo
lleva consigo un corazón de fuego

Mario Benedetti